TXT: Toño Quintanar

Finalmente, se llevó a cabo la edición número 89 de los Premios Oscar y, para fortuna de los televidentes, las sorpresas no se hicieron esperar.

Mientras muchos auguraban un éxito masivo por parte de la gran favorita, La La Land; la verdad es que la ceremonia se desenvolvió en medio de un aire sumamente diverso en el que una buena cantidad de cintas pudieron hacerse de alguna que otra estatuilla.

Tal es el caso de un Casey Affleck quien logró superar a Ryan Gosling; así como de la victoria definitiva de Moonlght; cinta la cual, tras un momento bastante chusco, fue galardonada con el premio a mejor cinta.

Mención aparte merece la victoria de Damien Chazelle como mejor director; mismo asunto que reitera ese perfeccionismo que se había visto anunciado prematuramente hace dos años con las nominaciones obtenidas por Whiplash.

Chazelle es, ni más ni menos, que el director más joven en ser reconocido con la estatuilla de mejor realizador; situación que parece remarcar el surgimiento de una nueva voz generacional la cual, seguramente, nos dará gratas sorpresas en el futuro.

No cabe duda de que el aspecto más controversial de la noche fue esa deliberada batalla que se gestó entre La La Land y Moonlight; contienda la cual deja al descubierto la polarización que persiste actualmente en la meca más prolífica del cine occidental.

Mientras que la primera apoya gran parte de su discurso en un despliegue formal de esteticismos de grandilocuente manufactura; la segunda propone una introspección sumamente personal acerca de los conflictos existenciales que definen a nuestra especie.

Mismo asunto que, de forma un tanto arcaica, podríamos definir como una confrontación entre lo esplendoroso y lo marginal; la América blanca y ensoñadora contraponiéndose con un contexto que destaca por su mordaz naturaleza.

Sin embargo, no podemos negar que los miembros de la Academia tuvieron un gran acierto al condecorar a ambos trabajos con aquellas preceas de las cuales eran verdaderos merecedores.

Por un lado, nos encontramos con que el increíble despliegue estético de La La Land (su verdadero punto fuerte) fue reconocido con premios entre los que destacan el de mejor fotografía (Linus Sandgren se ha ganado un lugar de honor en la historia a causa de su revolucionario juego de tomas), mejor banda sonora, mejor canción original y mejor diseño de producción.

Al mismo tiempo, Moonlight fue reconocida con galardones que tienen que ver más con los aspectos diegéticos del discurso fílmico (mejor guión adaptado); mismo aspecto en el que, definitivamente, es superior a La La Land.

La victoria definitiva de la cinta dirigida por Barry Jenkins se debe al hecho de que, como unidad, podría considerarse superior a La La Land.

Es cierto, la cinta de Chazelle nos ofrece todo un abanico de emotividades vívidamente coloreadas las cuales inflaman sin recato la imaginación del espectador; pero no podemos olvidar que éste es un asunto consustancial al género musical.

Moonlight, al brindarnos un discurso tremendista, se ve forzado a ensamblar un aparato audiovisual el cual resulta mucho más sobrio pero igualmente válido.

Después de todo, su fotografía, aunque un tanto más “discreta”, ostenta una belleza consustancial que no le pide nada a La La Land. Mismo asunto al que se suma una feroz plasticidad narrativa de la cual la cinta protagonizada por Ryan Gosling y Emma Stone carece.

Un aspecto en el que, de forma inevitable, intervienen cuestiones filosóficas que encuentran mayor relevancia en esa profunda emotividad con la que Moonlight consigue retratar la vulnerable condición que rige a nuestra especie. Mismo prodigio frente al cual la trama de La La Land se antoja francamente banal.

Podemos decir que, mientras La La Land trató de ganar por knock-out, Moonlight hizo lo propio por “decisión”.

Sólo esperemos que, en las deliberaciones de la Academia, no hayan intervenido juicios de carácter moralista; ya que, a estas alturas, sería algo ridículo tratar de encubrir las tensiones raciales que han aflorado recientemente en América a través de algo tan superfluo como darle el Oscar a una cinta protagonizada por una minoría étnica.[m]