El entorno amazónico posee tal exuberancia natural que, para quien sabe fundirse con él, es una fuente interminable de inspiración y sabiduría. Hasta hace muy poco, Mateo Kingman vivía en Macas, La esmeralda oriental, pero tuvo que moverse a Quito -la capital ecuatoriana- pues es la ciudad desde donde puede proyectarse una carrera musical.

TXT: Juan Carlos Hidalgo

Aun así, escogió también un rumbo doméstico en el que la naturaleza domine; lo confirmo porque la señal del teléfono se pierde durante el trayecto que lo conduce hasta su casa. Mientras espero que llegue para volver a charlar, no dejo de pensar en lo que significa crecer y habitar en un lugar -Nuestra Señora del Rosario de Macas- que supera por poco los 20 mil habitantes y con sus más de mil metros de altura sobre el nivel del mar y un clima lluvioso tropical.

Mucho deben de enseñar las montañas y los ríos Upano y Jurumbaino; es por ello que no se trata de un músico común y corriente. Mateo es alguien con una personalidad magnética y para quien la música no es mero entretenimiento. Está convencido de sus propiedades terapéuticas y filosóficas, pero lo que ocupa nuestra conversación es abundar en la idea de que los artistas como él, por muchos que se adentren en el conocimiento de los pueblos originarios, no se convierten por eso en chamanes o curanderos.

Tras una vertiginosa carrera internacional y al mostrar su apabullante directo es fácil que los occidentales lo tomen por un místico o un chamán; él tuvo esa sensación y es por ello que aclara que de lo que se trata es solamente de tratar de ser “un hombre de conocimiento” y el vehículo que ha escogido para tal exploración es la música.

Mateo Kingman: un hombre de conocimiento que mira el cosmos

Astro, su segundo álbum –editado por AYA Records (filial de la maravillosa ZZK Records)- por supuesto que tiene una parte influenciada por el pensamiento religioso ancestral, pero a la vez lleva en su nombre mismo una aseveración científica –que atrae también a su autor-. Los hombres inundados de saberes populares usan el pensamiento y la palabra, pero también saben de propiedades físicas y reacciones ante los elementos.

Así mismo trabaja Kingman, en cuya música existe un marcado efecto orgánico, aunque buena parte de ella está producida a través de la tecnología (sintetizadores, cajas de ritmo y programaciones); así lo evidencian las 11 piezas que conforman a un álbum cuyas letras tienen como hilo conductor la manera en que el creador explica y expone sus nociones personales de fe –un concepto toral para sus reflexiones-.

Mateo sabe de las potencialidades de la música como energía sublimada, pero también maneja con mucho cuidado y asertividad la idea de “sanación”. Para él, lo básico es dotar a las canciones de un “aura” especial que le sirva y conecte con la gente, pero sin asumirse con lo que representa de verdad un chamán. Sabe lo que ha logrado a través de temas como “Religar” y “Puerta de sal”.

En Kingman se combina una personalidad serena y generosa, que con mucha humildad comparte nociones importantes, y un músico muy inteligente que funde electrónica avanzada, hip hop y sonoridades extraídas del folklore regional.

He estado con él algunas veces, entre ellas un mediodía en el Cine Foro de Guadalajara –una de las sedes de aquella FIMPRO- y fui testigo de ese primer encuentro con Gustavo Santaolalla; si algo tiene ese gigante de la música latinoamericana es un instinto finísimo para identificar exponentes excepcionales.

Aquel día, el productor prometió visitar a Mateo y cumplió; fue hasta su tierra y la amistad dio frutos. “Último aliento” no tardó en impactar en el panorama global de la música y rinde un tributo a la tradición del cancionero latinoamericano; este tema representa su lado más folk (“Que mi espíritu se entregue, sea mi sangre quien riegue la tierra, que mi cuerpo se haga estrella, que se haga la luz en la niebla”), mientras que el tema titular –y que cierra el disco- muestra esa vertiente más electrónica que igual le gusta y termina por acelerar y subir el beat.

Alrededor de Astro, Mateo me cuenta de su interés por otras disciplinas artísticas (lector puntual de García Lorca), aunque con un predominio del cine, por lo que trabaja cada uno de sus videos como trabajos audiovisuales de valor propio e independiente.

Todo ello enfatiza el carácter de un álbum conceptual, en el que un ser sin nombre –un viajante- emprende un periplo de búsqueda íntimamente relacionado con la luz, la energía y, obviamente, el cosmos mismo; lo que es una evidencia en “Lúmina”. Mateo Kingman está en pleno equilibrio y plenitud, y en buena medida lo logra mediante las aportaciones de Ivis Flies, un productor que va más allá y se involucra hasta la médula en la concepción de las piezas (por ahí suenan instrumentos andinos de cuerda y percusión).

Mateo Kingman recibió durante los últimos años una avalancha de información musical y cultural, pero como es habitual en él, se retrotrajo hacía su tierra para asimilarlo todo, quedarse con lo esencial y dejar que predominara lo suyo –que es lo que le brinda identidad total-. Astro es una obra en la que resuena la inmensidad del espacio, pero que enseña que el viaje verdadero comienza delante del espejo y consiguiendo echar los miedos en el morral antes de echarse a andar rumbo al infinito.