Su nombre real es Sophie Fustec y por sus venas trota sangre francesa y venezolana. Trae entre garras su más reciente plato, La loba, y se asume como una suerte de curandera que con sonidos hebra matas de sentimientos que, al barrer cuerpos entre lenguas de humo, sanación generan. Tras encontrarse con la muerte de forma terriblemente cercana, la artista ahonda sobre estados de consciencia, vida y chamanismo para Marvin.

TXT::Alejandro González Castillo

Tres palabras concentran lo que significa La loba: violencia, intensidad y muerte (subrayando la última). La condición humana, Sophie, ni más ni menos.

Sí, la muerte. Estamos hablando de algo que condiciona nuestra vida. Un tema, en realidad, tabú. Me he enfrentado con mucha cerrazón al respecto ahora que atravieso esa experiencia, la de la muerte. Vivo la tristeza de haber perdido a alguien que amo con toda mi alma, mi hermano; mi gemelo. Estoy en medio de algo sumamente violento que me conecta con emociones muy crudas. He entendido mucho de la vida y del amor últimamente. Perdí la mitad de mi ser. Se fue a otro lado y sigo sin saber adónde. Pero siento un cambio de dimensión: no fue el final de nada, sino la entrada a una nueva era. Me faltan elementos aún, respuestas. Sigo buscando.

Es curioso cómo funciona el acto creador. La vida nos depara cosas que no esperamos; mírate ahora, con la muerte como fuente de inspiración, por ejemplo.

Él falleció en julio y para agosto yo ya estaba planeando La loba, un disco hecho sólo con piano. Quería volver a la esencia de las cosas. No traté de esconderme en capas de arreglos instrumentales, sino enfocarme en lo que resonaba conmigo. Tenía ganas de volver al piano, al gran amor de mi vida. Un instrumento armónico, melódico y rítmico; una orquesta en sí mismo. Al limitarme, me sentí libre. Y este terreno me ayudó a compartir lo que sentía. No había otro camino. No podía quedarme quieta, sin transformar mis sentimientos. Mi deber era seguir, entender lo que la vida me estaba dando. A través de la música se generan emociones, conversaciones con quienes están pasando por algo similar. Y La loba es un testimonio de mi experiencia de vida.

Con qué sustancia se marida este disco y, de paso, cuenta, de qué trata “Drink”.

Yo diría que La loba se marida con mezcal. Porque éste tiene, para mí, algo de sagrado. La mata del agave es desértica, intimista. El mezcal es fuego, prende chispas, llamas que conectan con ciertos estados. “Drink” es un tema que retomo de mi primer álbum, una canción muy bailable, de celebración; un canto a la muerte de tambores, tabaco y ron. Para dejarse llevar, bailar y beber.

Entiendo que concuerdas la obra de Clarissa Pinkola, ¿qué postura sostienes ante el feminismo?

Yo creo que hoy en día ser feminista significa ser humanista. Estoy harta de escuchar historias horribles de tortura. Llevamos siglos con lo mismo. Pero y entramos en una nueva era; un despertar concreto, a nivel físico, que muchas mujeres han sentido. Soy feminista, obviamente, porque soy humanista, porque busco el bien y confío en el poder que podemos alcanzar unidas; decir que las mujeres no nos llevamos bien, que somos celosas, son puras mentiras que se repiten con tal de dividirnos. Unir energías nos hace poderosas. Pero cuidado, tenemos que unirnos con los hombres; éste no es un combate, sino una lucha con y para las mujeres.

Algunos se refieren a ti como una chamana, y pienso en Carlos Castaneda al decirlo.

He leído sobre chamanismo porque crecí llena de magia y rituales. Tengo una herencia indígena, santera, y lo que practico es una mezcla de todo ello, pues poseo una manera especial de hacer magia. Y me gusta mucho lo escrito por Castaneda. El chamán es un curandero, alguien que sana con las manos, las plantas y la mente, pero que posee un nivel consciencia muy desarrollado. La música cura, sana. Cuando la haces, alcanzas grados de trance que te permiten captar señales que no se sienten cotidianamente. Adquieres otra sensibilidad. La música, sí, es una forma de chamanismo, si acudes a los sonidos adecuados.