EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

Hay un cuento de Edgar Allan Poe en el que alguien oculta una carta. Después de varias páginas de pesquisa, el detective Dupin descubre que el documento estuvo ahí todo el tiempo, a la vista, doblada por la mitad en un tarjetero.

A partir de esa historia se infiere que la mejor manera de hacer invisible un objeto es colocarlo donde todos podamos apreciarlo.

Lo mismo pasa con las personas, los lugares y hasta las conquistas sociales.

El naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck decía que el hombre nunca volteaba a mirar al cielo, porque todo el tiempo lo tenía a la vista.

El viernes pasado me invitaron a la Puri. Lo que en otros tiempos se denominaba “antro gay”, porque hacía falta diferenciar los recintos de diversión para quienes profesan una preferencia sexual distinta a la normativa. Es decir, la heterosexual.

Soy lo que se conoce como un straight. Buga, en términos del Porfiriato. Así denominaban los entonces marginados hombres que cogían con otros hombres, a los heterosexuales que acudían a la Bugambilia, un renombrado centro nocturno al que los “maricones” tenían prohibida la entrada.

Me gustan las mujeres, pero mi incurable curiosidad por la vida me orilló a visitar el lugar del que prácticamente todos mis amigos millennials -de cualquier orientación erótica- me habían contado. La Puri.

Inclusive una vez entrevisté por teléfono al DJ del lugar para las páginas de esta revista, sin haber pisado nunca la pista.

A la Puri llegué con un grupo de varias chicas y otro hombre que igual que yo, tampoco es gay. En algún momento le pregunté a una de ellas por qué les gustaba tanto la Puri, así como otros bares igualmente considerados “gay”, y la respuesta fue la misma que me han dado por lo menos cinco mujeres:

—Porque aquí nadie te acosa, ni se aprovecha de que ya andes peda.

Bebíamos cerveza mientras en la planta alta del lugar sonaba una canción de Weezer.

—Pero si se empieza a poner de moda como ya está, y los hombres empezamos a venir, ¿no existe el riesgo de que tarde o temprano se convierta en lo mismo que otros bares?

Su respuesta fue contundente:

—No, porque no se trata de hombres, sino de machos. Pero los machos no van a entrar aquí porque sus ideas no los dejan. Piensan que se van a volver putos si cruzan la puerta.

Tristemente, muchos de mis contemporáneos odian a los Millennials. Los critican por su falta de hipersensibilidad, su relación con la tecnología y su (supuesta) falta de compromiso.

En el fondo, nosotros tampoco éramos muy diferentes. Cada generación posee sus defectos y virtudes. El rechazo que los más viejos sienten -sentimos- hacia la juventud no es otra cosa que la expresión de un miedo a ser desplazados. Decía Salvador Dalí que lo peor de la juventud es dejar de pertenecer a ella y el filósofo Salvador Pániker, sostuvo que ésta no se medía por los años que tenía una persona, sino por la curiosidad que almacena.

Podemos concluir, entonces, que la vejez viene acompañada por una resistencia a escuchar música nueva, visitar lugares nuevos, bailar ritmos a los que nunca se acercó antes o reconocer que las nuevas generaciones, han conseguido sus propias conquistas.

Una de ellas me quedó claro aquel día en La Puri. Si bien no me tocó la época de la persecución execrable, en mis días preparatorianos no se podía ser abiertamente gay como hoy. Tuve un compañero que una vez nos confesó, a la cuadrilla de darksitos que éramos, que cuando le dijo a su papá que le gustaban los hombres, le retiró la palabra.

Aún me estremece recordar la furia con la que expresó: “mi papá es el ser más nefasto del universo”. Cada día pasa menos, creo, y lo aplaudo.

Celebro que los Millennials hayan normalizado entre su generación y estén pavimentando el camino hacia la aceptación de cualquier tipo de sexualidad. Incluso del gusto musical. La diferencia primordial entre los acólitos del reggaetón y los trasnochados defensores a ultranza del rock, es que los dos primeros no emprenden campañas de desprestigio en contra de la música que no les agrada.

Me parece un desperdicio de energía. Tanto como entrometerse en las escaramuzas eróticas del prójimo.

A veces se nos olvida que lugares como la Puri son como aquella carta oculta en el cuento de Poe. No los vemos porque se encuentran perfectamente a la vista.