#EnMisTiempos por Arturo J Flores

Lastima hasta la médula. Corta como un hacha. Se te hunde en la boca del estómago hasta destrozarte las entrañas. Te convierte en una persona rota. Una que arrastra los pies, tiene la mirada perdida y un hilillo de baba escurriéndole por la boca. Cuando la gente te ve reducido a un muñeco vudú, piensa: “ha sido culpa de la música”.

No siempre había sido así. Uno podría ahorrarse la mitad de sus problemas si nunca escuchara música. Pero es imposible. Desde la primera vez que te entra por los oídos, se convierte en una inseparable compañera. La que intensifica tus ratos de alegría, te ayuda a sobrellevar el aburrimiento y hasta te salva un minuto antes de saltar al abismo. En su misteriosa contradicción, la música se ajusta a esos dos papeles. Es la que tabla a la que se ase con todas sus fuerzas la víctima del naufragio, pero también la bestia marina que lo jala hasta las profundidades del océano.

No me refiero a quienes han tergiversado el sentido de una canción. Al deschavetado Chris Watts, un ciudadano norteamericano que en agosto asesinó a su esposa embarazada y dos de sus hijas, y que después de ocultar los cuerpos buscó en Google la letra de Battery, de Metallica.

Escorias como esas no merecen la música

Cuando digo que la música duele hablo de quienes acudimos voluntariosos a practicarnos el harakiri con una canción. Hablo de mi amiga C, que después de sufrir una agria decepción amorosa, me cuenta que no soporta escuchar “su canción”. La que fue suya y de él. Driven like the snow, de Sisters of Mercy. Sobre aquella frase asesina que entonces le acariciaba la oreja y ahora se percibe como el aliento del demonio que sopla directamente un mantra en su cuello: “Fuck me and marry me young”.

Hay música que lastima. No todo. Sólo aquella que se transforma en un arma. Una pistola que se dispara siempre por la culata. Un recordatorio inclemente del sufrimiento. Le pasa a mi amigo A con una de Él mató a un policía motorizado. Después de relacionar el verso “Perdón si estoy de nuevo acá/ Pensé que habías preguntado por mí”, con la tragedia griega por la que atravesaba a nivel personal, tuvo que encerrarse en el baño de la oficina a llorar.

Hasta la fecha es incapaz de escucharla sin que las piernas se le quiebren

Duele

Es posible que haya quien me tire de a loco. Alguien a quien nunca le haya dolido la música. Existen quienes jamás en su vida se rompen un hueso, se les pica una muela o les quitan el apéndice. Mi más sentida envidia.

¿Existen vacunas contra la música? La sordera, se me ocurre

La vida te hace más sabio, pero también más temeroso. Igual que el perro educado a palos que apenas ve que alguien coge la escoba, corre a ponerse a salvo. Un día te descubres aguardando a que revelen el cartel de un festival, el Ceremonia digamos, con el Little Jesus en la boca. Rezándole a tus santos paganos para que no se pronuncie el nombre más temido. Para que el line up no sea como la lista de condenados a muerte y no seas tú el siguiente en subir al cadalso para ponerse la soga. Porque si en el Festival está el solista, la agrupación, el DJ o lo que sea la música que te duele, sabes que estarás ahí. Escuchándola en vivo. Flagelándote. Permitiendo que una canción, igual que una gárgola, te saque las tripas en vida como le pasó a Prometeo.

La música duele

Pero te tengo buenas noticias

No mata