Se dice que todo arte es hijo de su momento -aunque existen algunos visionarios-, pero en esta ocasión una novela mexicana plasma de manera demoledora el sino de los tiempos y esa aguda sensación de extravío y vacío que ha impuesto la sociedad globalizada a través de las redes sociales y que nos conduce a una estandarización flagrante. ¿A dónde hemos llegado?, a: “Indignarse todos al mismo tiempo. Que a todos le dé risa lo mismo. Emocionarse ante la expectativa de un mismo filme. Tener hambre todos al mismo tiempo. La hora de la comida. La hora de tener miedo a dios. La hora de sentir nostalgia por la infancia. La hora de excitarse viendo japonesas en traje de marinero untarse cátsup en las tetas. El teatro del mundo…”.

Curiosamente llegué a esta novela, editada por Random House, a través del interés que provocan los post que con mucha intuición realiza el autor a través de Facebook (memes incluidos), que se completó al enterarme que uno de sus protagonistas es un reguetonero mexicano de fama mundial; se trata de una de las primeras obra que llevan a la literatura a esta expresión de la cultura popular tan exitosa como polémica y cuyo valor estético es ciertamente cuestionable (lo que le da todavía más valor al ejercicio narrativo).

Gabriel Rodríguez Liceaga ha confeccionado una novela que más bien refleja lo absurdo, desproporcionado y delirante que resulta el medio de la publicidad. Luis Pastrana -el verdadero protagonista- es un creativo en la agencia que lleva la cuenta de Pepsi y todavía no se repone de la súbita desaparición de su pareja unos años atrás. En esa incursión a las entrañas del mundo del marketing algo nos recuerda al Frédéric Beigbeder de 13.99 Euros.

Pero acá hay una novela absolutamente chilanga que va de Santa Fe a Coapa y de la Roma a Tacuba. En ella su protagonista deja que en claro que treinta y pocos años bastan actualmente para tener una biografía marcada por la devastación y el extravío. Lo que hay es sexo ocasional, drogas y borracheras, anhelos artísticos incumplidos y una exigencia laboral atosigante. Es así como se presenta una de sus sentencias: “Todas las relaciones humanas llevan implícita su autodestrucción. Hay que preveer ese quiebre para evitar dolores y maquillajes innecesarios”.

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Actualmente, basta una seguidilla de clicks y likes en las redes sociales para que todo se descontrole; lo que parece una campaña maravillosa para llevar al reguetonero Biuti Full a tocar gratis a la ciudad que el público decida, debido a una concatenación de desplantes y corajes, termina por hacer ganadora a la población de Kodiak en Alaska -que además es un isla-, ¡Vaya despropósito!

Pastrana será arrastrado por la vorágine de trasladar el concierto hasta aquellas tierras, lidiar con un jefe que lo deja a su aire, mientras recibe la puntilla existencial al recibir un mensaje de su ex pareja, donde le cuenta que lo dejó porque estaba embarazada y ella quería que cumpliera su sueño de hacerse escritor. Llanamente le dice que el niño cumplió 3 años, se llamó Lucas y ahora está muerto.
Rodríguez Liceaga, ya con bastante rodaje literario a cuestas, concibió una novela de estructura sólida y con todos los elementos bien diseminados en función de plasmar ese enorme zumbido que se instala en la cabeza del publicista y le lleva a ir de un lado a otro en busca de compañía y algo de sexo como banda sonora de la película de un momento desesperado de su vida. Ni siquiera el viaje a Alaska perfila solución alguna: “Los viajes ofrecen la oportunidad de reinventarte desde cero, pero jamás puedes huir de ti mismo”.

Es tristísimo saber que a los perros que buscan personas después de un sismo se les engaña colocando a una persona sana a su alcance para que puedan encontrarla; de ahí La felicidad de los perros del terremoto, todos somos como esos canes estafados para que sigan con su tarea.

Esta novela no carece de sentido del humor (como el hecho de que los publicistas ignoran que en el polo norte no hay pingüinos y por ello deciden llevar unos robots), pero a la postre resulta amarga y fatalista, y ello lo enfatizan otros personajes: una mentirosa compulsiva hija de una actriz de telenovelas, un tipo que busca celebridad torturando animales, hasta llegar al propio reguetonero en plena crisis y harto de sí mismo y de su profesión, al grado de soltar el siguiente discurso:

“El reguetón no es un género. Es una modita, un híbrido, acaso otro magnicidio cultural. Más que un apretón de manos entre el reggae, el hip hop y el rap, es el resultado de tres orinas distintas nadando espumosas en el mismo meadero. El reguetón carece de lógica, de orígenes claros y honestos, de disposición musical. Pobre ritmo sincopado y manipulado electrónicamente para que le resulte pegajoso a las masas. Cualquier ticket de compra de la lavandería es más interesante estructuralmente hablando. Es, básicamente, declamar babosadas cachondas y ponerles encima un ritmito redundante y pegajoso que provoque devaneos masivos, roces multitudinarios y combinaciones inéditas de gente besuqueándose en zonas conurbadas…”.

No hay títere que quedé con cabeza en una novela inclemente aún en el ambiente delirante que presenta. Nadie sale indemne y queda demostrado que lo que hacemos es ir acumulando golpes existenciales. Ya lo dice una canción muy vieja de Antonio Machín: “Porque la vida es la escuela del dolor/ donde se aprende a sufrir y a soportar/ las penas de una cruel desilusión”. Eso diría la música popular, pero lo cierto es que el gran escritor Antonio Ortuño tira de su habitual precisión para decir: “Chesterton postulaba que un novelista debe tener voz propia, agudeza, humor y compasión. Gabriel Rodríguez Liceaga acopia, en esta novela, un arsenal de todo ello”.