#EnMisTiempos

No crezcas. Es una trampa. En una ocasión, un coleccionista me dijo que cada que vez que la aguja de una tornamesa se posaba sobre un vinilo, lo hería.

Para que el milagro de la música sucediera, forzosamente había que desgastar poco a poco el disco. Una obra de arte que para existir, debe morir lentamente.

De eso se trata la vida.

El problema es que nadie te lo advierte. Deberían escribírnoslo con letras chiquitas en la palma de mano antes de nacer: “los seres humanos somos vinilos destinados a desintegrarnos a cuentagotas”. Hasta que un día, nada quede.

Sería lo primero que leeríamos cuando aprendiéramos a hacerlo.

Te voy a contar de qué se trata la vida. Por lo menos de lo que me he enterado con los años que ha tocado girar en la inclemente Tornamesa de Dios. Lecciones que con generosidad me han dado personas a las que quiero. Pero también violentas bofetadas que la existencia se ha encargado de asestarme en la cara.

El amor es el más horrendo de los paraísos. O la más bella calamidad a la que te enfrentarás mientras respires. Como lo canta Armando Palomas, “el amor solo quiere llevarte a la cama, es un hijo de puta que mira, te apendeja, te absorbe, da topes y mama”.

Todos tenemos un vicio. Algunos fuman, otros beben, hay quienes se inyectan o los que apuestan siempre al caballo que pierde. Llega una edad en la que los fuman, dejan el cigarro y comienzan a morderse las uñas. Quienes abandonan el alcohol y las drogas, pero se vuelven junkies de la palabra de Cristo. El que apuesta se enamora de una persona, luego de otra y así, sucesivamente. Salta de un cuerpo a otro como Spiderman lo hace de sus hilos de telaraña. La rehabilitación no existe. Uno sólo deja un vicio para caer en las garras de otro.

Hablando de vicios. Nunca desprecies una copa de alcohol. Sobre todo si te la invita alguien de mayor jerarquía. Si no bebes, juega con tu trago durante el resto de la noche pero que siempre te vean con ella en la mano. Por pura estadística, somos más los bebedores que los abstemios y quienes disfrutamos de los placeres de Baco desconfiamos de los que no. ¿Y sabes qué es lo peor? Dominamos el mundo. Triste, pero cierto.

La escuela no es el infierno. En realidad es mucho mejor que el trabajo. Por estudiar no te pagan y por eso, reprobar no cuesta. Pero cuando eres joven, no necesitas dinero. Siempre se puede hacer el amor a la mitad de un puente peatonal en la noche. A medida que envejeces, comienzas a necesitar dinero para comprar el tiempo que perdiste. Pero también es cierto que en la escuela no aprendes nada durante clases. La vida es lo que sucede cuando faltas.

Una vez que has crecido, evita enamorarte de una mirada joven. Nunca la observes directamente a los ojos. Te dejará ciego. Nada brilla mucho más que una espalda desnuda por la mañana, en un motel, luego de una noche de juerga.

Arrepiéntete de todo lo que hiciste. Pero nunca de lo que te morías por hacer y no te atreviste. Ya tendrás tiempo de levantar los vidrios rotos.

Escucha de vez en cuando a un viejo. No lo veas como a un disco pasado de moda. En realidad es un héroe de la Torna de la Vida. Ha sobrevivido a la vida mucho más tiempo que tú. ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que pensaste que te querías morir? Pues el viejo atravesó el puente que pendía sobre el foso de los leones y vivió para contarlo. Respétalo por sus cicatrices. Le dolieron más que tus tatuajes.

Al final, todos los lanzamientos musicales en tendencia vuelven al vinilo. De eso también se trata la vida.

Pero insisto: no crezcas. No te apresures a vivir por tu lado, a pagar renta, a tramitar tu tarjeta de crédito, a casarte, ni te desgastes de más –scratchéandote como vinilo en manos de un hiphopero– trabajando más horas de las que ríes en un vacuo intento por ser mejor que los demás.

Es una trampa.

Un día serás tan viejo como el Vive Latino y su cartel tan obsoleto que hará vibrar tu viejo corazón de dinosaurio ebrio de nostalgia.

Yo estaré ahí, eso lo prueba.