Las calles aledañas al World Trade Center de la Ciudad de México hicieron honor a la fecha en el calendario. En las cercanías de la colonia Nápoles, la nostalgia por los años de universidad, los primeros amores y los viajes en coche con CDs grabados iluminaron la noche. Fieles a esa filosofía Lagom —ni más ni menos, lo justo— que tan bien predica el quinteto, en el interior del recinto no hubo rastro de pirotecnia ni explosiones de confeti. Todo apostó por la naturalidad, la calma y la cercanía.
TXT: Carlos Priego
Sobre el escenario no hubo pantallas gigantescas ni tramoyas apabullantes; solo músicos con sus instrumentos frente a una cascada de luz roja. Si hubo celulares y tabletas merodeando, fueron los únicos rastros de que no estábamos, después de todo, en un concierto de antaño. Todo se concentró simple y llanamente en la filigrana melancólica del guitarrista Oskar Humlebo y y en la letra —tal vez más en la letra que en la voz de Nina Persson— en cómo decir las cosas: un ejercicio para explicar el abismo sin adornos.

Para el concierto en el Pepsi Center, la banda logró una convocatoria nutrida, de lealtad absoluta. Una audiencia de madurez militante, donde una estética pulcra y las gafas de pasta delataban a una generación que hace tiempo cambió el moshpit por la apreciación silenciosa. Con una espera apenas testimonial, a las 9:15 exactas, el recinto se llenó con un trino de aves grabadas; un paisaje sonoro que transportó de golpe a los asistentes a la serenidad de un bosque sueco. Los músicos ocuparon sus puestos en penumbra y, sin mediar saludo ni sonrisa, el escenario aguardó hasta que Nina Persson emergió para romper el silencio con Your New Cuckoo. Curioso comienzo con una canción que inicia con una observación tan gélida como reveladora: “Te vi allí, me detuve y me quedé mirando”. Fue la elección ideal para un calentamiento vocal que permitió asentar su voz, jugando con ese tono sutil y aterciopelado, mientras problematizaba la facilidad con la que se reciclan las promesas de amor. Al final, el amor entre los fans y The Cardigans nunca se detuvo.

Nina apareció envuelta en un minimalismo nocturno impecable —shorts de lentejuelas y una chaqueta estructurada—, aunque sobre el escenario estuvo contenida, como si su elegancia fuera una armadura que no terminaba de resultarle cómoda. Enarbolando su historia con dignidad, exhibió una voz de textura velada que esquivó el brillo de los agudos para refugiarse en un registro más terroso y honesto. Demostró que su magnetismo ya no reside en la precisión técnica, sino en esa vulnerabilidad decantada que invitó a sus fans a una suerte de amparo colectivo y cómplice.
Por espacio de poco más de 90 minutos, la puesta en escena se mantuvo fiel a esa penumbra elegante. Cabalgaron sobre un pop barroco sombrío, una faceta que parecen abrazar con fuerza en esta etapa de su carrera, acercándose tanto al post-punk incisivo de I Need Some Fine Wine… como al folk telúrico. El momento de mayor vulnerabilidad llegó con su versión de Gracias a la vida; interpretada entre el sueco y un español que, aunque pronunciado con esfuerzo, resultó conmovedor. Piezas clave como You’re the Storm, Sick & Tired y Carnival constituyeron el núcleo gravitacional, recordándonos por qué su discografía sigue siendo un refugio necesario. La verdadera esencia de la noche se reveló en los gestos: cuando Nina se arrodilló para interpretar And Then You Kissed Me, o en aquel instante, al desvanecerse los últimos acordes de Sick & Tired, Nina se acercó al micrófono con una sonrisa genuina que rompió la penumbra.

—Hola —dijo, recorriendo el recinto con la mirada—. Tan hermosos como siempre. Es increíble verlos aquí de nuevo.
La ovación fue inmediata. Pero justo cuando los primeros compases de Step on Me comenzaban a sonar, un objeto voló desde las primeras filas y aterrizó a sus pies. Nina se detuvo, recogió la prenda con curiosidad y la extendió frente a ella.
—¿Ropa interior? —preguntó con una chispa de picardía—. Hmm… ¡gracias!
No era lencería, sino una camiseta negra con su propio rostro impreso en alto contraste. Fueron los momentos en que la artista se dejó abrazar por su propio mito, aceptando que su historia, con todas sus marcas, es también la nuestra.

Oskar Humlebo aportó una textura etérea y una versatilidad multiinstrumentista fundamental. Su capacidad para transitar de la sutileza a la distorsión cruda demuestra una técnica orgánica; más que un simple relevo de Peter Svensson, Oskar actúa como un catalizador que permite a la banda sonar contemporánea sin perder su esencia.
Entre canciones como Communication y Erase/Rewind, el grupo incluyó joyas tempranas como Daddy’s Car y Step on Me, interpretadas de forma imperfecta, cruda y hasta experimental. Nina rompió la cuarta pared constantemente: desde el susurro de un: “Shhh… es misterioso”, antes de comenzar Travelling With Charley, hasta la naturalidad de sonarse la nariz frente al público, ganándose un “¡Nina, Nina, Nina!” coreado por todo el recinto. La noche tomó un matiz peculiar cuando los acordes de Lovefool iniciaron con un arreglo de jazz tan inofensivo que bien podría haber servido de fondo en un Starbucks. Sin embargo, la banda sacudió esa aura de cafetería: tras un contundente y liberador “¡Al carajo con esto!” por parte de la cantante, la canción rompió finalmente hacia la potencia de su versión de estudio, desatando la euforia colectiva.

Durante For What It’s Worth, Nina regaló unos breves solos de armónica, mientras que en I Need Some Fine Wine and You, You Need to Be Nicer tomó el cencerro para marcar el ritmo del tema. En ese momento de la noche, la interprete compartió su humanidad comentando entre risas que la altitud de la CDMX la dejaba sin aliento. Incluso el momento del encore fue una fiesta de camaradería; aunque fue el baterista Bengt Lagerberg quien bromeó al micrófono diciendo que el bajista Magnus Sveningsson “no tenía permiso” de estar ahí, el ambiente juguetón y los constantes agradecimientos de la banda dejaron claro que estaban ahí para vivir la noche con su público, no solo frente a él.

Fue un concierto tranquilo y contemplativo de veinte temas que, como ya se esperaba, incluyó sus grandes éxitos. No faltaron los himnos del emblemático “Gran Turismo”, con con versiones solventes de Erase/Rewind y My Favourite Game; el público los esperaba con ansias y The Cardigans no le negaron nada a nadie.
Se cerró la noche. La calle Dakota olió a cigarro y cerveza, a grasa de hot dogs y caldo de esquites; a comida callejera, sobre todo. Resonaron las voces de hombres que ofrecían servicios de taxis y los gritos estallan por todas partes:
—¡Escójale, escójale, la playera del concierto! ¡Escójale, que no se la ganen!
Pregona un muchacho de voz cansada mientras estira una camiseta de algodón en negro profundo con una fotografía del quinteto sueco en alto contraste. A su lado, otro ofrece frazadas para el frío. Uno más allá sentencia:
—¡Sí hay, sí hay! ¡Aquí está lo oficial… de lo no oficial!

Gritan y regritan mientras la calle Dakota devolvió a los asistentes a la realidad de una ciudad que no sabe de silencios. Sin embargo, algo en el aire se sintió distinto. Las luces del World Trade Center ya no eran faros de una modernidad estéril, sino el reflejo de esa “filigrana melancólica” que acaban de atestiguar. Salieron con la certeza de que la madurez no es otra cosa que aprender a escuchar el abismo sin necesidad de adornos; aceptando que, a veces, el mejor viaje en coche es aquel que se hace hacia adentro, donde las canciones de The Cardigans siguen girando como un CD grabado que se niega a rayarse. O como diría Nina y compañía: “For once, there’s nothing in the way”.







