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Moscas, la molesta obviedad

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Moscas, la molesta obviedad

A juzgar por lo que circula en esos festivales, parece existir una línea reconocible y transversal entre Reygadas, Escalante y Franco, con películas donde la violencia, la precariedad, la desaparición, el crimen o la degradación del cuerpo social se vuelven paisaje. Con calidades y tratamientos distintos, a veces esa dureza ilumina algo real y en otras parece complacerse en su propio descenso, como si remover la herida bastara para abrir una salida.

TXT: Juan Carlos Lemus

En la Berlinale 2026, dentro de una presencia mexicana mucho más amplia, hubo al menos dos películas que parecían escapar de ese registro. Una de ellas fue El jardín que soñamos, de Joaquín del Paso, presentada en Panorama, sobre una familia de migrantes haitianos que intenta construir una mínima burbuja de ternura en un entorno que se desmorona. Sirve aquí como contrapunto, porque la precariedad estaba presente, pero era desplazada hacia el refugio y no hacia la crueldad. La otra, centro de este comentario por su estreno en varios países de Latinoamérica, fue Moscas, de Fernando Eimbcke, presentada en Competencia Internacional y ganadora del Premio del Jurado Ecuménico que es organizado por SIGNIS (Asociación Católica Mundial para la Comunicación) y INTERFILM (Organización Intereclesiástica Internacional de Cine).

Eimbcke no llega de la nada. Desde Temporada de patos, ha venido trabajando con el tiempo suspendido, el humor seco, los vínculos laterales y esos personajes que, pese a su inmovilidad, son sacudidos por catástrofes íntimas. En esta ocasión (el director escribe junto a Vanesa Garnica y trabaja con la fotografía en blanco y negro de María Secco) aparece Olga (Teresita Sánchez), una mujer sola, áspera, replegada en una rutina casi defensiva. La precariedad empieza a resquebrajar ese autoaislamiento y empuja a Olga a alquilarle una habitación a Tulio (Hugo Ramírez), un hombre que llega a la Ciudad de México porque su esposa está hospitalizada. Pero Tulio esconde algo más; a Cristian, su hijo, interpretado por Bastian Escobar, cuya presencia empieza a alterar a Olga.

Cristian y Olga en Moscas

Ese es el punto de partida: enfermedad, dinero escaso, ciudad hostil, propietaria hosca, convivencia forzada. El niño irrumpe en la aridez vital de Olga y el relato empieza a organizarse en torno a esa presencia incómoda.

¿Cuántas veces hemos estado ante esa premisa? La obviedad queda servida. Ahí está el principal límite de esta dramedia. Moscas escapa del tópico de la crueldad, pero cae en otro lugar igualmente cómodo, el de una mujer endurecida que se ablanda gracias a la presencia de un niño vulnerable. Es una situación ya vista muchas veces. En Estación Central, de Walter Salles, una mujer también arisca, cansada y moralmente gastada termina transformada por el vínculo con un niño. En 2024 también aparecía una variación casi calcada de esta obra brasilera, en la que apenas cambiaba la geografía: Caminos cruzados, de Levan Akin. Parece que estos temas encuentran siempre una butaca cómoda en la programación de Berlín.

En Moscas, la diferencia está, apenas, en que Cristian no está abandonado del todo y sus protagonistas no viajan. Su padre, aunque desbordado por la enfermedad de la madre, la falta de dinero y la necesidad de permanecer cerca del hospital, hace todo tipo de piruetas para seguir presente y amoroso con el niño. Tulio, además, queda atrapado en una modulación sentimental muy reconocible, una variación de Benigni en La vida es bella, una performance de ternura sacrificial que, por repetida, ya resulta aburrida. El director cambia ‘abandono’ por ‘precariedad logística’. Sin embargo, la arquitectura emocional sigue siendo demasiado reconocible. Eimbcke deja al espectador ante una sentimentalidad programada y no propone nada nuevo dentro del género.

Para más inri, todo se intuye desde el comienzo. El título es “Moscas y lo primero que oímos —y vemos— es una mosca. La metáfora se instala antes de que el relato haya empezado a respirar. Algo entra en la casa, molesta, altera el orden, obliga a abrir una ventana. Y ya se sabe, cuando se abre una ventana no solo entra el aire, también entran las moscas.

Cristian y Tulio juegan en Moscas

Puede que Eimbcke sepa cuándo cortar, cuándo dejar respirar una escena, pero los gestos mínimos, aunque digan más de lo que explican, caen sobre un terreno ya demasiado visto. La aparición inicial de la mosca contiene la promesa de este trabajo y también su límite. Eimbcke expone demasiado pronto el sentido de su propia metáfora.

Ahí se agota la película. La contención, las actuaciones y algún pudor ante el dolor no alcanzan a ocultar la pobreza de un dispositivo hecho de premisa conocida, metáfora obvia y sentimentalidad programada. Moscas se presenta como alternativa a la crueldad, pero solo cambia una fórmula por otra. Donde otros títulos convierten la violencia en prestigio, esta convierte la ternura en coartada. Y la coartada se nota. No hay riesgo, no hay un giro verdadero, no hay una forma inesperada de mirar esa relación. Solo una fábula de redención afectiva que anuncia desde el inicio hacia dónde va.  A diferencia del insecto, la película vuela sin desviarse hasta posarse en lo más previsto.

Poster de Moscas en la Berlinale 2026

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Juan Carlos Lemus: Colombiano que sabe por qué Shakira y la coca dominan el top of mind nacional. Entenderlo no es aceptarlo. Papá y esposo por amor. Ingeniero por confusión. MBA por necesidad. Filósofo por terquedad. Triatleta por disciplina. Curioso en defensa propia: ese instinto lo volvió melómano, cinéfilo y lector. No colecciona gustos como credenciales. Prefiere examinarlos y comentarlos sin perder la elegancia.
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