En Oaxaca, donde las calles parecen respirar historia y el aire huele a mezcal y resistencia, apareció La Bande-Son Imaginarie, una especie de laboratorio sonoro donde la música se convierte en cine y las canciones funcionan como fotogramas cargados de emoción. Su propuesta es incómoda para las etiquetas y seductora para quien busque algo distinto. En esta conversación, la banda abre la puerta a su universo actual y revela cómo ha sido internacionalizarse desde un rincón donde casi todo parece ir en contra. La magia de La Bande-Son Imaginarie: no busca complacer sino construir universos paralelos donde el oyente pueda perderse y encontrarse al mismo tiempo, donde la independencia no sea pose sino una manera de sobrevivir. A continuación una entrevista con quienes están por presentarse en el Teatro Metropolitan el próximo 5 de septiembre.
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¿Cómo ha influido la respuesta del público internacional en su visión para los próximos proyectos de la banda, especialmente al llevar elementos mexicanos a escenarios globales?
Una de las ventajas de tocar fuera es que, por ejemplo, en Europa tres fechas eran nuestras y dos eran de festivales. Normalmente en un festival no todo el público te va a ver; es gente expectante, ¿estos mexicanos qué diablos van a hacer? Eso ya representa un reto, porque te saca de la comodidad de tocar frente a tu público habitual. Hay lugares menos expresivos, por ejemplo, cuando fuimos a Rotterdam la gente estaba muy tranquila, nosotros estamos acostumbrados a públicos eufóricos. Recuerdo que al bajar del escenario los organizadores nos dijeron, los pusieron como locos; y nosotros pensamos, ¿eso era estar locos? Ahí está el reto: enfrentarse a un público que parece una piedra y encontrar la forma de penetrarle.
Vivimos entre guerras, crisis climática, migraciones y un ruido digital que no deja respirar. ¿Qué papel creen que tiene una banda como La Bande-Son Imaginarie en este contexto global? ¿Es posible que la música sea un refugio o ya debe ser usada como un arma?
Ni como refugio ni como arma. La música es una herramienta para decir, esto es lo real, esto es lo que existe. Ahora estamos en un mundo donde la inteligencia artificial hace música y desplaza a artistas. Lo que nos queda es lo vivo; el show en directo, lo tangible, lo que puedes ver y tocar. Eso es lo que permanecerá. Puedo ir a un concierto y ver a una banda dar un show; eso no lo podrás vivir con una banda de IA, a menos que pongan a músicos a interpretarla.
La inteligencia artificial está reconfigurando el arte: voces clonadas, discos creados por algoritmos, canciones sin alma pero con millones de reproducciones. ¿Dónde se plantan ustedes frente a esa disyuntiva entre lo humano y lo sintético?
Desde el principio jugamos con esa fuga entre lo humano y lo sintético. Al decidir hacer música electrónica con violín y teatralidad, ya estábamos mezclando lo orgánico con lo inorgánico. El problema es que hoy lo inorgánico se ha vuelto tendencia, y el público lo está comprando. Se consume lo inorgánico porque genera más utilidades. Y sí, el panorama a futuro es oscuro.
La juventud mundial parece atrapada entre la apatía y la rabia. Protestas en las calles, depresión en las habitaciones, redes sociales llenas de máscaras. ¿Cómo dialoga su música con esa generación que ya no cree en nada, pero que tampoco quiere quedarse en silencio?
No hay que generalizar. No toda una generación es igual. Hay jóvenes que siguen buscando cosas nuevas. Un reflejo es TikTok, la mayoría está ahí metida, pero también hay quienes ya se hartaron de ver lo mismo y buscan alternativas, otras plataformas, nuevas propuestas. Y quienes buscan siempre encuentran. Claro, también hay quienes se quedan atrapados en lo mismo, y ese vacío se hereda de una generación a otra. Pero al final todo es cuestión de resistencia. Nuestro objetivo es mover la música a varias generaciones, no quedarnos en una sola. ¿Cómo hacerlo? Con propuestas diferentes, llamativas, innovadoras, que no aburran. Con melodías cambiantes, con videos, con diálogos visuales, musicales y teatrales. Con un discurso también desde lo escénico.
Oaxaca siempre ha sido un punto neurálgico de arte, protesta y turismo. En medio de todo eso, ¿cómo ha cambiado la relación de la banda con su propia ciudad? ¿Sienten que los empuja, los limita o los obliga a reinventarse?
Creo que crecimos en un Oaxaca que ya no existe. Hace algunos años estaba el Cine Club El Pochote, donde ibas a ver cine de autor; había teatro en la calle, un festival de danza, manifestaciones artísticas tanto gubernamentales como independientes por todos lados. Ya no hay ese bullir. Un centro habitado por población local, en el que confluían europeos y oaxaqueños de todas las lenguas: zapotecos, mixtecos, mijes, cuicatecos, chocholtecos. Apabullante. Hubo un boom del jazz hace algunos años. Vino Goran Petrovic a tocar gratis a la Plaza de la Danza, llegaron bandas balcánicas.
De repente ese Oaxaca desapareció. Ahora es el Oaxaca del turismo absoluto, donde la gente ya no vive en el centro; los oaxaqueños ya no viven en el centro. Todo son mezcalerías o bares donde ponen solamente reguetón. El arte está relegado a las periferias. Y los grupos que alcanzan a venir son mainstream, de otra categoría. Lidiar con ese Oaxaca es sentirse desplazado de lo que era. Es como decir: este ya no es nuestro Oaxaca. Hay que decirlo así, y todos tenemos esa impresión. Por lo menos, con mucha gente con la que he hablado. Nosotros, como producto de la Belle Époque oaxaqueña, por decirlo de algún modo, somos un eco de lo que fue.
Hay artistas que con un disco sienten que suben a un escenario más grande, y otros que sienten que apenas abren una grieta para respirar. ¿En qué punto está La Bande-Son Imaginarie con el show del Teatro Metropolitan que se avecina? ¿Están en la expansión, en la búsqueda o en la demolición de todo lo anterior?
Yo digo que estamos en el proceso de seguir creciendo. Nunca vamos a decir que éste es el límite, tampoco que es el inicio que ya fue hace 10 u 11 años. Decir si ya llegamos o si estamos a medio camino, eso no lo sabemos. Queremos seguir creciendo, creando, porque es lo que nos gusta hacer: estar creando cosas nuevas, que más personas nos conozcan, que esto sea aún mayor. Eso vamos a tener que trabajarlo constantemente hasta llegar a un punto en el que no sabemos qué vaya a pasar. A lo mejor llenamos un Estadio GNP Seguros, no lo sabemos. A lo mejor crecemos menos. Pero lo que sí sabemos es que lo hacemos con el corazón, con el alma, y que cada show lo vamos a presentar más grande, el doble, el triple. Siempre lo haremos con todo el gusto del mundo, entregando todo nuestro amor en cada presentación.
¿Cuál ha sido el golpe más duro que han recibido y qué aprendieron de él? ¿Sigue faltando el apoyo para los artistas?
La primera vez que fui a Francia me sorprendió que, en los cines comerciales, la cartelera principal fuera cine francés, y que todo el cine hollywoodense estuviera en una cartelera más pequeña. Pensé, caray, aquí aprecian su cine, tienen orgullo por su cine, lo ponen en primer término, porque saben que son potencia con la Nouvelle vague. Tengo amigos músicos franceses que ya están apareciendo en televisión; hay una responsabilidad del Estado, incluso apoyos gubernamentales para los artistas. Si te quedas sin hacer un show seis meses, ahí te va un apoyo. En México, cuando nos internacionalizamos, tenemos que competir con proyectos que tienen esas facilidades. Seguimos rezagados. A México le falta liberarse de los fantasmas del malinchismo.
Ha sido un trabajo complicado apoyar a la industria nacional. Entiendo que hay razones financieras, la gente consume lo de afuera, pero si sacrificáramos diez años de ganancias como industria para construir una escena sólida, que se sostenga y sea además exportable, tendríamos otra realidad. Hay muchas bandas que son un triunfo en México masivamente, pero no en Europa. En Estados Unidos lo son por el público latino. No tenemos un Rammstein que vaya por todo el mundo y se diga: son de México. ¿Y por qué muchos tiran la toalla? Porque se van con la ilusión de que cantidad es calidad. Y no necesariamente. Uno puede vivir dignamente con poco público.
Si hoy La Bande-Son Imaginarie pudiera enviar un mensaje brutalmente honesto a quienes los siguen, sin filtros de prensa ni redes sociales, ¿qué sería?
Compartan el proyecto. No se lo queden. En México hay una cuestión rara: cuando descubres algo, te lo apropias y no lo compartes. Compartir la música no significa quedarse sin ella.
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