Marcelo Lombardero y su nueva 'Carmen'

El dogma en las artes es uno de los obstáculos más difíciles que la nueva ola de realizadores debe aprender a sobrellevar. Este año, Marcelo Lombardero concibió una versión diferente de Carmen, la obra clásica de 1875 escrita por Georges Bizet, en la que en vez de utilizar el lenguaje propio de dicha época, optó por elementos más actuales como danzas urbanas, música hip hop y problemas sociales referentes a la violencia de género. Marvin platicó con el director para conocer más sobre esta vanguardista propuesta, la cual se presentará en el Teatro Julio Castillo únicamente en tres fechas: martes 18, viernes 21 y lunes 24 de septiembre.

TXT:: Pablo Pulido (@PabloPonciano)

Marvin: ¿Cuál y cómo es el presente del arte escénico?

Marcelo Lombardero: Pensar en el teatro y la ópera como espectáculos conservadores es un mal entendido, provocado por ideas que se quedan anquilosadas en el tiempo, cuando la realidad es otra. La opera nació como un género experimental y cada composición, autor o experiencia, es un hecho empírico. Existe una idea reaccionaria de creer que este es un show destinado a ciertos sectores sociales y que sólo ellos pueden interpretar y hacerse cargo de ella, algo que es completamente falso.

Durante casi 400 años fue la puesta en escena predominante; en el Barroco se trataba de una verdadera jornada: la opera se comía, se hacia el amor, se robaba, se hablaba, se compartía… Cualquier parecido con un festival contemporáneo es mera coincidencia. Lo cierto es que esto se fue modificando con el tiempo, la ópera dejo de ser ese espectáculo a partir de la aparición del cine sonoro.

Actualmente es una herramienta expresiva muy importante, pero si no logra comunicarse con las nuevas generaciones, está condenado a la desaparición y a quedarse como una pieza de reliquia, una joya empolvada de la abuela y con olor a naftalina (risas).

Las historias de la ópera son las historias de la humanidad: el amor, la traición, la violencia, la amistad… Y nuestra obligación es transportar esos relatos a un contexto más cercano; Carmen es una obra que nos puede servir para hablar de muchas cosas que pasan a nuestro alrededor.

M: Al igual que la narrativa, ¿también cambiaron algunos aspectos de la música?

ML: La obra contiene personajes y danzas populares como habaneras y seguidillas, pero con un toque más contemporáneo-urbano, pero si vamos a contar esta historia desde aquí y desde ahora, estamos frente a una que habla sobre violencia de género y feminicidios. Era ridículo que nos basáramos en danzas antiguas. En esta versión utilizamos la misma música de Georges Bizet pero transportada al hip hop.

M: ¿Quién es Carmen?

ML: Para empezar ella no es una femme fatale, es sólo una mujer. Contar esta historia desde el punto de vista romántico y machista, en donde la idea de que la mujer fatal  conduce a la destrucción al pobre soldadito, hoy se trata de algo serio. En un continente en el que cada hora cuatro mujeres mueren a mano de hombres, tendríamos que hablar entonces de masculinidad fatal. Aquí el problema es Don José, el hombre que asesina a Carmen.

No creo que algo se modifique por un simple espectáculo teatral, pero si podemos informar a la gente sobre un problema que está afectando a la sociedad, no dudaremos ni un minuto en hacerlo.

M: ¿Tuviste algún miedo, crítica o duda al momento de decidir transportar una obra clásica a nuestros tiempos?

ML: Primero: Yo no trabajo para la critica, yo trabajo para el publico. Segundo: El día que tenga miedo de hacer un espectáculo, simplemente no lo haré y me dedicare a otra cosa. Por supuesto que hubo dudas infinitas: “¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Se entenderá lo que quiero decir?”, pero nunca temor.

En el teatro de prosa y en el cine está aceptado hacer cosas nuevas. ¿Por qué en la ópera no? Yo no creo en el respeto al arte,  yo creo que se admiran otras cosas; en el arte hay expresión, ideología, sentimiento… ¿pero respeto? El único respeto que existe es hacia la madre y a la bandera, pero si habría que tenerlo sería a la obra que se escribió hace 200 ó 300 años y sigue vigente hasta nuestro tiempos,  porque ni somos del siglo XIX y ni siquiera del XX, cuando se gestó teóricamente la idea estética de la gente que nos podría criticar.

Si viajáramos en el tiempo y nos sentáramos a ver un espectáculo como se hacía en aquellos años, nos quedariamos estupefactos, porque no entenderíamos los códigos éticos y estéticos de la época. Por ejemplo, mi hija nació y a los tres años ya sabía manejar una computadora… ¡mi abuela nunca pudo encender una! Entonces, ¿cómo voy a contar una historia clásica sin tener en cuenta estos factores generacionales? ¿A quién le estoy hablando?, ¿a gente muerta? No, ¡tengo que hablarle a la viva!

M: ¿Cómo acercarías a la juventud al teatro?

ML: No me puedo atribuir esa responsabilidad, yo sólo puedo hablar desde mi perspectiva. Tengo 48 años, soy un hombre de mi generación y trato de hablarle a mis contemporáneos; yo crecí con MTV, con esto (nos señala su playera de Sex Pistols); crecí con el rock, con la música popular y la clásica. Agradezco cada día al tener una hija de 21 años, quien es mi nexo con lo que viene y me dice por dónde va la cosa.

Todo esto es lo que sé hacer, soy una persona de ópera y trato de no ponerle más cuestiones a la cuestión en sí. La ópera es un genero teatral musical maravilloso, de entretenimiento y de elevación espiritual. Entonces, yo no puedo contar una historia sin hablar de mí o de mi entorno, como lo hizo Bizet en su momento.

M: ¿Tienes algún otro proyecto en camino?

ML: Recién comenzamos una reinterpretación de la obra más importante de Richard Wagner: El anillo del nibelungo, a propósito del bicentenario de su nacimiento. Será una versión multimedia, con efectos 3D y cosas por el estilo. Esperamos estrenar la primera parte en el Teatro Argentino de La Plata, el cual dirijo, en el próximo mes de marzo.

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