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La Ternura Radical de la Sargenta, Vivir Quintana

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La Ternura Radical de la Sargenta, Vivir Quintana

Desde el epicentro de las letras en la FIL Guadalajara, nos sentamos con la mujer que convirtió el dolor de un país en un himno global. Llegamos buscando a la figura de bronce y encontramos a la compositora de oficio que debate con Manzanero, a la activista que desafió la censura en Cuba y a la mujer que, entre el éxito de Dior y las giras europeas, aún se quiebra ante la generosidad de tres jóvenes oaxaqueñas. Una charla indispensable sobre el privilegio de parar, la pedagogía de la tristeza y la urgencia de poner de moda el amor en un México que todavía tiembla

TXT: Carlos Priego

No debe ser fácil levantarse de la cama todos los días cuando uno carga con el peso de la responsabilidad de radicalizar el futuro del corrido mexicano. De hecho, son muy pocos los que lograron llevar ese título con suficiente dignidad. Vivir Quintana, en cambio, parece muy cómoda: sentada en un sillón color azul, contempla los libreros del stand de la editorial que la llevó a Guadalajara. Estamos en una sala de prensa improvisada dentro de la Expo Guadalajara, uno de los centros de convenciones más importantes de México, y afuera hace un clima atípico para el mes de diciembre: llueve y estamos a 18 grados centígrados. Viste de negro absoluto: jeans, camisa y botas. A sus 40 años no está agobiada por el hecho de ser llamada a convertirse —a nadie le quede duda— una de las grandes de la historia de la música regional mexicana.

Se levanta para recibirme.  Mide poco más de un metro con sesenta centímetros. En Cosas que sorprenden a la audiencia —tema que da nombre a su más reciente álbum—la compositora utiliza la metáfora “puños de hierro” como una clara referencia a la violencia física que el hombre ejerce, enfatizando que sus manos no estaban destinadas a amar o cuidar, sino a ser herramientas de agresión y control. Recuerdo la frase mientras me extiende la mano. Su apretón es suave, tierno y delicado. Trasmite paz. Nos sentamos y antes de comenzar nuestra charla dice que se enfermó un poco de la garganta, pero se siente afortunada “no fue una infección”, me dice para tranquilizarme. 

Vivir Quintana esta de buen humor, no cabe duda. Es sábado y Margarita, una entusiasta ejecutiva de la editorial que la publicó este año, le confirma, momentos antes de comenzar la entrevista que Sobre-Vivir para la música trae una inercia positiva. Durante sus primeras semanas en el piso de novedades de las librerías rasguña el centenar de ejemplares vendidos: un buen inicio para una edición independiente.

En algún lugar leí que Vivir Quintana es de las pocas artistas que ha logrado posicionar himnos de resistencia en la cultura popular de forma consecutiva. En su caso, se trata de un triunfo orgánico: si Canción sin miedo desafió las métricas comerciales al nacer como un grito local que se volvió global, temas como Alerta o sus Corridos Conscientes confirman que su éxito no es azaroso. Logró que historias crudas sobre feminicidios y justicia social ocupen espacios que la industria antes reservaba solo para el romance o el baile.

Una sonrisa de satisfacción ilumina su rostro, que es como un mapa de la tierra roja de Coahuila, donde cada línea cuenta una historia de resistencia y cada gesto parece trazado por el viento del desierto. Vivir Quintana comienza a hablar con esa voz profunda y templada, sus ojos cafés están entrecerrados. Su voz, —su famosísima voz— es un susurro grave que, sin embargo, inunda el stand.

Carlos Priego: Quisiera profundizar en tu reapropiación del corrido. Siendo una forma musical que a menudo ha exaltado el machismo, tú decides tomarlo y convertirlo en una herramienta de denuncia. En ese sentido, ¿ves en esta apuesta un simple recurso de estilo o buscas realmente una ruptura estructural dentro de la tradición musical mexicana?

Vivir Quintana: Más allá de ser un ejercicio, es una labor que quiero que continúen haciendo más músicas, e incluso músicos; creo que es algo totalmente necesario. Vivimos en un México violento, un país donde nos hace falta muchísima empatía. Por eso digo que es urgente hablar del amor, pero no desde ese enfoque romántico o erótico, sino del amor a la vida misma, a la naturaleza y a los animales.

Es fundamental hacer corridos que no hablen del narcotráfico y que nos mencionen a nosotras, pero sin caer en temas misóginos donde las mujeres somos tratadas simplemente como objetos de presunción. Creo que esta es una labor grandísima, pero también es una que te puede poner muchas cosas en contra. Hacerlo te puede cerrar muchas puertas, especialmente en una industria musical que está plagada de estos discursos.

El otro día ví en Spotify que los artistas más escuchados en México son hombres y, en su mayoría, sus letras son violentas y misóginas. Lo peor es que se anuncia como el “gran Chart de México”. Es contra esa corriente contra la que estamos luchando y ahí tenemos una tarea importante: me encantaría que las más escuchadas fuéramos mujeres.

Para mí, se trata sobre todo de brindarle una voz a todas aquellas que han sido brutalmente retratadas en estos géneros musicales. Porque, lamentablemente, el corrido es uno de los géneros con más misoginia y violencia. Históricamente, cuando las mujeres somos las protagonistas, somos las que vamos detrás del sargento; somos “las Adelitas” que van a la guerra no por una convicción de país, sino por seguir a un hombre para quedar bien con él.

Y no. A nosotras también nos gusta la lucha, nos gusta tener derechos y esto también es una reclamación del mundo. No soy la “Adelita” que va detrás del sargento: soy la sargenta que va al frente de un pelotón. Estoy reclamando mi cuerpo, mi territorio, mi vida y mi propia voz. De eso es de lo que quiero hablar en mis corridos.

CP: ¿De qué manera la estructura del corrido —un género históricamente vinculado al ensalzamiento del machismo— se convierte en tu herramienta más potente para subvertir el discurso y dar voz a la denuncia social?

VQ: Nací en uno de los estados con mayor producción de corridos en el país. En los noventa, cuando yo tenía apenas seis años, todavía existían separaciones regionales muy claras: en el centro se escuchaba un género, en la Huasteca otro, y en el norte —desde Nuevo León hasta Tamaulipas y mi natal Coahuila— dominaba el corrido. En la calle no se escuchaba otra cosa; crecí con Los Tigres del Norte, Los Cadetes de Linares y El Piporro. Incluso en la secundaria, lo que más nos ponían a cantar eran temas como Rosita Alvirez.

Ese sonido se me quedó grabado, pero agradezco mucho haber crecido con dos mundos en choque. Por un lado, en casa mis padres me enseñaban que las mujeres teníamos las mismas oportunidades que los hombres y que podíamos atrevernos a ser quienes quisiéramos ser; por el otro, estaba el bombardeo constante de los corridos tradicionales en la calle.

Esos mundos terminaron por juntarse. Un día, mi profesora de composición, Mónica Vélez, me confrontó: “Creo que ya debes aceptar que eres buena para el regional mexicano, para los corridos, las norteñas y el mariachi. Siento que andas queriendo hacer pop y baladas cuando tu fuerza está aquí”. Y tenía razón.

Me di cuenta de que, si las rancheras y las norteñas han sido mi banda sonora por tanto tiempo, escribirlas me resulta natural. Tengo una facilidad innata para trabajar con los octosílabos y los dodecasílabos, para realizar ese ejercicio poético cotidiano que habita en la lírica popular. No es que me sienta “la mera mera”, pero acepté que esa es mi esencia y de ahí me apalanqué para crear lo que hago hoy.

CP: Si bien la etiqueta del regional mexicano es tu punto de partida, el impacto global de Canción sin miedo resignificó tu obra como un fenómeno de conciencia social. ¿Consideras que la profundidad de tus temáticas —centradas en la memoria y la justicia— ha permitido que tu música trascienda las fronteras del género para convertirse en un lenguaje universal de resistencia?

VQ: Dicen que Canción sin miedo es un tema de lucha y resistencia, y lo es; pero también es una canción hecha totalmente desde el amor. Retrata a las mujeres que luchan y a las que se defendieron, pero también a las niñas que, lamentablemente, no pudieron hacerlo. Estoy convencida de que, si no sientes amor, no tienes la fuerza suficiente para salir a las calles.

Pensemos en las madres buscadoras que salen a buscar a sus hijas con sus propios medios: ¿Qué creen que las mueve? No es solo la rabia —que también está ahí—, las mueve el amor. Vivimos en un país que se empeña en transformar el amor en rabia. Por eso, cuando la letra dice: “Nos sembraron miedo, nos crecieron alas”, lo que estamos cosechando es a un montón de mujeres que reclaman a sus hijas, hermanas y amigas. Están reclamando el amor que el Estado no tiene. Y cuando digo amor, me refiero a la empatía.

CP: Más allá de tu consolidación como la voz del corrido feminista, tu obra se ha convertido en un manifiesto que interpela directamente a las instituciones. Al lanzar sentencias tan potentes como ‘que tiemble el Estado’, ¿cómo logras equilibrar la urgencia política del activismo con el rigor y la sutileza que exige la composición artística para que el mensaje no pierda su belleza ni su fuerza?

VQ: Considero que, cuando tienes la oportunidad de crear y de ser escuchada, debes utilizar los medios a tu alcance para hablar de cosas importantes. La vida me dio el talento de la voz y la composición, y creo firmemente en ponerlo al servicio de una causa. Para mí, componer no es solo crear música, sino bajar esa información y transmitirla para erradicar la violencia; ponerla al servicio del amor y de las infancias. Me siguen muchísimas niñas y niños, y quiero decirles que es posible otro México, que es posible la esperanza; porque cuando la esperanza muere, ya no nos queda nada.

A veces me siento así: me pregunto para qué hago tanto si las cosas siguen pasando, y me siento exhausta y desanimada. Si yo me siento así, imagínate a las morras que viven en las periferias, que tienen pocas oportunidades de transporte y tienen que exponerse todo el tiempo. ¿Sienten esperanza? Ojalá que sí, aunque sea un poquito, porque ¡qué dolor! No las culpo si no la sienten en un México que está roto.

Me gustaría seguir haciendo canciones que interpelen a la colectividad y que nos digan: “Oigan, podemos hacer cosas diferentes, podemos escuchar otro tipo de música”. A veces dicen que los artistas no deberían meterse en política, pero todo es político. Las decisiones que tomamos lo son. Yo decidí, de manera política, hacer música de este tipo porque esto me importa, y a todos nos debería importar. Siento que en el momento en que algo te deja de importar, deja de existir. Por eso quiero seguir haciendo música que interpele, música amorosa, música que le diga a las niñas y a los niños que hay otras maneras de comunicarnos y de relacionarnos.

CP: ¿Es ese el amor que “no te mienta” y que “te traiga la ilusión”, como dice tu letra?

VQ: Hablo de merecer amores sanos. En un momento donde las redes sociales parecen haber puesto de moda ‘lo tóxico’, yo digo: ¡No! ¿Por qué no ponemos de moda el amor de verdad en lugar de enaltecer la toxicidad?

CP: El crítico musical Dorian Lynskey señala que la expresión “canción de protesta” puede resultar problemática, pues muchos artistas la perciben como una etiqueta que los encasilla. No obstante, en su libro 33 revoluciones por minuto, Lynskey utiliza el concepto en un sentido más amplio para describir piezas que abordan cuestiones políticas con el fin de respaldar a quienes han sido vulnerados o acompañar a las comunidades en resistencia.

Bajo esta premisa, ¿consideras que tu obra se limita a la categoría de protesta, o la concibes también como una suerte de reportaje social cantado?

VQ: Yo más bien creo que es una suerte de crónica social. Siempre digo que ojalá un día Canción sin miedo deje de cantarse; el día que eso suceda significará que algo cambió, que ya no es necesario que se cante. Mi música es una crónica del contexto que estamos habitando. Recuerdo mucho No nos moverán, de Joan Báez, que fue un emblema el 2 de octubre del 68 y que sigue vigente; entonces me pregunto: ¿qué ha cambiado realmente?

A veces me preguntan si creo que algo ha cambiado desde que salió mi canción hace cinco años. No sé qué ha cambiado en el Estado, pero sí sé qué cambió en nosotras. Sé que cambió en mí: cambió mi manera de ver el mundo y mi sentido de la responsabilidad, que ahora es más fuerte que nunca.

Pero también ha cambiado mi esperanza. Siento que antes era más idílica; decía: 2sí, vamos a cambiarlo todo”. Pero conforme me fui involucrando más y conociendo historias cada vez más dolorosas, me di cuenta de la crudeza de la realidad. A veces me siento exhausta y me pregunto: “¿de dónde voy a sacar más esperanza?”.

CP: ¿Te queda todavía un poco, Vivir? ¿En qué lugar la guardas hoy?

VQ: Todavía tengo… aunque a veces se me va y luego regresa (ríe). Pero justo ahora, mientras hablo contigo, siento que vuelve con mucha fuerza, ¿sabes? Y eso lo agradezco muchísimo.

CP: Esa esperanza que mencionas, que va y viene, sostiene una carga enorme. Has adoptado la responsabilidad de gritar que algo tiene que cambiar y que no podemos seguir normalizando la violencia. ¿Cómo se vive con ese peso diariamente? ¿De qué manera te levantas cada mañana sabiendo que tu voz es, para muchos, el estandarte de esa otra forma de vivir?

VQ: Varía mucho. Hay veces que me levanto y digo: “¡Eh, lo vamos a lograr!”. Le doy de comer a mis gatos, que es lo primero que hago, y siempre pongo música en un disco o una bocina. Pero el día que me levanto y no quiero poner música, ese día me preocupo; me digo a mí misma que no me siento bien. Y eso también es válido. Yo le digo a la gente: es válido que hoy no tengas ánimos de nada, que no te quieras levantar. Hay días en que apenas nos alcanza para asomarnos a la ventana y listo.

Sin embargo, vivimos en un México donde incluso el privilegio de parar no es para todos, y eso me duele mucho. Yo tengo el privilegio de que, si hoy no quiero hacer nada, está bien; no quiero y ya. Pero imagínate a la gente que vive al día, que tiene que viajar tres horas en metro y tomar un camión, o a las infancias que trabajan desde muy pequeñas. A ellos no les puedes decir: “Señora, todo va a estar bien, usted no se preocupe, mañana será un mejor día”. ¡No! Mañana no será un mejor día porque no tiene dinero para darle de comer a sus hijos.

Entonces, ¿de dónde sacas la esperanza? Eso es lo que yo busco, aunque sea un poquito. El otro día presenté el libro en la Ciudad de México y fueron unas chicas de Oaxaca que viajaron muchísimo para estar ahí. Me dijeron: “Lo único que te pudimos traer fue esto”, y me dieron un llavero de la Virgen de Guadalupe. Yo me quebré; les dije que ese era el regalo más grande.

¿Sabes qué me dio más emoción? Que las tres se ganaron el libro en una actividad que hicimos. Me confesaron que estaban juntando dinero para ver si entre las tres podían comprarlo, pero que al menos habían ido a la presentación para estar ahí. Eso… ahí ya hay esperanza, aunque sea poquita. Y de eso es de lo que quiero hablar.

(Vivir hace una pausa mientras se le escapa una lágrima)

CP: En tu libro relatas que escribir Canción sin miedo te tomó nueve horas bajo el sello de la urgencia. Ante un proceso así, ¿cómo describirías tu método creativo? ¿Se trata de una estructura regida por la disciplina formal y el oficio que has perfeccionado en la SACM, o es más bien una catarsis visceral que responde de inmediato al pulso de la noticia?

VQ: Es una conjugación de todo. Aprendí que, si quería dedicarme a esto formalmente, tenía que desarrollar un oficio. Por eso trato de escribir todos los días, aunque sea una frase o una sola palabra.

Decía el maestro Armando Manzanero que “ojalá la inspiración te agarre trabajando”. Porque si te quedas esperando a que el clima sea el ideal y dices: “no, es que está nublado y a mí solo me inspira la nubosidad para componer”, entonces no tienes oficio. El oficio es estar ahí, insistir e insistir.

¿Y sabes qué pasa? Hay veces que empiezo con pesadez, pero en cuanto me pongo a trabajar, me doy cuenta de que es lo que más me gusta en el mundo. Escribo una frase y luego ya no puedo parar; entro en un flow y me digo: “¡Qué emocionante!”. En eso, Armando tenía muchísima razón.

CP: Si bien la violencia y la denuncia social atraviesan gran parte de tu repertorio, en tu obra también emergen la sororidad, el acompañamiento y el amor como formas de resistencia. Más allá de la crudeza del contexto actual, ¿cuáles son los ejes temáticos que más disfrutas explorar y qué otras historias te urge contar desde tu trinchera creativa?

VQ: Me gusta hablar mucho de la naturaleza, de la libertad y, especialmente, de la tristeza, porque la tristeza también nos forma. Nos enseñaron a ocultar lo que sentimos; en la escuela nos enseñaron a sumar, a restar y a sacar raíces cuadradas, pero nadie nos enseñó qué hacer cuando nos sentimos tristes, cuando nos enojamos, o cuando sentimos rabia y miedo.

Cuando no te enseñan a gestionar esas emociones, estas terminan por desembocar en violencia. Por eso sostengo que, en el fondo, la violencia es miedo.

Para mí es fundamental hablar de la tristeza: es necesario mencionarla, transitarla y, sobre todo, aprender qué es lo que nos está intentando enseñar.

Vivir 1

CP: Tu trayectoria ha sido un ascenso vertiginoso: desde tu llegada a la Ciudad de México cargando tus historias del norte, hasta el fenómeno de Canción sin miedo, tu colaboración con Dior y tus recientes giras europeas. Ante audiencias internacionales que habitan contextos tan distintos, ¿cómo logras traducir la urgencia de un México convulso para que sea comprendida y sentida por públicos que no están familiarizados con nuestra realidad sociopolítica?

VQ: Te das cuenta de que México está en todos lados. A nivel mundial, por ejemplo, los corridos son lo más escuchado; en Europa  son famosísimos. México es un país rico y   hermoso que llega a todas partes, pero cuando en mis conciertos cuento que aquí también sucede la violencia, hay un asombro inicial que pronto se convierte en reconocimiento. Muchos dicen: “Ah, aquí también pasa eso, pero lo llamamos de otra forma”.

Hace dos años estuve en Cuba y unas chicas se acercaron porque querían hablar en mi concierto. Me explicaron que allá también hay feminicidios, pero no se les llama así; ni siquiera los quieren nombrar, y ellas sentían la urgencia de hacerlo. Tuvimos un encuentro fuerte con el gobierno y la policía, que no querían que ellas hablaran ni que yo cantara.

Al final, México se conecta con el mundo por su belleza, pero también por su dolor. Llevar a México fuera no es mentirle a la gente. No quiero decirles: “Vengo a traerles solo lo más bonito” y que se queden con el Cucurrucucú paloma, con Lola Beltrán o con Chavela Vargas. Ellas son parte de nosotros, claro, pero esto que yo canto también es México. Mi labor es llevar todos los Méxicos que somos.

Vivir2

La charla termina mientras el rumor de la lluvia de voces de los lectores en Guadalajara parece ceder ante la calidez del stand. Vivir se despide con la misma serenidad con la que llegó, pero dejando en el aire una certeza: su música y su nuevo libro, Sobre-Vivir para la música, no son solo productos culturales, sino herramientas de supervivencia en un país que a veces olvida cómo sentir.

Para Quintana, la lucha no termina en el escenario. Al bajar del pelotón, la Sargenta se convierte en la mujer que apuesta por la ternura radical y por “poner de moda el amor”. No está cansada. Sabe que su día aún no termina: le faltan unas cuantas entrevistas y una presentación. Y le faltan muchos años de canciones que nos recuerden que merecemos amores sanos y un Estado que no tiemble de miedo, sino de justicia. Todavía hay una razón para levantarse cada mañana.

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