“El artista, será completamente despiadado si es un buen artista.  

Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él.  

Hasta entonces no tiene paz”. 

William Faulkner 

Un desolado paraje desértico en el que un solitario personaje sale a fogonear la bóveda celeste con su escopeta de doble cañón. En lo profundo de un tupido y húmedo bosque un hombre se asoma por la ventana de su casa en el árbol para disparar hacia el cielo con un rifle de mira telescópica. Una mujer se hizo de una ametralladora durante la primavera, y ahora, ya en el verano, se acerca a un lago para apuntar hacia el firmamento y soltar varias descargas.

Cualquiera de los tres personajes podría sentirse Dios… cualquiera o ninguno, porque así lo permite la ficción… ficción que deviene de otra ficción y una frase que lo detona todo:  The stars are gods bullet holes: así se titula el nuevo disco de John Murry, un músico nacido en Tupelo, Mississippi, durante 1979, que ya lleva rato residiendo en Irlanda… los elementos de corte literario se van acumulando. De hecho, en su biografía da cuenta de un parentesco medio torcido con el escritor William Faulkner.

Y la cosa sigue, porque el primer corte del álbum se puede traducir como “Oscar Wilde (vino aquí para burlarse de ti)” y marca ese tono chatarrero y low-fi para armar un rústico folk rock que resulta embriagador -como un raro whisky artesanal sin etiqueta-. Desde la primera canción, Murry se alinea en la senda de esos crooners trasnochados y fugitivos que no seducen a los magnates de la industria de la música -y a ellos no les importa-.

¡Aquí hay arte verdadero! En “Oscar Wilde (came here for make fun of you)” se escucha: “Cuando cada día es como inhalar líquido para encendedor / Llévame a la cárcel de Reading con Oscar Wilde / Me acostumbraré…”.  Estamos delante de un trovador con gran sentido y respeto para la composición y cuya música ha sido descrita por la revista inglesa Uncut como americana quemada y mallugada.

El álbum ha sido editado por el pequeño sello Submarine Cat Music y elevó su efecto llegador al haber escogido al gran John Parish, mancuerna creativa de PJ Harvey, para que se encargara de la producción; por su presencia podemos especular sobre la sapiencia para insertar a una segunda voz femenina en los puntos adecuados y un inteligente uso de la caja de ritmos.

Tras el corte de arranque y prosiguiendo con “Pefume & decay” y el tema titular, hay marcada intención de hacer uso de la ironía y el sentido del humor para especular acerca de la violencia esparcida por el mundo. En el comunicado con el que presenta el disco se nos cuenta: “Crecí en un lugar violento. Crecí en Mississippi. Crecí de una manera que me obligó, para sobrevivir en una cultura como esa, a adoptar una postura. No te das cuenta hasta más tarde de que eso se convierte en parte de la forma en que ves el mundo. El mundo se convierte en algo intrusivo y te estás protegiendo contra él. También me di cuenta desde el principio de que si no peleas, simplemente tendrás que pelear más”.

John Murry pelea rudo en las 11 canciones de esta colección, entre las que se destacan “Di kreutser sonata”, “Ones + zeros” (luciendo a pleno la voz femenina), además del único cover que grabó; una extraordinaria versión de “Ordinary world”, el clásico de Duran Duran, que aquí crece y reverdece.

Se le considera “uno de los grandes poetas existencialistas del pop” y su tercer álbum es la obra que le proporciona la contraseña para entrar a la clandestina taberna en la que bebe gente como Eels y Sparklehorse. Quizá Murry se convierta en el embajador de esta cofradía de versadores del dolor y pueda dirigir su propia taberna sonora en Kilkenny, Irlanda. Si ese negocio utópico o la venta de discos no resultan rentables,  puede subir a la azotea al cerrar el bar y ponerse a balacear el cielo para sentir que se convierte en Dios.