No recuerdo la primera vez que padecí la violencia en mi vida, tampoco recuerdo la primera vez que la ejercí. Pero sí recuerdo que crecí atravesado por prácticas y relatos que perpetúan la lucha por la dominación y humillación de unos sobre otros.

TXT:: Israel Morales Nava

También recuerdo haber crecido con el asombro y la emoción de crear imágenes con una hoja de papel, lápiz, colores, tintas y cualquier otro material que dejase una marca, una huella.

Ambos tópicos son más que conocidos y han sido puestos a discusión desde distintos puntos de vista. Por un lado, las múltiples configuraciones que la violencia adopta se han abordado desde la filosofía, psicología, sociología, el derecho, la historia, desde distintas formas de activismo y más disciplinas. Por otra parte, incluso desde las mismas disciplinas, también se reconocen las bondades que las prácticas artísticas ofrecen al momento de resignificar, reflexionar, ahondar o reconocer las propias concepciones en torno a las propias experiencias: la relación entre las expresiones artísticas y el “análisis” de las violencias no es novedosa, pero es nuestra responsabilidad, como red de grupos sociales, mantenerla vigente.

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Los análisis académicos, filosóficos, sociológicos, etc., en torno a la violencia son muy útiles, pero dejan de ser accesibles a lectores que no dominan el argot y otros formalismos comunes en este tipo de textos. Lo mismo sucede al intentar difundir los portentos y alcances de prácticas basadas en las artes para motivar la reflexión acerca de ciertas realidades sociales.

Lo anterior, más que una conclusión formal, es parte de un conjunto de juicios, basados en experiencias personales, que me impulsaron a poner en práctica una serie de ejercicios basados en las artes gráficas, junto con distintos grupos de personas en distintas épocas, con la ambiciosa finalidad de transformar su mirada y su praxis en torno a las distintas formas de violencia cotidiana a la que se han enfrentado, ya sea padeciéndola o ejerciéndola.

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Dibujo, cartel, ilustración, collage, grabado, cómic, fanzine, grabado y hasta esténcil mural han sido algunas de las técnicas de las cuales echamos mano, aquellos grupos de personas y yo mismo, para poner en práctica la transformación de las conductas violentas, en unas menos agresivas. Por supuesto, durante los primeros años de este trabajo, fue frustrante descubrir que, a pesar de que algunos procesos de autoconocimiento lograban alcances profundos, no eran suficientes para convertir a un ser humano en un baluarte de la cultura de paz.

Sin embargo, una vez asumido el carácter complejo, dinámico, profundo y multidimensional de la violencia, y habiendo atravesado por distintas experiencias con grupos y personas de diversas características, nos encontramos con que, si bien no suena tan realista aspirar a incidir (casi de forma mecánica) en la concepción y comportamiento de las personas a través de la práctica-reflexión basada en las artes, , sí es más que posible provocar una serie de acercamientos, desde puntos de vista novedosos para las mismas personas, a sus propias experiencias en las que se haya efectuado algún tipo de violencia sin que se percataran de ello.

Es decir, de las múltiples características y dinámicas de la violencia, una de las más básicas y relevantes, es que al movilizarse en contextos en los que se asume que una persona debe ser capaz de ejercer o resistir ciertas formas de violencia para lograr cierto reconocimiento social o, al menos, sobrevivir física y emocionalmente en su entorno. Esta postura puede adquirir un carácter cotidiano que, a la larga, es introyectado por las personas como una actitud deseable o, por lo menos, normal.

Esto aunado a las múltiples narrativas que nos atraviesan y circulan desde distintos espacios y medios donde también se exalta o se expone como algo común el uso de la violencia en distintas relaciones humanas (publicidad, series, canciones, películas, centros laborales, académicos, públicos, etc.), hacen sumamente difícil, pero relevante, reconocer que el punto de partida para un trabajo de erradicación de la violencia puede ser el reconocimiento de ésta, sobre todo en sus expresiones más mínimas o comunes.

Así, la creación de un fanzine o un mural colectivo con el grupo de trabajo, no sólo estará enfocado en aprender y desarrollar algunas técnicas gráficas básicas para su elaboración, sino también en poner en diálogo y discusión una serie de creencias que permitan la reflexión acerca de las propias formas de mirar y experimentar las distintas formas de relación que vivimos.

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Para ello, es importante implicar de lleno a cada participante, para que ensaye por sí mismo con las técnicas y herramientas creativas a su alcance, así como para exponer sus propias ideas y experiencias que, en mayor o menor medida, se han visto afectadas por alguna forma de violencia. Para que esto sea posible, es menester generar un ambiente de confianza en el que cada persona tenga la certeza de que no será señalada ni juzgada.

De esta forma, el grupo va marcando el ritmo y la dirección de las reflexiones y análisis; va definiendo su propio estilo gráfico y narrativo con el trasfondo definido por ellos mismos, por lo que la dinámica deja de mirarse como una cátedra para vivirse como una pequeña comunidad en diálogo con sus propios procesos creativos.

Asimismo, cada página, cada cartel, lienzo, mural, etc., va surgiendo como un índice del trabajo interior realizado por cada individuo o de forma colectiva, como una especie de recordatorio o de huella capaz de volver a colocar al sujeto en un estado de autocuestionamiento, análisis o reflexión sobre las propias experiencias marcadas por la violencia.

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Hacer visible que aquello que se presenta como algo “natural”, en el fondo, no es otra cosa que una serie de condicionamientos estructurales y socioculturales podría considerarse la etapa inicial del camino que lleva a la construcción de relaciones más responsables. Generalmente, al finalizar cada taller, las personas comparten que experimentan dos grandes emociones: la alegría de haber creado algo con sus propias manos, y el agobio ante la visión del arduo trabajo que implica reconstruir la propia mirada para, así, cultivar vínculos basados en el autocuidado y cuidado del otro, superando las distintas formas de idealización o romantización en general que perpetúan relaciones de humillación, abuso y violencia.

Desde esta perspectiva, podemos buscar hacer visible aquello que se oculta tras el telón de lo cotidiano, utilizando las herramientas y métodos que nos brindan las artes, capaces de sortear muchas de las resistencias que las personas tenemos al sentir la inseguridad, remordimiento, rencor, etc., que nos provoca rememorar situaciones dolorosas. Además, el propio ejercicio de creación colectiva puede derivar rápidamente en una forma de colaboración comunitaria, en la que los participantes pueden reconocerse como agentes responsables de creación, no sólo de sus obras, sino también de sus propias relaciones.