La sabiduría popular afirma que el frío sirve para aclarar las ideas, es por ello que el editor de aquella revista pendenciera llamada Gorila nos manda desde Canadá una bien templada revisión del último disco de Morrissey, un icono artístico que suele mostrarse como una persona muy poco agradable, ¿quién se habrá impuesto esta vez?

TXT:: Carlos A. Ramírez 

A lo largo de su carrera, Morrissey ha escrito decenas de himnos que han hecho llorar a generaciones enteras. Canciones que han visto desangrarse a sujetos atormentados que gustan de cortarse las venas con galletas de animalitos, al ritmo de la mejor pop music que se ha confeccionado en la historia. 

De Manchester a Cuautitlán Izcalli, miles (cientos de miles quizá) de almas, rockeras pero sensibles y con cierta tendencia a la autocompasión, han encontrado su lugar en el mundo mientras se descosen como plañideras con las tonadas agridulces del inglés. Fanáticos, para bien y para mal, que se han convertido en el ejército de idólatras de un hombre que parece no estar envejeciendo a la altura de otras leyendas como Bowie o Albarn, por mencionar algunos nombres. 

Quizá por eso, seguro de que esa horda de incondicionales está dispuesta a perdonarle todo, durante los últimos años Steven Patrick se ha dedicado más a ser un cretino de tiempo completo que a componer las catedrales sónicas para espíritus heridos que solía edificar. Pocas canciones podemos recordar de los trabajos de sus últimos años y ninguna tan memorable como el lastimero espectáculo de haberse declarado partidario de For Britain, el repugnante partido político inglés de extrema derecha, abiertamente racista y nacionalista. 

Sin embargo, parece que en este I am not a Dog on a chain, su decimotercer álbum como solista, producido por Joe Chicarelli, el divo ha vuelto a tomarse en serio eso de hacer grandes canciones. Y desde los primeros acordes es evidente que de que conserva el toque, lo conserva. Enterito. El disco arranca con la audaz, malhumorada y oscura “Jim Jim falls”, en donde Mozz demuestra una habilidad pasmosa para incorporar los sonidos de la electrónica a su cancionero, como si no fuera el mismo patán que hace años despotricara del género llamándolo “refugio para débiles mentales”. Algo que en definitiva debe haber reconsiderado, pues a lo largo de varios tracks, como “Love is on its way out!, podemos reconocer algunos de sus elementos. 

Pero no solo con sintetizadores ha decidido enriquecer sus composiciones. En “Bobby dont you think they know?”, el del enorme copete nos entrega una vibrante mezcla de soul y rythm and blues, a dueto con la leyenda de Motown, Thelma Houston, que puede desconcertar a más de uno, pero es, sin duda, uno de los mejores momentos del disco. Una delicia el enorme duelo vocal que sostienen ambos cantantes y la dolorida belleza con que se van desgranando armonías y compases. 

Y aunque en un recuento final podemos encontrar algunos temas que parecen no estar a la altura, como el acartonado Once “I saw The river clean” y el innecesariamente prolongado y excéntrico “The secret of music”, en Im not a Dog on a chain hay varias canciones listas para incorporarse sin mácula al repertorio con que el divo gusta de azotar a sus fieles en directo: la deliciosamente melancólica “Darling, I huge a pillow” (“querida, abrazo una almohada para reemplazar tu cara. Amarte es un trauma al que nadie más debería enfrentarse”); la ácida y exquisitamente melódica “What kind of people live in this houses?” (“¿Qué clase de personas viven en estas casas? Que duermen con quien duermen solo porque tienen miedo de probar el cambio”); así como la espléndida y hoy más que nunca pertinente “Knockabout World”, en donde Morrissey, hoy con seis décadas a cuestas, se sigue mostrando en plenitud, mientras vuelve a alentar a sus devotos: “¡felicidades, has sobrevivido! ¡Felicidades, sigues vivo!” 

En resumen, es este un trabajo que sorprende gratamente tanto por la incorporación de nuevos sonidos como por la notable puesta al día, a nivel lírico y musical, de algunas de las constantes vitales que en su momento le valieron a Morrissey un lugar destacado en el Olimpo del rock. Un disco capaz de emocionar a propios y extraños, y renovar un credo lleno, como cualquier otro, de despropósitos y contradicciones, pero incapaz de abandonar a sus adeptos.