#SANGREDEMETAL

 POR LUIS JASSO

Canadá como muchos otros países con escena metalera, tiene sus mejores encantos escondidos en el subterráneo. En Montreal, una ciudad al sureste del país, muy cerca de la frontera con Estados Unidos, existe una banda de heavy metal clásico y ética de trabajo tipo punk llamada Metalian. Cuarteto, formación clásica de dos guitarras, bajo y batería (la voz la pone uno de los guitarristas), sonido clásico también con guitarras gemelas que intercambian melodías, riffs y solos y gran actitud dan forma a un concepto que como suele suceder, tiene menos exposición de la que merece.

A ellos no les importa tanto. Ensayan en un cuarto de paredes con tapicería raída en un edificio que más bien sugiere indigencia, tocan preferentemente en conciertos tipo “hágalo usted mismo” y se llevaron un buen rato antes de aceptar un contrato con un sello importante como lo es Metal Blade, porque temían que perderían la libertad de hacer con su música lo que quisieran. Tristemente, en ese último punto, tenían razón, aunque esa es otra historia.

Ian en la guitarra y voz, canadiense de habla inglesa; Simón en la guitarra, canadiense de habla francesa aunque habla inglés y con ascendencia portuguesa; Tony en la batería, canadiense de habla francesa aunque habla inglés y Andrés en el bajo, colombiano de nacimiento que habla igualmente francés e inglés dan forma actualmente a una banda que debería tener mejor suerte, aunque al final del día, lo que realmente los hace felices es tocar.

En dos visitas a México han tocado en lugares obvios como la Ciudad de México (Gato Calavera y Metal Brothers) y otros no tanto, como Acapulco, Zacapu, Toluca, Celaya e Irapuato, por ejemplo. Las anécdotas de viaje son inagotables, como preferir derramar una bebida encima del pantalón de Andrés antes que hacerlo en la camioneta de gira y quedar como rockeros inconscientes que rompen y deshacen sin pagar consecuencias; encontrar una taquería a las 3 de la mañana en medio de la nada en una ciudad michoacana luego de tocar en el patio de una instalación del DIF; perder un pasaporte (Andrés) y una chamarra en Irapuato, establecer un operativo de búsqueda con el promotor del evento y recobrar por lo menos el documento de identificación; caer (Simón) en una alberca con dos guitarras a cuestas en Acapulco porque la alberca estaba escondida detrás de varios autos; cantar Paranoid con una banda de covers en un bar de la CDMX (Ian) en día libre y ganarse una botella de tequila; aprenderse dos temas de Voltax (Tony) y subir al escenario en Irapuato  para sustituir al entonces baterista de los mexicanos, que por problema familiar tuvo que regresar a la capital, son algunas de ellas.

Perderse de noche en Iztapalapa al equivocar una vuelta, bailar música de banda en una taquería a las 2 de la mañana, dormir en el pasillo de un hotel, salir por la puerta equivocada del baño en metro Pantitlán y salir por lo tanto a la calle y perder un vuelo de ida y luego perder el documento migratorio para salir de México y casi perder un segundo vuelo, son otras.

Pero encima del anecdotario está la música, y ahí también la banda es de grandes tamaños. Cada una de las audiencias que los atestiguado ha salido satisfecha y con una sensación de descubrimiento. Cada vez se entregan igual, suenan perfectamente amarrados y enamoran a los metaleros que buscan el llamado sonido vieja escuela, en bandas actuales. Grandes pasajes musicales que nunca llegan a ser del tipo progresivo, pero sí muy melódicos y contundentes se combinan con riffs crudos y directos al pecho que se engalanan con una voz de buen muy rango, sobre todo hacia los agudos.

Ciertamente Metalian no está en el top de visibilidad de las bandas canadienses, pero eso no merma nada su enorme talento. Se trata de una banda que hace metal por las razones correctas: la fiesta, los viajes, la pasión por la música misma y no por alcanzar el estrellato o las portadas de revistas. Hacen rock porque los hace sentirse vivos, ¿se necesita algo más?