En la mitología Wixarika el origen de todo se encuentra en el mar, específicamente en Tatéi Haramara (San Blas, Nayarit), páramo en el cual se asienta una de las zonas sagradas de la cosmovisión religiosa huichola; y donde habita la “señora de las nubes” y la “morada de los muertos”, como parte de la dualidad cíclica del espíritu del agua en la lluvia, que retorna perpetuamente al vientre del mar, en su constante renacer.
Es por ello que la noción pateista dota de sentido a la muerte, para consagrar el retorno a los orígenes, donde la Nanti (la que se hace madre, en náhuatl) da a luz a los dioses mitológicos, que sustentan la raíz identitaria como fuente y germen de vida de las creencias, tradiciones y cultura de los pueblos originarios del centro occidente de México.
Es en esa búsqueda del lecho marino, en el que la poeta Marlene Zertuche inicia los afluentes de su más reciente poemario Mares que mueren (Universidad Autónoma de Sinaloa, colección Perseo Vencido, 2024), en una bitácora que comienza con la “Infancia sin mar”; bajo el ecosistema y los sedimentos de “la nostalgia” como una plegaria. Donde en palabras de la propia poeta: “Toda mujer preñada lleva un mar adentro”, y “en el centro del mar un dios sumergido”. Juego de correspondencias en el que Zertuche nos zambulle, y nos va llevando a su largo abismo en los primeros poemas, como un gran remolino mar adentro de la infancia, donde el lector es el equilibrista que sortea “la incertidumbre exacta de las olas”, y se mece ante el vacío de la corteza oceánica sobre la llanura abisal; ahí donde el mar es tormenta desbocada de lágrimas como guijarros, la poeta afirma: “todos los mares del mundo nacen en medio del desierto”, en “aquella nada hecha piedra, que saciaba en sueños, la sed de los fantasmas”
Mares que mueren, son una serie de poemas en verso y en prosa, que en “la cresta de sus olas” encarnan el inframundo basáltico de los ancestros mesoamericanos y personales, en los cuales la poeta Zertuche, nos hunde en el maremoto y el huracán que fue el proceso de evangelización y consecuente “colonización del imaginario”, según Serge Gruzinski. “Fuimos los que nacieron en los mares que mueren” dice la poeta, en esa noción del inframundo que se transmutó en infierno, como las Metamorfosis de Ovidio que los misioneros traían bajo el brazo.
Y en esa brújula, poco a poco como un Caronte, la travesía va remando hacía el naufragio individual en “Los mares que recuerdas”. Con una serie de textos intimistas, en el que el alter ego de la poeta manifiesta la pérdida, el canto y el rescoldo de los vestigios amatorios, como perlas nacaradas donde vivir es navegar en la superficie de los cuerpos ajenos, y encallar en el mar, como se encalla en un animal herido. En esa “vibración de arrecifes” y “redes rotas que burlan el azar”, se desboca como una marea embravecida el rojo golpeteo del oleaje en los labios enardecidos, para hundirse en las salobres profundidades de la llanura abisal. Donde la sal de las olas azotan los poros de los amantes sin timón, que nadan y navegan entre los acantilados, y desembocan en peces difíciles de pescar como las sirenas, que el hombre encarna en dioses, y estigmatiza a la mujer bajo la costilla de su nombre, en la cual se sumerge como un ahogado entre sus entrañas. Porque como dice la poeta: “por el mar llegan los dioses y por el mar se va también al otro mundo”, a ese otro mundo donde la memoria es una atarraya, y los hombres criaturas marinas, que los plomos atrapan en su interior.











