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La Zorra Zapata: “Que ser zorra sea de puta madre, una mujer que va por lo que quiere y ya”

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Con un nombre que incomoda y fascina a partes iguales, La Zorra Zapata se ha abierto camino en la escena alternativa latinoamericana con una propuesta que mezcla rock experimental y performance cargado de ritualidad. Sus canciones nacen de diarios personales que luego mutan en piezas confesionales o abstractas y sus shows son descritos como catárticos, a medio camino entre ceremonia y supervivencia. Desde su primer EP hasta Quema o ilumina, su disco más visceral, ha demostrado que la vulnerabilidad puede ser un arma artística. Hablamos con ella sobre su relación con la industria, el error como motor creativo y el extraño trance que ocurre cada vez que sube al escenario.

TXT::Tim Drake

¿En qué momento tuviste, si es que sucedió, que traicionar alguna versión tuya para poder evolucionar como artista?

No sé si “traicionar” sea la palabra adecuada, pero sí tuve varios momentos en los que tuve que salir del prejuicio hacia ciertas cosas: trabajar con una marca, tocar canciones que te piden, aunque ese día quieras tocar otras… ese tipo de consensos. Siento que los he hecho, que los sigo haciendo y que los seguiré haciendo.

Te tienes que alinear un poquito ahí con el sistema. ¿Esa parte afecta o se involucra en tus canciones? ¿Crees que sí se transmite, de alguna forma, esa sensación de hacer cosas que no querías?

No. Siento que, en las canciones, en el proceso creativo, intento con todas mis armas mantenerlo lo más puro posible. Yo tengo una analogía con la música y la industria musical: una parte hace las tortas y la otra parte las vende. Entonces puedo llegar a consensos sobre cómo vender, si trueques, intercambios, pagos a 15 años o no. Pero el sabor de mis tortas es incorregible. Es y será lo que tiene que ser.

Tus canciones, tus letras, en mi percepción flotan entre lo confesional y lo abstracto, con ciertos matices. ¿Las escribes para entenderte o para esconderte? ¿Qué tanto revelas y qué tanto disfrazas cuando cantas?

En realidad la mayoría de mis canciones no fueron escritas como tales, sino como fragmentos de entradas en mi diario. Entonces sí, tienen algo muy confesional. Hay momentos en los que me provoca ser más misteriosa y usar metáforas difíciles de rastrear. Pero también tengo ganas de decir las cosas de manera simple y frontal.

Hay un ritual tuyo muy chamánico en el escenario. ¿Qué energía invocas cada vez que subes ahí? ¿Está conectado con lo que acabas de mencionar?

La verdad, no tengo mucho control sobre qué voy a invocar. Es un momento de vulnerabilidad y fragilidad bastante fuerte para mí. Es más, un tema de supervivencia. Siento que sale algo muy crudo e intento mantenerme lo más posible en las canciones y no tanto en problemas técnicos. Cuando eres tú quien autogestiona el proyecto, normalmente un concierto que tú has producido también te mantiene en el rol de productora. Intento abstraerme y recostarme enteramente en el lado artístico, en lo audiovisual.

Mencionabas que te interesa el error como dirección. ¿Cómo haces para mantenerte vulnerable sin perder el control artístico?

La frase a la que me refiero es: tomar el error como una intención oculta. Me llegó hace bastante tiempo y se convirtió en el radar de mi proceso creativo. Es un acto de confianza absoluto ante lo que aparece. Claro que surgen dudas, pero siento que tengo una fortaleza en esa confianza. No quiero decir trance, porque suena solemne y teatral, pero sí hay una entrega. Te dejas llevar y bajan sonidos. Quiero pensar que esos errores no lo son solo porque van contra lo esperado, sino porque son pistas.

¿Te sientes con más libertad en el estudio o cuando la canción ya está en la calle y pertenece también a la gente?

Diría que en los extremos. El inicio, cuando estoy sola en el estudio creando, es un momento de mucha libertad. Y también el final: cuando ya no tienes nada más que hacer con la canción, más que dejarla ser. Esos dos momentos son los más liberadores para mí.

Muchos artistas piensan distinto, que la canción deja de pertenecerte una vez que sale.

Sí, hay una sensación de desprendimiento. Antes de salir estás obsesionada con la canción, con los arreglos, la letra, la mezcla… Luego deja de ser tu centro. Para mí es liberador: ya no soy responsable de esa canción, ya es.

¿Qué significó para ti Quema o ilumina? ¿Fue un diario íntimo hecho público?

El título salió de una entrada de mi diario. Ese último disco fue muy intenso: cinco de las siete canciones nacieron en una semana. Mi novio de entonces se fue de viaje y yo me quedé sola en casa, en un encierro absoluto de diez días. No recuerdo del todo los momentos específicos en los que se hicieron, pero cuando me encontré con ese título, tuve la certeza de que el disco se llamaría así.

Has mencionado varias veces tu diario. ¿Existe desde niña?

Debo tener al menos veintitantos cuadernos. Escribo más por necesidad de limpiar la cabeza, regularme y entenderme que por ambición artística. La escritura ha sido esencial en mi proceso de salud mental. Y claro, de ahí saco material: es como un banco de letras. Algunas canciones están tan desfasadas en el tiempo que ya no me vulneran igual. Esa distancia me protege de mis propias experiencias.

¿Rescatas mucho de lo escrito ahí para tus discos?

No tanto como irme hasta 2002, porque lo que pensaba y escribía a los 17, algunas cosas, ahora me da vergüencita. Pero sí me voy a 2018, 2019, 2020. Gran parte de mi creatividad nace de esos diarios. No es racional: a veces aparece una melodía y me siento a hojear hasta que encuentro un fragmento que resuena. Es más intuición que premeditación.

Te mueves entre música, artes visuales, performance y escritura. ¿Cuál es tu lenguaje madre?

La música, totalmente. El oficio musical fue para mí un descanso, el espacio donde encontré todo lo que quería. Estudié teatro y me gusta la composición plástica, pero la música lo articula todo.

El nombre de La Zorra Zapata ya es una declaración fuerte. ¿Qué historia personal, rabia, fantasía encierra ese alter ego?

Cuando tenía quince o dieciséis, la hermana mayor de mi mejor amiga me contó que en la Universidad decían que yo era una zorra. Me angustié mucho. Y es curioso que me hayas preguntado sobre alguna anécdota personal relacionada con el nombre cuando normalmente me preguntan por qué el nombre concretamente. Con el tiempo lo transformé en un juego entre mis iniciales, N y Z. Si volteas la N, se convierte en Z. Yo quería ser la Zeta, así que opté por zorra. Fue una manera de sacudirme ese insulto y resignificarlo. También tiene un corte feminista: que ser zorra sea algo de puta madre, una mujer que va por lo que quiere y ya. Como lo es con el zorro. Y claro, es un guiño a toda esa carga alrededor de la sexualidad femenina. Un poco también para joder.

¿El peor consejo que te dieron en la industria? ¿Y el más valioso?

El peor: cámbiate el nombre. Me lo dijeron varias veces. El más valioso, un amigo me dijo cuando empezaba: todos en el barco se pueden hundir y saltar, menos tú. Como La Zorra Zapata, te puede fallar el sonidista, el guitarrista, el venue… pero tú tienes que quedarte en el barco hasta el final. Esa imagen se me quedó.

En el escenario hablas de trance. ¿Qué lo provoca?

Es todavía un enigma. Hay conciertos en los que estás completamente ahí, y otros en los que la cabeza no se apaga. No depende solo del público, ni del sonido, ni de las luces. Quizás de todo, quizás de nada.

Si tu próxima canción fuera una despedida, ya sea de una persona, de un país, de una versión tuya, ¿qué palabra, sonido o imagen no podría faltar? 

Una guitarra eléctrica bien distorsionada. Mucho distor. Últimamente tengo ganas de sacar ruidos fuertes de la guitarra, es un ingrediente nuevo que siento llegar.

¿Qué película sería La Zorra Zapata?

Siempre digo que me gustan las cotidianas extraordinarias, películas donde en lo cotidiano pasa algo fuera de lo común. No soy de ciencia ficción ni de terror. Me gustan las historias de relaciones humanas. Tal vez un drama en lo cotidiano. Una que me marcó es Melancolía, de Lars Von Trier. Quizás demasiado oscura para compararla con mi música, pero ejemplifica eso: lo extraordinario en lo cotidiano.

¿Hay alguna pregunta que nunca te han hecho y que quisieras responder?

Sí. Me gustaría que me preguntaran mi color favorito, qué he comido últimamente, qué me gusta comer. Últimamente estoy obsesionada con el queso cottage.

Entonces dinos, ¿cuál es tu color favorito?

El verde.

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