Revancha es la sexta novela de Kiko Amat (Cataluña, 1971). En ella, nos adentramos en la relación entre dos ultras de la facción criminal de Lokos, grupo radical de hinchas del FC Barcelona. Se trata de una historia violenta y sin concesiones que expone los nervios y las tripas de tipos extraídos de la periferia y la pobreza.

TXT:: Juan Nicolás Becerra & Juan Carlos Hidalgo

Sin embargo Kiko Amat es también un periodista musical inclemente que no caza con las tendencias impuestas por la moda. Desde hace tiempo es un autor que apasiona; así que en un ejercicio de periodismo colectivo recabamos algunos madrazos de vida y libertad de parte de un hombre que ha sabido jugarse la vida y salir, casi, indemne.

¿Revancha es un elogio al rencor?

El rencor y la ira y el odio tienen muy mala fama. También la venganza. Pero los romanos consideraban que vengarse de un enemigo era uno de los actos más nobles imaginables, una forma de ecualizar un daño o un abuso que se nos había infligido, y que de otro modo quedaría impune. El odio y el rencor pueden ser emociones paralizantes, desde luego, pero no es mi caso. Para mí siempre han sido motores creativos y espirituales; me han movido a hacer cosas. En Revancha, mis protagonistas padecen un terrible resentimiento social y una necesidad salvaje de vengarse del mundo. Del puto mundo entero, de forma irracional.

¿Qué lealtades y complicidades buscas destacar en Revancha?

No soy un autor de temas sino de historias y personajes; lo que busco es que esos tipos cobren vida y operen de una forma razonablemente autónoma, sin intromisiones autorales. Nunca escribo para explicar un tema ni para dar mi opinión mierdosa. Mis herramientas yacen en lo concreto. Como decía Flannery O’Connor, “el tema es la historia; ¿qué otro tema necesitas?”. Así mismo, de esas historias y personajes y lugares, si uno es un escritor proficiente, nacen ciertos temas, eso es innegable. Revancha habla de círculos estrechos de afinidad (los que suelen tener los criminales, pero también otro tipo de personalidades neuróticas, como es mi caso). Gente que quiere a muy poca gente, sin que por esa razón sean psicópatas de manual. Simplemente concentran sus afectos extremos en un segmento minúsculo de la población. Y Revancha habla, naturalmente, de violencia. De violencia por amor, si quieres.

Uno de los personajes (que estuvo encarcelado) vocifera en la novela: “que los libros en tu mundo no tienen utilidad”. ¿Cuál es la utilidad de los libros en tu vida?

Mi cultura no es bibliófila, pero soy un lector compulsivo. Para mí eso no es una contradicción. Simplemente sucede que mi mundo y mi voz y las cosas que cuento no proceden de un entorno literario o intelectual. Vienen de bares y jergas y peña hablando. De borrachos riffeando en la puerta de la oficina de empleo. No escribo libros para emular otros libros, o solo porque me guste leer, o porque leer me hiciese. Leer no me hizo; lo que viví y vi y hablé en bares sí. Los libros me enseñaron a escribir, pero no escribo porque haya leído libros.

¿Un hincha pierde más dentro del estadio o fuera de él?

Fuera, siempre fuera. El hooliganismo me parece una respuesta comprensible (no he dicho ejemplar) para determinados abusos de clase, estatus y familia. Si te dicen desde la cuna que eres chusma, que solo vales para empleos de mierda, al final encontrarás tu orgullo reafirmándote en tu chusmedad y tu rabia. Entiendo perfectamente esa reacción. Quieres destrozar el mundo por tener lo que tú nunca tuviste y otra gente daba por sentada, por apellidos y ascendencia. Es un sentimiento muy poderoso, el mismo que hace que caigan gobiernos y empiecen revoluciones. Lo que sucede es que, en el caso de los ultras, ese sentimiento nunca adopta una forma sindical o marxista o izquierdosa, sino completamente irracional. No lo comparto, pero entiendo el germen. Que se joda el mundo, vamos a destrozarlo todo, especialmente a aquellos que nos llamaron escoria inculta y nos miraron por encima del hombro porque no teníamos estudios.

¿Consideras que el futbol terminó siendo es una caricatura maltrecha de sí mismo?

El deporte en sí mismo no me interesa, así que me sería imposible realizar alguna afirmación teórica sobre su papel en la sociedad o cosas así, más de tertuliano o columnista serio. Pero sí me resultan increíblemente románticos los escenarios deportivos, gente fornida entrenando a la luz de los focos un martes por la noche, mientras cae una pequeña llovizna. El sonido de los cuerpos que chocan, los tacos sobre el fango, el ZUND de una pelota que ha sido chutada hacia el cielo. Siempre quise ser atlético, siempre anhelé (hasta un punto que me avergüenza) poseer fuerza bruta, un cuerpo que me obedeciese, y que pusiese en práctica mi voluntad. También me encanta la visión de túnel, tan práctica y bonita, de los atletas: hay que conseguir ese triunfo. Su victoria no es una idea, o una reflexión abstracta: se trata de ganar, en su versión más pura y cohesiva. Y también, por último, me chifla la idea (tan fílmica) del deportista venido a menos, el chaval que lo fue todo en el campo en su juventud y ahora es una sombra resentida y panzuda y patética de su yo pretérito. Las mejores novelas y películas se crean sobre ese material: el anhelo de la gloria pasada, el dolor insostenible de no poder vivir allí nunca más, el héroe local que ahora es una ruina alcoholizada, pero a quien los lugareños todavía le recuerdan aquel partido mítico contra tal y tal y le invitan cervezas.

Procedes de la cultura de la calle, posees una vasta formación rockera muy vinculada a la tradición inglesa, y ello ha hecho que no encajes fácilmente en una escena española tan llena de personajes petulantes y supuestamente exquisitos e iluminados. ¿Qué nos cuentas de esa tensa relación?

Nunca he tenido relación con la clase literaria o artística española. Publiqué tarde (a los 34 años), cuando mi mundo y mis amistades ya estaban hechas (y todas eran eminentemente no-artísticas, máximo rockandrollers o el ocasional fanzinero). No tengo estudios, no pasé por el desclase natural que proporciona la experiencia universitaria (digo esto sin intención peyorativa). En mi mundo, nadie acabó el bachillerato. Muchos de mis amigos eran tripitidores, esa figura tan cachonda y común en los institutos de los 80. Por añadidura, jamás diría que los escritores sean, a grandes rasgos, el tipo de gente que me interesa o admiro.

Dejando de lado el tema de la clase social (un número elevadísimo de escritores son clasemedieros o de clase alta) está la parte de la bibliofilia, que yo no comparto. La frase “la lectura es la mejor forma de estar vivo” siempre me deja perplejo. Alguien allá afuera está confundiendo una pálida imitación del éxtasis con el éxtasis real. Si has tenido hijos o has pegado un puñetazo o has estado a punto de matarte en un accidente de coche o te has enamorado perdidamente a los 17 o has tomado drogas de potencia devastadora sabes que eso sí son emociones intensas y verdaderas. Los libros y las películas, por mucho que me gusten, son solo débiles sucedáneos, facsímiles, de la experiencia real. Por último, ya desde un punto de vista pedestre, me aburren a muerte las conversaciones de escritores hablando de otros escritores. Una cena de literatos es uno de los escenarios menos deseables que puedo concebir.

¿Has conseguido hacerte de un sitio en la literatura española de hoy?

En los cenáculos académicos de la cultura seria supongo que no, y que jamás se me permitirá el acceso. Lo entiendo. Como decía Dovlátov, yo a ellos no les dejaría “ni subir al autobús” (ja ja). Por otro lado soy un escritor populista: aspiro a que me lea el máximo de gente posible (no solo hombres de letras o críticos). Mi sitio en la literatura española implica para mí tener un número cada vez mayor de lectores fieles. Si después tienes buenas críticas y otros escritores te valoran, pues mejor. Pero si fuese al revés sería un drama (críticas majestuosas pero no te lee nadie). Por último, mi cultura es oral o anglófila, pero no tiene raíz alguna en la tradición literaria española; carece de antepasados, en ese sentido. Cualquier grupo de hardcore yanqui es más importante para mí, y ha influido más en mi formación y visión y voz, que Juan Marsé, por ejemplo.

 Si ahora mismo un joven te dijera que está por dedicarse el periodismo musical, ¿qué consejo le darías?

No sé qué contestar. No me interesa mucho la figura del periodista musical-cultural, aunque de vez en cuando de sus filas emerge alguien con discurso interesante u original (Bob Stanley, Simon Reynolds, Jon Savage, Nando Cruz). Dicho esto, me gusta más el perfil del mitómano mentiroso y demente y épico como Nik Cohn, que se lo inventaba casi todo. Por tanto, supongo que al joven imaginario ese le diría que viviese y acumulase experiencias y se mudase a otras ciudades y conociese a mucha peña, y que luego, en algún momento futuro, se pusiese a escribir. De música o lo que fuese.

¿Es posible actualmente ejercer el periodismo musical conservando principios ideados en el siglo XX (el rock como estandarte revolucionario, la cultura del LP, giras apoteósicas, el star system)?

No. Odio el rock serio, la idea misma del classic rock o de art rock que desde siempre fomentan muchas revistas musicales. Tenemos ideas muy distintas de lo que es el canon. También detesto la sobre-intelectualización de lo vulgar. El atractivo de “Louie louie” estriba precisamente en que es pueril y sexy y monosilábica y breve y ruidosa; enchufarle un ensayo post-estructural de 15 páginas al modo Greil Marcus es, en mi opinión, no haber entendido nada del pop ni de la función que cumple. Fundamentalmente siempre he sido anti hippie y y anti-rock, el rollo macho y melodramático de muchos rockeros me produce dispepsia. Tampoco me gusta la museización y la sacralización de los viejos rockeros, de los “años dorados” y de la “buena música” (concepto repugnante por definición). Tiendo a pelearme con la gente que adora a Dylan, y no tiene que ver particularmente con que el músico me guste más o menos. No me agrada esa reverencia indigna hacia ciertos artistas consagrados, los “bardos” y “poetas” del rock (puag). Yo no tengo héroes, y de ese tipo menos aún. Además, considero que hay que huir de lo trillado, del lugar común, independientemente de la calidad de ese lugar. Hay cosas sobrerrepresentadas en arte y literatura, un determinado referencial está absolutamente cal-ci-na-do (incluso en el punk rock: esa mierda glorificada sobre 1977 me da cien patadas). Me parece un fracaso trágico de la imaginación escribir una novela con protagonista escritor, y es peor aún si sus gustos son Bob Dylan, Nick Cave y Leonard Cohen. DUH.

¿Las revistas especializadas en música podrían convertirse en un mercado de nicho, un fetiche para iniciados, tal como ocurrió con los discos de vinilo o los fanzines? 

“¡Qué repugnante es el pasado, y además no se acaba nunca!”, como decía Limónov. Detesto la nostalgia, y esas revistas son sumideros de nostalgia por la música pasada. No me interesan los revivals ni los tributos a. Lo mejor está por venir (otra cosa es que personalmente me afecte tanto como lo que escuchaba yo de adolescente). Y en caso de duda, bailar siempre mejor que teorizar.

¿Qué sabes del periodismo musical que se hace en México?

Joder, no sé casi nada del que se hace ahora en España, imagina al otro lado del Atlántico. Solo espero que sea menos intelectualizado y menos clasicorro que el de mi país.