Desde la Antigüedad, el paisaje ha estado poblado por presencias invisibles. Las dríades habitaban los árboles, los sátiros se ocultaban entre los bosques y cada río parecía guardar un espíritu propio. No importa demasiado si aquellas criaturas existieron alguna vez. Lo importante es que respondían a una intuición profundamente humana: la sospecha de que la naturaleza siempre contiene algo que escapa a nuestra comprensión.
TXT: Emilio Esquivel del Bosque
La imaginación no inventa esas presencias, las reconoce…
Las construye a partir de fragmentos superpuestos: recuerdos y experiencias como quien juega de arquitecto. Conserva aquello que la mirada perdió y, con el tiempo, la transforma.
La obra de Marco Kalach parece surgir precisamente de ese proceso.
Antes de dedicarse a la escultura, creció entre maquetas de arquitectura. En el despacho de su padre pasaba horas construyendo pequeñas estructuras con los restos de madera, cartón y acrílico que encontraba sobre las mesas de trabajo. Aquellos ensamblajes improvisados no buscaban resolver un problema espacial. Eran ejercicios de imaginación. Simples juegos; formas abiertas, todavía sin nombre, hasta que décadas después, el material cambió, manteniendo intacto su impulso.

Las esculturas que integran Spiriti del Paesaggio, la instalación concebida para el Orto Botanico Corsini, en Porto Ercole, parecen responder a esa misma lógica. No representan criaturas específicas, sino que permanecen deliberadamente ambiguas, como si hubieran surgido del encuentro entre la memoria, el paisaje y algo que todavía no alcanza una forma definitiva.
Cuando, para hacer el texto de la exposición, le pregunté de dónde nacían sus figuras, Marco respondió totalmente seguro: “Todos los jardines tienen espíritus.”
La frase podría parecer una metáfora, pero mientras habla queda claro que no lo es.
Describe largas caminatas bajo el calor del verano toscano. El sonido insistente de las cigarras. Las horas de observación en las que el jardín deja de ser un escenario para convertirse en un interlocutor. Permanecer el tiempo suficiente en un lugar hasta que el paisaje comience, de alguna manera, a responder.
Las esculturas aparecen después, no ocupando el jardín en sí, sino como si ya hubieran estado de alguna otra forma.

Tal vez por eso nunca terminan de convertirse en animales, plantas o figuras humanas. Conservan algo indeterminado. Una condición salvaje.
“Prefiero hacer seres salvajes que domésticos.”
La diferencia importa.
Lo doméstico existe para ser ordenado, mientras que lo salvaje conserva siempre una parte inaccesible. Las piezas de Kalach no buscan imponerse sobre el paisaje ni convertirse en monumentos. Parecen aceptar que pertenecen al mismo ciclo que los árboles, las piedras y la tierra.
Incluso el acero deja de comportarse como un material industrial.
“Mi relación con él tiene más que ver con lo efímero. Se oxida y vuelve al polvo.”
Hay algo profundamente revelador en esa afirmación. Buena parte de la historia de la escultura ha perseguido la permanencia. Kalach parece buscar exactamente lo contrario: una materia capaz de transformarse junto con el entorno.

Entonces aparece una imagen que resume toda su práctica.
“Nuestra sangre es roja por el hierro. El corazón de la tierra es de hierro.”
Entre ambas frases desaparece la distancia entre cuerpo y paisaje. El mismo elemento que circula por nuestras venas permanece oculto bajo nuestros pies. Las esculturas ocupan precisamente ese punto de encuentro. No representan la naturaleza; participan de ella.
No es casual que un proyecto así haya encontrado su lugar en el Orto Botanico Corsini. Desde hace algunos años, el jardín ha abierto sus senderos a intervenciones contemporáneas concebidas específicamente para dialogar con su historia y su geografía, entendiendo el paisaje no como un fondo para exhibir obras, sino como un interlocutor capaz de transformarlas.
En ese proceso, la colaboración con Georgina Pounds Gallery resulta significativa. A pocos meses de su apertura, la galería ha comenzado a construir un programa que trasciende el espacio expositivo para acompañar proyectos desarrollados desde el contexto mismo. Después de su participación en Contemporary Art Now (CAN) Ibiza, Spiriti del Paesaggio confirma una línea curatorial interesada en generar vínculos entre artistas, instituciones y territorios, más que en trasladar exposiciones de un lugar a otro. La obra de Kalach encuentra aquí un espacio donde el paisaje deja de ser escenario para convertirse en materia.
Quizá esa sea la diferencia entre instalar una exposición y producir una experiencia.
Las seis esculturas podrían existir en otro sitio. Pero difícilmente significarían lo mismo.
Al final de nuestra conversación le pregunto qué espera que ocurra cuando alguien recorra el jardín.
No habla de conceptos.
No habla de interpretaciones.
Sonríe y responde:
“Me gustaría que cada visitante imaginara sus propios espíritus mientras camina por el jardín.”
Pienso entonces que quizá esa sea la verdadera función de la escultura:
No explicar ni representar el mundo, sino devolverle, aunque sea por un instante, el misterio que la cotidianidad le ha ido arrebatando. Porque todavía hay cosas que pasan frente a nosotros demasiado rápido para ser vistas. Y quizá, solo quizá, el arte no exista para inventarlas, sino para volver visible aquello que la costumbre nos enseñó a ignorar. Después de todo, seguimos intentando darles un nombre.







