La suma de fallecidos por la pandemia  que realizan los gobiernos resulta ser un ejercicio nacionalista, los propios se miran con ojos de intención partidista y los ajenos con alegría competitiva. Además de este bochornoso ejercicio de “mirar la paja en el ojo ajeno”, y de paso familiarizarnos con la muerte del otro, como algo lamentable pero inevitable, militarizando nuestra ética más profunda, ante nosotros yacen cadáveres que ocupan continentes. Nada importa tanto como la vida humana, sobre todo la propia, tras ésta, para algunos seres, son de vital importancia los significados ocultos de objetos visibles que nos sostienen como una salud de atleta. La publicidad es una máquina que devora todo significado con el objetivo de vender o convencer. Más peligrosa que la publicidad comercial es la institucional, especialmente la motivadora y patriótica.

Durante esta pandemia en todos los países se observa una fusión de ambas, propaganda y publicidad, una simbiosis que demuestra las vieja tesis anti nacionalistas  ya olvidada en el tiempo, aquello de que la nación es un producto del mercado. Curiosamente la única alternativa internacionalista, desde que el izquierdismo se olvidó de una de sus esencias, la crítica dialéctica también anda en proceso de abandono, es un gran bazar global, al sanitario planetario nadie le ha hecho caso alguno.  En la apropiación de símbolos en el lenguaje publicitario la palabra héroe se ha tomado alegremente, de paso han vaciado de significado para al futuro a la canción de  Bowie, que ya andaba agónica de poesía, porque lo poético se diluye en el proceso de venta. La biografía formal del inglés cuenta que la canción, editada en 1977, versa sobre una historia de amor en Berlín. El romance de dos personas  separadas por el muro que entonces dividía la hoy capital germana. La narrativa propia que tomó la canción, empujada por la película Cristina F, hablaba de amores al límite compartiendo la jeringuilla en un siempre posible último chute de heroína. Sea como fuere verla en anuncios de entidades bancarias para éstas darse aires de concienciadas y humanistas, cuando ni siquiera son capaces de cumplir con una anulación de seguro realizada por teléfono; o en spots pidiendo la unidad nacionalista ante un virus que si se extiende es tanto por su carga vírica como por la incapacidad de los responsables políticos que encargan las campañas, es sentenciar de manera grosera una obra de arte, otro término destrozado en este caso por los comentaristas deportivos cuando un señor pega con habilidad un balón. Da miedo dar luz a melodías tan emotivas como las del saxofonista Anenon, no vaya a ser, un día, las veamos destrozada en un spot con imágenes de sonrientes kamikazes tras un mostrador de hamburguesería.

La comunicación en tiempos de pandemia retoma lentamente su ritmo, no debe perderlo, hay tablas muy claras sobre la caída en ventas  provocada por la ausencia presencial de la publicidad. Un reciente estudio de Dentsu Aegis Network titulado “Reality of recovery: a post covid-19 survey” muestra como el marketing a nivel mundial ha disminuido sus presupuestos un 45%, mientras que un 10% de las  empresas lo han aumentado. No es extraño que los 10 anuncios más vistos en el mundo en los últimos meses, todos con temática motivadora, sean de empresas como Facebook, McDonald´s, Adidas, Walmart y Nike. La temática supera-traumas impera. Las marcas deben mostrarse útiles más que vender sus productos. Hay un ambiente de cruzada  generalizado, todo tiene aroma de ‘causa’. Las marcas se alinean remarcando su compromiso con el consumidor más que sus productos pero sin bajarle a la voracidad consumista ni advertir sobre los peligros de ingerir sus alimentos, más perniciosos que Covid -19.

La reactivación económica, tras el confinamiento y la parálisis de la mayor parte de la economía, es la principal cruzada tomada por la propaganda institucional. No es de extrañar. En los inicios de la crisis sanitaria hasta la ultra liberal Universidad de Chicago apuntaba los beneficios económicos del confinamiento para salvar vidas. Los últimos análisis de universidades como las de Berkeley estiman que el confinamiento no es tan amortizable. En ambos estudios se cuenta un valor utilizado en economía. El valor estadístico de una vida (VSL, por sus siglas en inglés). Se trata de una  métrica usada por las agencias gubernamentales para medir propuestas y proyectos  teniendo en cuenta el coste extra de los trabajadores al aceptar trabajos peligrosos. Para la universidad californiana,  o para un reciente  estudio  de economistas del Instituto de Economía del Trabajo en Alemania, la distancia física en el espacio público es más rentable por la poca diferencia en vidas y al no cesar drásticamente la actividad económica.

Hamza Esmili, sociólogo y profesor de la Universidad de París VIII, declaraba recientemente a la BBC que  confinamiento es un “concepto burgués”. Para Esmili el confinamiento parte del presupuesto establecido de que “todos tengamos una casa individual, un poco burguesa, en la que podamos refugiarnos cuando haya una pandemia o un desastre natural”.  En Sant Denis o en barrios de la Ciudad de México, no hay lugar donde confinarse. De todas formas, estas periferias, nutren de obreros, cajeras, empleados de seguridad… la tan nombrada economía esencial. La cruzada de la reactivación económica para ellos empezó hace mucho, por eso los cadáveres abundan por esas vecindades. Lo grupal como bien superior se utiliza para asumir el riesgo de bajas. Una rolita adecuada y un contrapicado digno de película de Marvel, deben ayudar a aliviar temores  de los alegres cruzados del descofinamiento laboral.

 

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