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Lydia Lunch: “Digo la verdad. Y si eso te shockea, tienes un problema conmigo”

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Lydia Lunch: “Digo la verdad. Y si eso te shockea, tienes un problema  conmigo”

La escena subterránea encuentra en la figura de Lydia Lunch un ente exquisito, multiforme y radical. Desde finales de los años setenta, la nacida en Rochester comenzó a desarrollar un discurso musical que terminaría influyendo en el obrar y pensar de quienes, como ella, hallaron entre la crítica y la rabia un spot en el cual retozar libres. Su nombre de pila: Lydia Anne Koch.

Referirse a Lydia Lunch significa repasar un hilo de saber alterno, de raigambre riesgosa y terminante. Punk y lo que le siga, la mujer inició su andar musical siendo quinceañera, al mando vocal de Teenage Jesus & The Jerks. Banda de vida efímera, aunque lo suficientemente intensa como para cimentar el movimiento no wave, retratado a su hora por Brian Eno en el compilado No New York.

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Willy DeVille le cambió el apellido al saber que la cantante robaba comida para compartirla con amigos de bolsillo agujerado. Esta anécdota sirve para entender cómo edificó un fuerte de resistencia ante los ataques de la pobreza, pero también del adoctrinamiento religioso y la turbulencia familiar. Así fue que Lydia creció leyendo y apegándose al cine. Henry Miller, Antonin Artaud; Luis Buñuel, Salvador Dalí. Visitando el CBGB, encontraría que no estaba sola; había otros listos para hacer las cosas a su manera sin tener que pedirle permiso a nadie. Lydia Lunch debutaría en aquel antro mítico en 1977. Dicen que apenas pasó diez minutos sobre su tarima, con eso le bastó para cimbrarla.

Respetada por Nick Cave y Henry Rollins, por sólo colocar dos nombres, la también poeta y actriz, además de puntillosa escritora (atención a Paradoxia. Diario de una depredadora), regresa a México para presentarse en Casa del Lago —protagonizó Festival Marvin en 2019—. Citada para un encuentro virtual, la Queen of Siam se anuncia orgullosa de concretar su vuelta a la CDMX: “la ciudad que tiene más museos per cápita que cualquier otra ciudad del mundo merece ser reconocida y respetada”. La artista llega con un concepto titulado Murderous again, según ella, “la culminación obvia” del ambiente psicótico en el que se ha visto envuelta desde hace décadas; es decir, “lo que he estado esforzándome por lograr desde que abrí la pinche boca por primera vez”.

Porque sí, Lydia practica spoken word. Y al lado de Tim Dahl y Matt Nelson alcanza grados de catarsis a los que es posible sumarse siempre que los oídos se encuentren abiertos a toparse con esa oscuridad luminosa que saberse vivo significa. Algunos hallarán shockeante tal acto, sin embargo para su artífice no es así, y en este sentido la situación, ella misma lo advierte sin aspavientos, puede volverse personal. “Nunca he considerado nada de lo que he hecho de esa manera. Digo la verdad. Y si eso te shockea, tienes un problema. Y si tienes un problema con eso, tienes un problema conmigo”.

Su influencia se palpa lo mismo en Sonic Youth y The Birthday Party que en Einstürzende Neubauten y Swans. Sin embargo Lydia elude encumbramientos disfrazados de triunfo al afirmar que “la guerra nunca termina”, confirmando así que su papel ante el micrófono siempre ha sido el mismo: ofrecer un clamor de batalla. Este llamado a la acción, definido como no wave con sus respectivas mutaciones, es “algo que no se puede definir” y que ha encontrado en el boca en boca, en el comunicarse sensiblemente, un canal de amplificación generoso; en tal rol, el no wave ”nunca fue un movimiento político y jamás ha tenido un gran impacto”, señala Lydia, retando a que se le demuestre lo contrario.

Categórica y puntual, avisa que si el rock habrá de tener futuro, lo que tendría que hacerse es “agarrar una buena piedra para estrellársela en la cara”. Luego, honrando la palabra, la neoyorquina dice resonar con obras de Borges, Bolaño, Goytisolo y Lorca (“sí, respeto al realismo mágico, pero me las estoy viendo con la magia real”, señala en este tema) y después cuenta que a la hora de presentarse en directo no reconoce a la masa, sino a los individuos que la conforman.

Hacia el final de la charla, quien esto escribe arroja una pregunta de planteamiento panorámico: Lydia, has logrado mantener una independencia radical durante casi cinco décadas en el circuito underground global, sobreviviendo a tendencias, crisis de la industria y transiciones tecnológicas. Pensando en las nuevas generaciones de creadores independientes en México que intentan ganarse la vida sin venderse, ¿cuál crees que sea el verdadero costo de mantener la integridad artística inquebrantable? Y la respuesta resulta simple y cruda. Conclusión aplastante: “ser pobre”.  

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Lydia Lunch, Tim Dahl y Matt Nelson: Murderous Again.

*Foto de portada: Marcia Resnick.

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Alejandro González Castillo

Alejandro González Castillo

Periodista, y escritor también (porque parece que no es lo mismo). Cruza párrafos con compases. Le gustan las olas, leer y chelear chachareando; además de escuchar discos dejando salir el humo por los ojos.

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