Agenda

Warpig: “A Lost Acapulco nunca le interesó sonar mexicano”

/
326,209
Warpig: “A Lost Acapulco nunca le interesó sonar  mexicano”

Lo que se cocina en el mítico Salón Gran Forum de Coyoacán es una declaración de principios. Bajo el nombre de Ruido y Cariño, seis pilares del ska, el punk y el surf mexicano se reúnen para pasar lista de presente en una escena que sigue latiendo con la fuerza del slam. Lost Acapulco sigue siendo esa banda honesta en una escena que a menudo se disfraza de lo que no es. En esta entrevista con Warpig, recorremos el mapa de una trayectoria que comenzó con los “putazos” en las tocadas punk de los 80 para terminar asaltando el Ruido y Cariño el sábado 25 de abril.

TXT::Tim Drake

En este mundo inmenso de festivales, ¿qué tiene de diferente este festival del 14 de febrero?

Somos bandas que ya tenemos una trayectoria de más de 30 años en los casos de Los Esquizitos, Las Ultrasónicas, Lost Acapulco… no sé exactamente Los de Abajo o Salón Victoria, pero por ahí andan, porque somos contemporáneos. Hemos coincidido en infinidad de lugares; festivales, tocadas en azoteas, fiestas particulares, clubes pequeños como el Alicia, festivales en provincia. Incluso nos hemos topado alguna vez en Europa con Los de Abajo, así de tren a tren, de “no mames, ahí van esos güeyes”. En treinta años nos han pasado muchas cosas juntos… y también separados. Por eso, que los organizadores de Ruido y Cariño hayan reunido a estas bandas me parece un gran detalle. Las bandas nos vemos con gusto real, eso inevitablemente se va a transmitir al público. 

¿Es un show para olvidar el romance?

Exacto. Va a estar bueno para las bandas, va a estar bueno para el público. Y ahora, casualmente, es algo raro y muy bonito: ya nos van a ver nuestros seguidores de hace más de veinte años, pero ahora vienen con sus chavitos. Y los chavitos se saben las rolas de Lost Acapulco. Las instrumentales las bailan, te piden los villancicos, te piden las canciones que han salido en películas. Las ubican. De pronto se te acercan niños y te dicen: “toquen la del Burrito Sabanero”. Ahí te das cuenta de que la música ya cruzó generaciones, y eso no tiene precio. 

¿Qué parte de su identidad musical sienten que ha evolucionado más con el paso de los años? ¿La destreza del músico o la mística del personaje?

La del personaje evolucionó en los primeros años, mientras buscábamos la máscara ideal. Y es innegable, en cuanto mis compañeros se ponen la máscara, cambian. Su actitud es otra. Incluso la reacción de la gente es distinta cuando los ven con máscara o sin ella; el público se comporta de otra forma y eso es gracias a nuestros héroes nacionales, los luchadores, que tienen una magia muy cabrona con las máscaras. Le debemos mucho a la lucha libre por habernos prestado ese elemento; se nota la magia que te da antes de salir al escenario y cuando ya estás tocando. Antes tocábamos lo que entendíamos… o lo que podíamos. Le pasa a muchas bandas: quieren tocar de una forma, pero no les sale. A nosotros nos pasaba eso. Al principio no sabíamos cómo lograr un sonido de guitarra que ahora ya sabemos que se consigue con una Fender, un ampli Fender y un tanque de reverberación. Yo no sabía cómo sacarle a mi tarola el sonido que quería; ni siquiera la sabía afinar. Esa evolución se dio con el tiempo. Ahora ya sabemos cómo afinar la batería para que suene como al Warpig le gusta. 

¿Hubo un momento exacto en el que dejaron de sentirse simplemente esa banda de culto para entender que ya se habían convertido en el referente absoluto del surf en México?

Nos hemos dado muchos frentazos, frentazos positivos. La primera vez que tocamos en el Zócalo, las autoridades nos dijeron: “Hay 70,000 personas, cabrón”. ¡Ay, no mames! Empiezas a caminar hacia el escenario y cuando llegas y ves a la multitud, dices: “¿De dónde salió tanta gente?”. Claro, era un concierto gratuito y no éramos la única banda; estaban los Straitjackets y otros más, pero el hecho de ver a 70,000 personas en el Zócalo de tu ciudad te hace decir: “Chale, pues ya no está bien subirte todo pedo, meado y vomitarte”. Como que ya hay un compromiso. Luego vas a un Vive Latino y, como eres banda de surf, te ponen a abrir. Nosotros nunca hemos dicho que no al horario que nos pongan. Abres el festival y ves que, aunque sea temprano, hay un chingo de gente que fue exclusivamente a ver a Lost Acapulco. Dices: “¿Qué les parece si nos conseguimos un buen ingeniero de audio?, ¿qué tal si compramos buenos instrumentos y no nada más el que caiga?”. Porque así era al principio. “¿Con qué batería vas a tocar, Warpig?”. “Pues con la que haya”. Me acuerdo de un concierto muy penoso en el Metropólitan; le abrimos a Café Tacvba. Nosotros veíamos cómo se movía todo el mundo, cómo conectaban madres, y de repente nos preguntan: “¿Y su ingeniero de audio?”. “Chinga… ¿qué se necesita ingeniero?”. Pues no traíamos y tocamos horrible. Pero no lo sabíamos. Lo fuimos entendiendo con el tiempo, viendo a otras bandas y sintiendo el compromiso de no entregar las cosas al aventón porque ya hay gente que paga por verte. Seguimos siendo bien valemadristas en muchos aspectos, la verdad, pero de repente sí decimos: “Hay que entregar algo bueno”. Si tuvieron oportunidad de ver el concierto en el Lunario, fue algo que hasta mis papás salieron llorando de la emoción; estuvo muy chido. 

¿Qué parte de ese viejo oficio, de esa precariedad del principio, extrañan todavía y qué otra experiencia, de plano, no volverían a vivir ni locos?

¡Qué difícil! Pues yo no extraño nada. Al contrario, fíjate que desde que tocaba en mi primera banda lo veo como un aprendizaje bien cabrón. Me da nostalgia acordarme de ir a ensayar hasta Izcalli Chamapa, cargando un amplificador y bajando la barranca para tocar. Quien no conozca a Lost Acapulco o al Warpig, a lo mejor piensa: “Este pinche mamón no carga sus instrumentos”. ¡Ya lo hice un chingo de años! Ya pagué mi cuota punk: ir a Izcalli, bajar barrancas bajo la lluvia cargando amplis… ya estuvo. Extraño el feeling, eso sí. Extraño esa época porque era otra escena, otros años, otra actitud; estar en un medio ambiente agresivo, de punks, de mucha confrontación con los policías que a mediados de los 80. No extraño que una tocada terminara en putazos; eso no lo extraño para nada. Pero sí extraño la actitud de estar en una banda chingona de punk y a los amigos de aquel entonces. Con Lost Acapulco es bien diferente: se disfruta un chingo. Me considero muy afortunado.

¿Qué mito sobre lo que significa ser “la banda de rock mexicana” les gustaría derrumbar de una vez por todas a Lost Acapulco?

Creo que hemos derrumbado un mito muy importante, uno que nos pesaba mucho a bandas contemporáneas como Las Ultrasónicas, otros y nosotros. Era esa pinche necedad que traían las bandas anteriores a nuestra generación; digamos, los Caifanes o Café Tacvba. A ellos les urgía sonar “a mexicano”, cabrón. ¡Les urgía! Que si meter la trompeta del mariachi, que si aquí debe sonar a caballos y a gallos como en un pueblito, que si hay que sacar unos magueyes… ¡Cómo me cagaba eso a mí, de veras! Ese pinche mito lo traía toda una generación. ¿Por qué? No lo sé. Perseguían la identidad nacional; muy su pedo y muy su problema. A Lost Acapulco nunca le interesó “sonar a mexicano”. Vamos a sonar a mexicano porque somos mexicanos, y a mucha honra y con mucho orgullo. Hay una canción muy bonita en el nuevo disco que se llama “México libre“; es muy emotiva y cada quien le pone su significado. 

¿Cómo se sobrevive a todo eso?

Es bien fácil, aunque tal vez a algunas bandas se les haga difícil: es siendo auténtico. Siendo tú. La gente se da cuenta en todas las profesiones; lo vemos mucho en la política ahora. La gente sabe cuándo les estás diciendo mentiras, la gente no es pendeja. Cuando una banda es honesta, lo refleja. A mí me ha llegado mucha gente a decirme: “Pinche Warpig, me caes bien mal, güey, pero qué chido tocan Lost Acapulco“. Pues es que yo así soy, cabrón, y no voy a cambiar nada más porque te caiga mal. Mi banda toca bien chido y por algo estoy ahí, por algo me gusta estar en Lost Acapulco. 

¿Qué le dirías a los Lost Acapulco de hace 30 años? Si te los encontraras hoy en cualquier bar, preguntándose si de verdad vale la pena seguir.

Obviamente les diría que sí vale la pena, pero que no pierdan tiempo. Hay mucha gente en la escena musical que nada más se dedica a estafar, a quitarte el tiempo, a tratar de chingarte dinero. Es lo único que les diría. Es más, si viera a los Lost Acapulco de hace 30 años en un barecito, les daría las fotos y los nombres; les diría: “Con estos güeyes no hagan deal, con estos güeyes no se junten”. Cuando vean a tal tipo, córranlo del ensayo, córranlo de la casa. Les ahorraría muchos enojos y muchas deudas haciéndoles esa advertencia. Hay mucho vividor, como en todos lados. El problema es que se disfrazan de “buena ondita”. Su mejor argumento siempre es: “Yo conozco a todos, yo los llevo”, y no tardan en darte el pinche sablazo y robarte desde cien pesos hasta cosas importantes. Yo sí les diría eso, y se lo digo a todas las bandas que empiezan: fíjense quién es su mánager, con quién andan. A mí me vale madre, hay que señalar a esos ojetes y decir: “Ese güey es un pinche ratero, tengan mucho cuidado”. Porque hay muchos.

Cuando llegue el momento de bajarse del escenario por última vez, ¿a qué quieren que huela el aire? ¿A sudor, a rock, a pólvora o a libertad?

No, a perfume de señora muy caro. Perfume de señora rica. Me gusta mucho ese olor. Me gustan los olores de perfume de “ñora” de Santa Fe, de allá arriba. Es que ya hemos olido muchas cloacas, muchos sudores y muchos caños. Muchas veces se ha salido el agua negra de los cuartos de hoteles… ¡ya, güey! Ahora quiero que huela a señora de varo de Santa Fe.

*También te puede interesar: La Bande-Son Imaginaire: “Nos han dicho que nos pintamos de blanco porque somos prietos”

Staff

Staff

21 años hablando de cultura pop nos respaldan. También hacemos Festival Marvin.

Auditorio BB