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La Sally de Mon Laferte

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La Sally de Mon Laferte

Justo en su icónica marquesina, el Teatro de los Insurgentes no solo anuncia la obra con orgullo, sino que los carteles brillan con la electrizante noticia: ¡Mon Laferte es Sally Bowles en “Cabaret”! Pero, para la última producción mexicana, la experiencia no comienza antes de la función.

TXT:: Carlos Priego

A diferencia de otras puestas en escena inmersivas, como sucede con algunas presentaciones en el Teatro August Wilson en Broadway, Nueva York, aquí no se conduce al público por callejones ni por pasillos y escaleras o salones tenuemente iluminados con ambiente de club. Tampoco hay recepcionistas que ofrezcan tragos a la entrada. ¿Por qué lo harían? La forma en que el espectador llega a su butaca no es parte de la experiencia de la puesta teatral mexicana. Por el camino los acomodadores conducen a los asistentes a través de un espacio íntimo y agobiante, donde las luces bajas y el humo perpetuo crean una atmósfera de secreto y confesión. Eso sí, las mesas y los asientos están dispuestos de manera apretada, fomentando la cercanía y una falsa sensación de camaradería entre extraños.

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Pero el espectáculo viene después. Primero, noventa minutos antes, los asistentes a la función del viernes 18 de julio experimentaron el ambiente de la alfombra roja, el foco de atención previo al gran evento, el escenario efímero donde se construye la primera imagen pública. Ahí, las celebridades y figuras destacadas desfilaron bajo una lluvia incesante de flashes, con los fotógrafos buscando la toma perfecta y los reporteros la declaración exclusiva. Para sumergir a los asistentes en una historia ambientada principalmente en la Alemania de 1930, al borde del desastre económico y espiritual, la producción dispuso de una fotografía de tamaño natural de Mon Laferte sentada en una de las sillas del Kit Kat Club invitando a los asistentes a posar a su lado y sentirse parte del ambiente. El puño de cacahuates de cien pesos que ofrece el teatro en el vestíbulo presumiblemente es un guiño a la hiperinflación de la época.

Toda esta meticulosa reconfiguración del auditorio, que ahora se dispone como un gran club nocturno o un pequeño estadio, me pareció una inmersión brillante y transformadora. (La escenografía de Adrián Martínez Frausto, el vestuario de Jerildy Bosch y el diseño teatral de Regina Morales son, sin duda, de una calidad excepcional). Estos elementos demuestran un dominio técnico y estético notable, elevando la experiencia visual de la obra y, con ello, logrando darle a esta producción de “Cabaret” un perfil distintivo dentro de las que se han visto en México.

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Lejos de desfigurar la esencia de “Cabaret”, esta audaz propuesta realza su espíritu, ofreciendo una visión que es a la vez fiel y refrescante.

Permítanme añadir rápidamente que la traducción y adaptación de Enrique Arce, Mauricio García Lozano y Pablo Chemor, estrenada el año pasado, tiene muchos momentos excelentes y entretenidos. La función del viernes pasado presentó al experimentado actor mexicano Flavio Medina como Emcee, el enigmático y camaleónico maestro de ceremonias del Kit Kat Club, un observador y manipulador que refleja la decadencia y el ascenso de la oscuridad en la Alemania de 1930. Otros provienen de su nuevo elenco chileno, me refiero a la cantante y compositora Mon Laferte (como Sally Bowles, la aspirante a cantante inglesa en el Kit Kat Club de Berlín, una figura vibrante y hedonista) y a Anahí Allué y Luis Miguel Lombana (encarnando de manera sobresaliente a Fräulein Schneider y Herr Schultz dotando a sus personajes de una profundidad y emotividad excepcionales). Otros surgen de la propia puesta en escena que es espectacular en modo aditivo, iluminando la clásica banda sonora de John Kander y Fred Ebb, y el sorprendentemente sólido libreto de Joe Masteroff.

Cada decisión tomada para resucitar el musical contribuye a su brillantez y autenticidad. La interpretación de Mon Laferte dota a la creación de Sally de una profundidad y emotividad particulares.

En su concepción original —tanto en el guion como en las fuentes literarias del musical—, Sally es retratada como una figura de casi inocente alegría y desenfado, más allá de su cuestionable talento. Se le concibe como una vivaz joven inglesa que se mueve por el Berlín de la época, impulsada por el sueño de alcanzar el estrellato. Su número inicial, “Don’t tell mama“, es un vibrante charlestón con una letra que, entre la picardía y el afecto, invita tanto al público del Kit Kat Club como al de la audiencia a volverse cómplices de sus travesuras y su encanto desinhibido. 

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Mon Laferte presenta una Sally con un maquillaje dramático y con un toque de decadencia, por momentos evoca la fragilidad de alguien que ha pasado por una experiencia límite, que baila cargada de pasión con una coreografía expresiva y enérgica, más su versatilidad y potencia vocal que le permiten abordar diversos géneros y expresar una amplia gama de emociones (¡Hola, Charlestón! Parece que mis pies y mis oídos recordaron la década de 1930). Mon suena bien en el primer número y en “Mein herr” confirma que es una cantante con una trayectoria consolidada. En esta producción, la Sally de Mon Laferte se degusta con una intensidad que desenmascara y redime su alma, revelando su tormento no para ocultarlo, sino para transformarlo en una catarsis brillante y adictiva.

El objetivo de Sally, y de “Cabaret” en general, es dramatizar el peligro de desconectarse de la realidad, y Mon Laferte, con su interpretación, logra alejarse del fetiche y capturar y proyectar esta advertencia de manera contundente.

El atrevimiento en la interpretación de Emcee, lejos de distorsionarlo, refuerza y enriquece su naturaleza alegórica, un aspecto que, por concepción, siempre fue central al personaje. El maestro de ceremonias del Kit Kat Club es una figura andrógina y enigmática que, a través de sus números musicales y comentarios, refleja de forma alegórica la creciente oscuridad política y social en el Berlín de 1930, Se transforma en lo que sea necesario para sobrevivir. Aquí comienza como una especie de marioneta hipando mientras dice “Willkommen“. Más tarde, se encarna en un personaje espeluznante y un nazi lustroso.

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Considerando la dirección de Mauricio García Lozano en la puesta en escena mexicana, se percibe que la producción encuentra su mayor solidez en las escenas de “libro”, aquellas que se desarrollan en el Berlín real, distanciándose del carácter metafórico del Kit Kat Club. La obra destaca extraordinariamente cuando se enfoca en la representación de la realidad y del comportamiento, permitiendo que la notable escenografía de Adrián Martínez Frausto y la excelente iluminación a cargo de Regina Morales sugieran el resto de la atmósfera.

Y la representación de la realidad y del comportamiento es lo que encuentra el espectador en la pensión dirigida por Fräulein Schneider (Anahí Allué), una mujer que ha aprendido a mantener un perfil bajo para mantenerse a salvo. Sus inquilinos incluyen a un frutero judío, Herr Schultz (Luis Miguel Lombana); una prostituta, Fräulein Kost (Gicela Sehedi); y Clifford Bradshaw (Julián Segura), un escritor estadounidense que llegó a Berlín en busca de inspiración. Pronto aparece Sally para proporcionársela, tras haber convencido a Cliff para que entrara en su vida y en su cama, a pesar de ser poco más que una desconocida.

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La interacción entre la representación de la realidad y su distorsión para evocar emociones, estados de ánimo o ideas subjetivas da lugar a momentos extraños: Herr Schultz, elegante con abrigo, debe interactuar con Fräulein Kost en ropa interior. Pero la mezcla de estilos también resalta las imágenes más inquietantes de la producción. La intrusión de la amenaza nazi en la historia está especialmente bien manejada: primero una versión magníficamente cantada y, por lo tanto, escalofriante de “Tomorrow Belongs to Me“, luego… —si prefieres la sorpresa total, quizás quieras saltarte esto. Pero para los curiosos, la forma en que se presenta la esvásticaes de esas que te clavan en el asiento—.

Que la obra conserve tantos momentos impactantes al apegarse fielmente al material original no debería causar sorpresa. “Cabaret” ha perdurado por una razón. Fue concebida al final de la era dorada de Broadway, beneficiándose así de la meticulosa tradición artesanal que la precedió, mientras que también anticipó la posterior era de las puestas en escena conceptuales.

Las letras de las canciones de “Cabaret”, escritas por Fred Ebb (con música de John Kander), son un elemento crucial que eleva el musical de una simple historia a una poderosa herramienta de comentario social y político. No son meros interludios musicales; están intrínsecamente ligadas a la narrativa y a los temas oscuros de la obra.

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Cuando este “Cabaret” mexicano sigue ese modelo, logra mucho más que solo la energía de un diseño chic y el baile suelto (¡la coreografía de Julia Cheng es de aplaudir!). Nos seduce y luego nos repele, justo en ese orden. Así, dramatiza por qué nos lanzamos de cabeza a estos lugares, sea el Kit Kat Club en Berlín o cualquier teatro aquí. La obra es una advertencia escalofriante sobre cómo la sociedad puede, de manera gradual, normalizar y ceder ante el extremismo. Ambientada en la Alemania de 1930, justo antes de que el nazismo tomara el poder, muestra cómo la gente se distrae con el entretenimiento y la vida nocturna (el Kit Kat Club) mientras las señales de una amenaza creciente son cada vez más evidentes. Esto es muy relevante hoy, cuando vemos el resurgimiento de ideologías polarizantes, la desinformación y la complacencia ante discursos de odio en muchas partes del mundo. “Cabaret” nos obliga a preguntar: ¿estamos prestando atención a las señales? ¿Qué papel jugamos con nuestra propia inacción o distracción? A nuestro propio riesgo podríamos esperar olvidar que, afuera, “la vida es decepcionante”, como bien nos advierte el Maestro de Ceremonias. En el fondo, lo que buscamos es dejar de ver la porquería que nos rodea. Sin embargo, la disyuntiva es clara: o enfrentamos lo que sucede a nuestro alrededor, o nos sumergimos en el escapismo a riesgo de perderlo todo.

Staff

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