La fábula de Miniño no corresponde a quienes prosperan con paso firme por el carril cómodo del oficio musical, sino a aquellos que recorren con la duda clavada en el pecho, dispuestos a mirar de frente las contradicciones de la vida contemporánea y a convertir la fragilidad en una forma digna de resistencia sonora. Desde sus primeros pasos, la banda ha funcionado más como un organismo emocional que como un proyecto calculado. La mitad no se trata únicamente de su disco debut, sino de una declaración de principios, un mapa emocional trazado sin GPS ni correcciones cosméticas,
En conversación con Miguel Espinoza, voz y guitarra de la banda española, queda claro que aquí no hay fórmulas prefabricadas ni parábolas impostadas; hay canciones que respiran, tropiezan y siguen avanzando, fieles a una lógica interna que prioriza la honestidad por encima de cualquier cálculo externo.
TXT::Tim Drake
El nombre del disco es interesante: La mitad. Suena a algo que se queda a medio camino, como si faltara una segunda parte, como si fuera un disco fracturado. Da la sensación de que se perdió algo por el camino.
Hemos perdido media vida haciendo este disco. En realidad, el hecho de llamarlo La mitad funciona como una especie de retrospectiva de nuestras propias vidas. Habla de cómo estamos viviendo el paso de la juventud, de los 25 a los 30, cuando empiezas a pagar facturas y la situación laboral para nuestra generación se pone nefasta, conseguir vivienda es prácticamente imposible. En ese sentido, hemos volcado muchas cosas personales en el disco; la búsqueda de la felicidad, el dejar cosas atrás. La mitad es esa parte de tu vida que se queda atrás cuando otra empieza. Pueden ser personas, problemas laborales o familiares. Todo lo que te atraviesa, todo lo que cargas.

¿En qué género se les puede colgar, para no entrar en la etiqueta equivocada o en esa necesidad constante de definir el estilo de la banda?
No tengo ni puta idea, sinceramente. Siempre nos ha gustado muchísimo la música noventera; Smashing Pumpkins, Placebo, My Bloody Valentine, por ejemplo. Podría mencionarte millones de bandas, pero es ese sonido: ese post-punk noventero, esos nuevos lenguajes de la época, guitarras sucias, muy cargadas. Hemos hecho una remezcla de todo eso y ha salido esto. También nos ha gustado siempre mucho el sonido británico. No tenemos una etiqueta clara ni nos preocupa demasiado. Escúchalo y llámalo como quieras.
Las canciones parecen venir más desde la intuición que desde algo fríamente calculado. ¿Confían más en ese instinto?
La verdad es que ha sido un disco que se ha hecho en nueve meses. En ese tiempo lo hemos cambiado absolutamente todo. Todo lo que habíamos planificado, todo lo que teníamos pensado hacer —las voces, las melodías, las letras— lo hemos ido tirando abajo sobre la marcha. De repente llegaba un momento en el que decíamos: esto hay que cambiarlo, esto se va. Aparecía una idea nueva, algo que me venía a la cabeza, y decidíamos dejarlo así. Teníamos un tema pensado de una manera, sabíamos cómo grabarlo, y de repente lo deshacíamos por completo.
¿Esto les ha servido más para entender lo que sienten o simplemente para ordenar el caos que suena en esos temas tan revolucionados?
Me gustan las dos ideas. Creo que, en primer lugar, nos ha ayudado a entendernos. A expresarnos. Este disco nos ha servido para muchas cosas, pero sobre todo para querernos más entre nosotros, para comprendernos mejor y para explayar algo que quizá nunca habíamos hecho antes: ser sinceros. Nos hemos quitado todas las capas que teníamos delante y lo que queríamos decir, lo hemos dicho sin rodeos.
Cuando el disco ya estuvo terminado, ¿qué sintieron? ¿Alivio, vacío, o esa certeza incómoda de haber dicho algo importante?
Yo sentí como si me abriera una botella de vino. Ese fue mi premio. Encender un cigarro y decir: joder, lo hemos hecho por fin. Nueve meses, diez meses, no sé cuánto tiempo exactamente, pero fue una barbaridad. Nuestro primer comentario fue: esto no se puede repetir. No sé si me explico, pero fue literal. Y quizá por eso ahora mismo no estamos grabando nada.

¿Hay alguna letra de alguna canción de este trabajo que les haya costado terminar porque decirla implicaba aceptar algo que todavía no estaban listos para asumir?
Muchísimas. Sobre todo porque no terminábamos de cuadrar el mensaje. Había momentos en los que era demasiado frágil y queríamos que fuera más pleno, que tuviera más impacto. A mí, personalmente, la canción que más me ha costado escribir en toda mi vida, con la que he llorado muchísimo, dándole vueltas una y otra vez, ha sido “Aire”, el último tema del disco. Al final creo que conseguimos alcanzar ese objetivo: que quien la escuche sienta que se rompe por dentro. Que el tema termine y tengas la sensación de que no ha terminado, de que necesitas volver a escucharlo. Ahí estuvo el punto clave.
Si La mitad fuera un estado mental, ¿en qué momento del día existiría? ¿En la madrugada, en la resaca, en un domingo por la tarde?
Pues yo te diría que en una buena resaca de domingo… pero de madrugada. Ya sabes: hecho mierda, con una depresión de caballo.
¿Y qué tanto de Miniño es autobiografía y qué tanto es ficción emocional?
Diría que todo es autobiografía. Alguna tontería se nos habrá ocurrido por el camino, pero yo diría que el 99% es literal.
Y si mañana todo se acaba, los algoritmos, las playlists, los festivales, los escenarios, ¿seguirían escribiendo canciones, aunque nadie las escuchara?
Para nosotros es algo necesario. Es una forma de expresión. Al final, el Arte es eso: expresión personal. Hacer música o arte solo por hacer no es arte. El arte tiene que salir de lo que eres. Si no expresas, no hay arte. Y sentir es expresar; y sentir es estar vivo. Si no lo sacas, si no lo explayas, no te representa. No significa nada.
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