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John Fogerty en el Auditorio Nacional: Lodoso, greñudo, agresivo… a los ochenta

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¿Cómo te ves tú, que estás leyendo esto, en el futuro? A los ochenta años de edad, por ejemplo. ¿Qué vas a estar haciendo, con quiénes, para qué? ¿Cómo irás a sentirte, qué tal estarán tus recuerdos, tu ánimo, tus articulaciones, tus vísceras? Porque el hombre que está allá, en escena, tiene la fortuna de vivir esa época de su existir al lado de sus hijos, bajo reflectores, ante miles de escuchas. Sí, John Fogerty está en el Auditorio Nacional con sus hijos. Es decir, con todos los discos que firmó con Creedence Clearwater Revival, esta noche concentrados en alrededor de veinte canciones… y también con dos vástagos de carne y hueso.

Apenas este año, tras décadas de frustración, John Cameron Fogerty recuperó los derechos legales del cancionero que forjó al mando de Creedence, desde fines de los años sesenta hasta principios de los setenta del siglo pasado. Un puñado de tonadas que, en México al menos, compitió en su momento con los hits que The Beatles hilaban en las frecuencias radiales. La onda cridens pegó recio en la era jipiteca, y rebasaría generaciones. Esta noche, tras una primera visita del criado en El Cerrito, California, hace prácticamente veinte años, justo en el mismo recinto, las cabelleras canas predominan entre butacas, aunque hay suficientes nietos enterándose de cómo suena el swamp rock con los amplis enfrente.

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Lodoso, greñudo, agresivo. Así se siente lo que revienta. El mástil de la guitarra de Fogerty suda el ácido que como lluvia bañó a los visitantes de Woodstock. Él mismo lo afirma, apreciando los raspones de su instrumento para luego colgárselo y al lado de sus herederos, Shane y Tyler Fogerty, emparejarse para improvisar coreografías y turnarse el protagonismo. Tenemos allí la postal del padre pasando la estafeta, diciéndole a sus escuchas: cuando yo no esté más aquí, pueden confiar en estos dos, que ya les entregué la receta. De hecho el trío recién grabó Legacy. The Creedence Clearwater Revival years, un álbum donde reinterpreta lo más granado del repertorio creado por el progenitor; es decir, la fórmula secreta está en buenas manos.      

El imaginario de Fogerty, proyectado en una media luna a sus espaldas con un marco estilo art nouveau, abarca humedales verdosos, cabañas enmohecidas, lanchas desvencijadas, tractores oxidados y algún cocodrilo hambriento. El de esta noche es un viaje que se lleva a cabo con la palanca de velocidades al volante, un trote que se forja a punta de remo. Se trata de permitir que “Green river”, “Born on the Bayou”, “Run through the jungle” y “Keep on chooglin´” penetren los poros reverberando. Jalar aire y saber que se avecina un andar que apesta a gasolina y barro. Es hallarse en la ciénaga en la que los Kings of Leon quisieran perderse; en el mismo tremedal donde Neil Young pasó varias madrugadas (por citar a un contemporáneo de Fogerty) y que antes visitaron tipos de la calaña de Howlin Wolf y Johnny Cash.

Claro, no todo es alta densidad, hoy también pasan lista las candorosas del repertorio. Con la dupla pluvial por delante (“Have you ever seen the rain?”, “Who´ll stop the rain”) se van acomodando “Cotton fields”, “Lodi” o “Hey tonight”. Y el autor visita estas tonadas, como hace con todas las demás, respetando su forma original. Sorprende la meticulosidad con la que amasa el llamado sonido Bayou, apenas ayudado de bulbo y pastilla. Paliacate al cuello, camisa cuadriculada, patillas tupidas, pareciera que les dio lecciones de moda a sus retoños, quienes en una de esas escudriñaron en el ropero del padre para salir a escena. La verdad es que, más allá de esto, con el empujón de un whiskey despachado en las barras del foro, se bajan los párpados y se está en el Royal Albert Hall en 1970. Por eso pululan viajeros del tiempo practicando air guitar: hoy tiene lugar el atasque en el fango de la amada vieja camada… hasta que dure el veinte.

The crowd had rushed together, tryin’ to keep warm, vaticinó la banda viajera al arranque del concierto. Y así ocurre hasta que la orgullosa María se apersona. De mi lado, al dejar el asiento repaso mi día: por la mañana le pregunté al Fogerty por McCartney, The Who y los Stones. Y sí, les halagó a todos mesuradamente; misma rodada, se miran con respeto porque, entre otras cosas, siguen vivos, haciendo lo que les gusta. No les queda de otra, después de todo, a eso vinieron aquí. Al tenerlo enfrente, mirando sus arrugas, el sereno mirar, pensé aquello: ¿qué será de ti y de mí, del resto de los mortales, de llegar a los ochenta?, ¿cómo estará nuestra memoria? ¿Seguiremos haciendo eso que nos gusta o alguien habrá detenido la lluvia que sostuvo verdes los humedales de nuestro pulso vital?

La lluvia ácida chilanga enviste afuera del recinto. Hora de tomar los remos y seguir, andar hasta que las articulaciones y el ánimo desmayen, esquivando cocodrilos hambrientos con una media luna en la espalda. Que “Run through the jungle” invada la cabeza. Que penetre cada poro, reverberando.  

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Alejandro González Castillo

Alejandro González Castillo

Periodista, y escritor también (porque parece que no es lo mismo). Cruza párrafos con compases. Le gustan las olas, leer y chelear chachareando; además de escuchar discos dejando salir el humo por los ojos.

Auditorio BB