La conversación surge a partir de la exposición Kati Horna y sus amigos, presentada en la galería Georgina Pounds, donde se reúnen algunas de sus fotografías —retratos, montajes— junto a obras de artistas con quienes compartió vida en México, como Carrington, Varo o Goeritz. Sin embargo, lo que aparece en el encuentro no es tanto una revisión de su obra, sino una forma de entenderla desde lo cotidiano (ser su unica nieta no es particularmente cotidiano).
TXT: EMILIO ESQUIVEL
“Para mí, antes que nada, fue mi abuela”, y esa frase, para ella, lo dice todo.
Durante años, su trabajo ha sido leído desde sus vínculos con el surrealismo o desde su paso por Europa y la guerra. En el relato de su nieta, sin embargo, su historia se desplaza hacia otro lugar: no como relato, sino desde una cercanía atravesada por el cariño. Tras su muerte, en el año 2000, es su nieta quien comienza a dimensionar lo que no se decía: el exilio, las pérdidas, las ciudades que quedaron atrás —Budapest, París, Barcelona—. “Me hablaba de su familia, de su infancia, pero jamás nos habló del sufrimiento”.
Lo que se transmitía no era el trauma, sino una forma de presencia. Trabajar, disfrutar, apreciar. Horna aparece entonces como una figura profundamente anclada al momento, ajena a cualquier necesidad de protagonismo. “Lo que hacía, lo hacía para ella”, recuerda su nieta. Así sostenía su práctica: desde la intuición.

Esa misma lógica atraviesa su relación con la imagen. Sus fotografías no se cierran; se abren. “Cada quien le da su sentido”, dice, como si ahí también estuviera una clave de su trabajo: no imponer una lectura, sino dejar que algo permanezca en suspensión. En su práctica, además, no había una obsesión constante por registrar. “No siempre traía su cámara, vivía”.
Hay, sin embargo, una conciencia precisa del acto fotográfico. “Para hacer un buen retrato, tienes que ver la luz en los ojos”, le decía a su nieta. La técnica aparece subordinada a una forma de percepción, donde la cámara no es un obstáculo, sino una extensión de quien mira. En ese sentido, sus composiciones —muchas veces construidas con objetos— no remiten a lo inerte, sino a una especie de animación silenciosa. “Los objetos le parecían cobrar vida”.
Si en Europa su vida estuvo atravesada por la ruptura, en México encontró otra posibilidad. “Le dio paz, confianza, le dio vida”, dice su nieta. Esa transformación no borra la nostalgia —“extrañaba mucho su hogar, siempre hablaba de su niñez, de su familia, del lago Balatón, de la isla Margarita”—, pero sí abre un espacio distinto desde donde producir: uno más cercano a la calma que a la urgencia.

Ese mismo principio se extendía a su casa, que funcionaba como un lugar de encuentro. Artistas y amigos se reunían en tertulias, conversaciones largas, encuentros que se alargaban sin demasiada estructura. Más que un salón, era un entorno vivo. Entre quienes la frecuentaban, la casa tenía otra dimensión: Pedro Friedeberg mencionaba que incluso Edward James llegó a decir que ahí “se sentía el calor de hogar”. No es casual que algunos prefirieran quedarse en su sillón antes que en un hotel, por más que ya estuviera pagado.
Hoy, ese universo se reconfigura a través del archivo. Para su nieta, el trabajo no consiste solo en conservar, sino en hacer accesible “ese mundo que ella creó”. En ese sentido, la exposición —que incluye material nunca antes mostrado— no funciona únicamente como exhibición, sino como una apertura: una invitación, como ella misma insiste, a acercarse a su obra “desde la curiosidad”, más que desde una lectura cerrada.
Tal vez ahí radica la persistencia de su trabajo: en su capacidad de mantenerse abierto, de resistir una sola interpretación. Y también, de forma más silenciosa, en aquello que permanece fuera de la imagen: una vida que, para quienes la conocieron de cerca, nunca dejó de ser profundamente cotidiana.



En 1942, el presidente Lázaro Cárdenas abrió las fronteras mexicanas para recibir a un gran número de refugiados europeos. Las artistas Leonora Carrington, Remedios Varo y Kati Horna estuvieron entre los muchos que se establecieron en la colonia Roma Norte, en la Ciudad de México, y pronto se convirtieron en grandes amigas junto a un grupo de otros artistas expatriados.
Stefan van Raay, exdirector de la @pallanthousegallery y curador de la , explica: “crearon una familia sustituta entre ellas”.
Las fotografías exhibidas en @georginapoundsgallery muestran esta maravillosa amistad entre Kati, Leonora y Remedios.
La exposición Kati Horna y sus Amigos permanece abierta hasta el 24 de mayo de miércoles a sábado de 11:00 a 19:00 h, y los domingos de 11:00 a 17:00 h.
Galería Georgina Pounds, Álvaro Obregón 99, Roma Norte, Ciudad de México.







