Para Los Guajacos
Se aferran a sostener viva la flama que simboliza su música, ardorosa a lo largo de décadas. Los Fabulosos Cadillacs. Y como toda agrupación lo suficientemente longeva, ha pasado por subidas y bajadas, álbumes destacados y otros francamente olvidables. Pero esto: se las ha arreglado para mantenerse de pie con aplomo, cuidando su cancionero clásico con esmero cuando la hora de pararse en el escenario llega. Hoy, para celebrar cuatro décadas de historia, los argentinos defienden lo escrito y atienden lo suyo: un listado que sólo exhibe lo más aplaudido de su repertorio.
Entre distantes y cómplices, medio elegantes y medio ordinarios, un poco graciosos y otro tanto pedantes, los de Buenos Aires arriban al Auditorio Nacional con un montón de éxitos en el papel que a sus pies les dicta cuál sigue. Traen puro cañonazo. Cada canción que sueltan va calada, va garantizada. Y así, sin descanso —acaso algunos toman asiento en “Piazzolla”, extraída del mejor álbum grabado por el combo—, van soltando esas tonadas que, habría que aceptar, por generaciones nos hemos acostumbrado a oír de mala forma gracias a que suelen ocupar las bocinas en medio de la francachela, en sitios donde el canto de la multitud opaca las bondades de lo pulido en el estudio de grabación. Hoy es una excelente oportunidad para saber cómo es que los artífices del jugo de hits que se sirve añoran que sus composiciones sean sorbidas; con sonido afilado y ejecución precisa, apegadas a los arreglos originales salvo alguna excepción (“Los condenaditos”).



Conforme la popularidad de ciertas bandas avanza, complicaciones en su seno comienzan a crecer, dificultades de intensión en la ejecución, por ejemplo. Es decir, tras tocar mil veces el mismo hit y recibir una reacción frenética ante su interpretación, por infame que ésta sea, resulta natural que un quiste vaya creciendo entre estrofas. Sí, los Cadillacs saben que cuando llegue el turno de “Siguiendo la luna”, por decir una, quienes estén frente a ellos aplaudiéndoles van desmayarse de la emoción, invariablemente. Sin embargo, lejos de que esto les cause pereza, esta noche les impulsa a levantar una versión preñada de puro sentimiento. Así que tumban el tema, lo ralentizan subrayando dolores. Y uno se rinde, su versión es insuperable; lo mismo ocurre con “Calaveras y diablitos”, una tonada repasada hasta el hartazgo en todas las esquinas, así como con “C.J.”: escalofriante de tan bruñida.




“Mal bicho”, “Matador”, “El genio del dub”, “Carmela”, “Demasiada presión”, “V centenario”, “Manuel Santillán, el león”, “Carnaval toda la vida”… ¿Cómo ponerle peros a tal despliegue? Es noche de fiesta, se alzan brazos mientras la garganta se aja. La poción sonora descarta prejuicios, sigue la ruta disidente marcada por The Clash, el ánimo pandillero de Mano Negra y el perfil sesudo de Radio Futura. Viene de un momento determinante para la historia del rock iberoamericano cuya influencia, a estas alturas, se desborda. En el caso de México, el temario de los de “Vasos vacíos” es sinónimo perenne de rebeldía, cerveza, playa, carcajadas y camaradería. Puras bendiciones. Sin el puño de hits que hoy se manifiesta, Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio o Panteón Rococó no estarían donde lo hacen, por citar únicamente dos nombres de la escena local. En términos mastodónticos, los Cadillacs compiten con monstruos del tamaño de Maná o Los Ángeles Azules. Así de amplio es su rango de escuchas.

Hacia el final, el octeto liderado por Vicentico, Flavio Cianciarulo y Sergio Rotman regresa al germen con “Te tiraré del altar” y “Yo no me sentaría a tu mesa”, de cuando los años noventa todavía no llegaban. Así de old. Así de gold. De alma tabernera, la vieja guardia aprovecha y se abraza con la última que suena, meciéndose lento. Wooooo, uouooo… Todos cantan. En realidad están en la caverna, donde la tribu se encuentra a salvo, sin temor al abismo que se tiende tras las risas. Con la hoguera enfrente nace el recuerdo dorado mientras se entona recio que los amigos cubren cuando llega la hora de llorar. Entonces sólo existe el presente. El hoy que es siempre. Sí, pasa algo importante cuando los músicos se despiden, también, abrazándose: se está ante el instante al que van a recurrir los que sobrevivan luego, cuando la muerte alcance uno a uno a los miembros de la cofradía y el carnaval comience a desfallecer.

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