Por Toño Quintanar

La música es un asunto ambiguo. Incluso la melodía más dulce e inocente puede verse mancillada si ésta es indexada en un ambiente visual transgresor. Dicho experimento retuerce la esencia original de la canción, transformándola en una implacable arma satírica.

Algunos años después del estreno de A Clockwork Orange.

Malcolm McDowell apura la copa de champaña que ha permanecido entre sus dedos durante una inconvenientemente larga porción de tiempo. El líquido ya sabe caliente, pero las burbujas conservan su dulzura embriagadora.

Aquella fiesta no es nada fuera de lo habitual. Productores, directores, actores; todos reunidos en una burbuja de opulencia que, en el mejor de los casos, resulta obscena. Malcolm ha aprendido a desarrollarse en estos ambientes gracias a una máscara social la cual oculta perfectamente esa sensibilidad suya que, en un abrir y cerrar de ojos, podría dejarle desnudo en un mundo donde las mentes más geniales generalmente también son las menos apreciadas.

A pesar de la fofa naturalidad del ambiente, existe un elemento que inquieta de manera excepcional al actor; un pez en el acuario que deambula con sofisticados desplazamientos: el inigualable Gene Kelly, intérprete responsable de inmortalizar aquella joya musical titulada Singin’ in the Rain.

Malcolm rememora de forma bastante difusa el rodaje de la escena de la violación; aquella que habría de coronarse como uno de los momentos más espinosos de A Clockwork Orange. El apabullante profesionalismo de Adrienne Corri fue algo que lo dejó verdaderamente impávido. Pocas actrices se han arriesgado a hacer una escena tan explícitamente descarnada.

A pesar de la deslumbrante perfección que cada uno de los cuadros ostentaba, Stanley Kubrick, ese chamán del celuloide quien a ratos parecía dictador; se encontraba inconforme con la secuencia.

Tras cuatro días de cavilaciones, el director le pidió a McDowell que cantara durante la secuencia. Malcolm hizo un recuento mental de su repertorio de canciones y, la primera que le vino a la memoria, fue Singin’ in the Rain.

El experimento dio pie a un legendario instante cinematográfico que alcanzaría una crueldad inenarrable gracias a la dulce melodía que escapaba de la garganta de McDowell. Kubrick no mostró miramiento alguno al momento de pagar los $10,000 dólares necesarios para poder hacerse con los derechos de la canción.

Y ahora Malcolm está parado frente al maestro quien inmortalizó aquella emblemática pieza la cual, años más tarde, y enfundado en su uniforme de drugo, él se encargó de desvirtuar.

Gene Kelly parece un sujeto frágil y apacible: una leyenda, entrada en años, la cual se contenta con vivir a la sombra de un legado intachable.

Al principio, el anciano no reconoce al joven quien estira su mano para saludarle. Sin embargo, la noción poco a poco comienza a evidenciarse en su cerebro. La sonrisa de Kelly va borrándose en cámara lenta conforme un fruncimiento de tez, lleno de cólera, de profunda indignación, se abulta en su rostro.

Los rumores no exageraban en lo más mínimo: Kelly odia a McDowell por haberle robado su pieza más emblemática para después usarla en una cinta que hace de la inmoralidad una bandera artística.

El rostro del hombre se congestiona, enrojecido como una especie de tomate antropomorfo. Los puños le tiemblan a los costados y –Malcolm podría jurarlo- las venas le resaltan bajo el rostro enjuto.

Va a golpearlo. Está seguro. McDowell ve venir el puñetazo desde kilómetros a la distancia. Una premonición infalible que no ayuda en nada, puesto que el protagonista de Calígula se descubre a sí mismo petrificado, sin poder responder ante la agresión inminente…

El golpe nunca llega. Kelly se limita a dejar escapar un bufido de absoluto desprecio, da media vuelta y se marcha altivo; dejando a Malcolm con la mano aún estirada. El anciano nunca perdonará que hayan ensuciado la memoria de Singin’ in the Rain con aquella “bazofia decadente”.

Después de unos minutos incómodos, Malcolm McDowell decide que aquel anciano estirado puede irse a la mierda. Después de todo, ya es tiempo de que los viejos ídolos mueran para dar pie a nuevos universos y texturas. [m]