¿Qué sigue cuando ya has hecho todo lo que tocaba hacer con tu vida? La pregunta se arroja desde la contraportada de Antes de Otis, el más reciente libro de J. M. Servín, quien esta vez atraviesa las entrañas de Acapulco —“una playa cuya miseria crece al borde de lo ilícito; la delincuencia, la transgresión”— escarbando en su memoria. Una obra escrita en medio de “una crisis de salud que me afectó emocionalmente” y que completa una saga cuyas dos primeras entregas son Por amor al dólar y Mi vida no tan secreta. “Una locura”, señala el autor, intervenida por la ficción donde también caben Charles Manson, Jack Kerouac y Johnny Weissmüller, “personajes que se prestaban con el entorno y con quienes hallo afinidad, ya sea por borrachos o por este lado psicopático que tengo. ¿Por qué no extrapolar?”.
“Empecé a elucubrar esta novela en mi visita más reciente a Acapulco. Pasé por una especie de delirio alcohólico que me desapegó. Estaba en un trance donde tuve visiones, apreciaciones de mi entorno que hicieron que me cayera el veinte de lo que había sido de mí hasta entonces. Este libro ha sido una especie de trabajo terapéutico para entenderme. Qué me ha pasado, qué quiero seguir haciendo. Me di cuenta de que se abría una ventana, algo que no había explorado en otros libros”. Así, Servín señala el punto de arranque de Antes de Otis, un huracán de enunciados que en su primer renglón indica de modo terminante: He ingresado al pasillo de la vejez. Una proeza llegar sin mayores consecuencias con la vida que llevo. Una existencia que, a la fecha, sólo atiende preocupaciones fundamentales, según el mismo J. M., como no extraviar el impulso por escribir, o “que todo lo que lea me parezca inútil”.

Al también autor de Al final del vacío le interesa “indagar en el pasado, hacer un registro casi antropológico sobre mi propia vida”. Cerveza en mano, en la mesa de una cantina de la CDMX ubicada en Bucareli, Servín se asume como “un escritor que viene de la nada. No vengo de una escuela ni de un cenáculo literario que me apoyara. Soy menospreciado, desdeñado, pero lo entiendo. No me junto con nadie y cuando me hallo en una situación pública digo lo que pienso, no lo que me convenga para subir un peldaño”. Antes de Otis aparece en un momento definitivo en la vida de J. M. El escenario: el reencuentro con un Acapulco azotado por vendavales y recuerdos tormentosos. Un escenario que a su artífice le ha servido para reafirmar lo vital. “El día que pierda el gusto de estar con mi mujer, cuando ya no me interese tomarme un negroni o meterme una línea estaré jodido, para qué vivir”.
“Sólo puedes ser sabio cuando sabes cómo destruirte. Soy un sobreviviente”

J.M., más allá de huracanes, ¿los chilangos se chingaron Acapulco?
Creo que sí. Tras las crisis económicas de los años ochenta cayó el turismo internacional y el chilango se volcó, dejando su presencia. Es una playa hermosa cuya miseria crece, Acapulco es una delegación política de la CDMX, pero con agua. Como puerto vacacional estratificado, lo que experimentes depende de tu escala social. Aquel viejo Acapulco lujoso no lo viví, lo habrá hecho Luis Miguel o Frank Sinatra; para los demás fue y es como ir a Chapultepec. La única vez en mi vida que pisé un hotel de lujo está narrada en este libro; pero, si lo ves, el Hotel Los Flamingos es de medio pelo; nunca fui a Las Brisas ni a Punta Diamante. Yo hablo del Acapulco que la mitología de la cultura popular me deja rescatar, eso que el periodismo mexicano no ha abordado: la delincuencia, la transgresión. Cualquiera que haya ido a Acapulco sabe de ese lado, donde estás al borde de lo ilícito. ¿Negarlo o creer que no es significativo? Pues perdón.
“Muchos aspectos de esta ciudad han sido tratados por encimita o con un dejo académico que desdeña al proletario. A mí sí me interesa el cascajo de la historia de esta ciudad”
Hay un episodio en Antes de Otis donde narras un viaje al puerto donde presenciaste un festival: Acapulco 86. Tocaron Quiet Riot, Javier Bátiz y Latoya Jackson, entre otros nombres.
Entonces yo vivía en Infiernavit Iztacalco y era un talibán del rock, tenía la convicción de que el rock era importante para transformar vidas, ideas. Le veía como una expresión contestataria. Rock 101 era algo inédito, inmensamente importante, escuchábamos por primera vez el mejor rock en la radio, con locutores cultos, que no eran pedantes, que te hacían su cuate. Jordi Soler, Luis Gerardo Salas, Jaime Pontones. Yo era radioescucha y por eso fui con otros amigos a ese festival. No soy un conocedor del tema, en el libro sólo quise mostrar a un grupo de personas de la clase trabajadora yendo a la contra bajo condiciones terribles, clasistas, discriminatorias. Entonces yo tenía una consciencia social fuerte, que vivía lo que cantaba el Three Souls in my Mind: “Abuso de autoridad”.
Acapulco, ¿la playa de tu vida?
Probablemente. Las playas de Oaxaca también lo son. Para este libro regresé a Acapulco después de veinte años y encontré cosas que no había entendido; hoy tengo otros ojos. Mientras estuve ahí la vez más reciente, padecí tormentas que me impidieron salir del hotel, diluviaba, era algo bíblico. Bebí una barbaridad de ginebra, de milagro no me ahogué en la alberca. Aquello fue una especie de epifanía del infierno.

¿Qué lugar ocupa el pasado en tu presente?
El pasado me convirtió en escritor. No como un propósito racional, sino a través de la vida que he llevado, porque como lector me di cuenta de que tengo un acervo de vida muy grande y que con las herramientas que poseo puedo contarlo. He tratado de construir una voz propia. Me interesa la conformación de una visión del mundo que hoy en día ya no existe. No es una cuestión nostálgica, es una manera de increpar, cuestionar, de formar un contrapeso ante la época que vivimos. La literatura que yo trabajo a partir del pasado me da la oportunidad de hacer algo híbrido a través del testimonio personal y la historia social de la Ciudad de México. El futuro me vale madres, francamente, del presente sólo me interesa el pasado.
¿Te enorgullece haber vivido un pretérito marginal, peligroso?
Me da orgullo lo que he hecho con tan poco. La verdad es que el barrio me vale madre también. No considero que sea una entidad con la que me identifique. Hay cosas de los barrios que son horribles, que las romantice la cultura popular mediatizada es otra cosa. Es una realidad trágica, decadente y peligrosa. A mí me interesa el material que me ofrece para escribir tal y como lo hago.

Abres con una frase lapidaria en Antes de Otis: He ingresado al pasillo de la vejez…
Tengo 63 años. Es mi presente. No me gusta, pero es mi realidad. No quiero ser un ruquichavo, adaptar mis circunstancias a las redes sociales o al juvenilismo ideológico de la corrección política, esa inmediatez mediocre y efímera, banal. Para partirle la madre a la tradición tienes que agarrarte a cachetadas con ella y corromperla, si no la conoces no puedes increparla. No puedes menospreciar a la vejez si desconoces lo que significa. No hay que idealizar épocas. Yo me defiendo ante un ataque, ante lo que significa la vejez en términos mercadotécnicos y estéticos. Porque hay un proceso natural en la vida.
Escribes que ha sido una proeza llegar a tu lugar considerando el estilo de vida que llevas.
Cuando escribía este libro pasé por una crisis de salud que me afectó emocionalmente porque me di cuenta de que llevaba muchísimos años excediéndome con sustancias. De mis casi 64, empecé a beber a los 14. De pronto la vida me lanzó los impuestos. Pero cuando me pongo a ver cómo estoy hoy en día, noto que mi estado de salud es mucho mejor que el de personas que tienen 30 o 40, gente que todo el tiempo está enferma, deprimida, medicada, que va al psiquiatra por cualquier mamada. En este sentido soy un titán. Hoy sigo bebiendo, me sigo intoxicando con lo que puedo y quiero; simplemente a otro ritmo. Yo iba por el carril de la libre a máxima velocidad, de milagro no me pasó nada grave. Después de millones de estudios resultó que tengo cuerda todavía, y para moverme como quiera. No voy a renunciar a ello. Hay una ideología de la salud que favorece un gran negocio global. Prefiero morir a mi modo, no como me lo diga un médico.

Alguna vez me dijiste que a tu edad no tenías por qué preocuparte por la salud u otras nimiedades, que eso era para alguien que tuviera veintitantos.
¿De qué me voy a preocupar, o por quién? ¿Por este país, por esta ciudad, por Palestina? No me toca eso. No soy un depredador. Ni coche tengo. Casi no me baño, no tengo alberca. Separo la basura. Dentro de lo que cabe soy un ciudadano que no le causa problemas al sistema. ¿De qué me tengo que preocupar? Pues de que me invadan mi casa, porque eso pasa en este país donde la delincuencia gobierna. Salvar a los ajolotes no es mi obligación. Me preocuparía perder el impulso de escribir, que todo lo que lea me parezca inútil. El día que pierda el gusto por estar con mi mujer, con mis amigos, cuando ya no me interese tomarme un negroni o meterme una línea de cocaína, ya estaré jodido, para qué vivir.
Elipsis temporales, la impulsión de personajes reales ficcionalizados. Épocas de mi vida que van apareciendo, en Acapulco, la CDMX o París. Antes de Otis es una navegación sin timón que llega a tierra”
¿Se puede incomodar con la escritura?
La literatura no es una actividad importante en este país. Muy pocos profundizan como para distinguir al que es peligroso a través de su prosa. Aquí te vuelves peligroso cuando publicas algo en las redes sociales, y si te sales de ahí eres un Don Nadie. La literatura será peligrosa cuando veas a las personas que se rajan la madre viajando en el transporte público leyendo algo que pueda cambiar su mentalidad, que haga que les caiga el veinte. Todo el mundo esa apendejado con su teléfono. En mi caso soy menospreciado, desdeñado, pero lo entiendo, yo no me junto con nadie del cenáculo literario y cuando me hallo en una situación pública digo lo que pienso, no lo que me convenga para subir un peldaño. He tenido becas del sistema, pero, ¿y qué?

Esta idea absurda de la estrella de las letras está destinada para muy poca gente, Stephen King, James Ellroy. Los demás andamos perreándola. Es una ridiculez que haya tantos escritores que crean que las redes sociales les convierten en algo importante cuando la gente checa esas redes mientras caga, luego le jala a la cadena y vámonos a otra cosa. Quizá de muy joven idealicé la posibilidad de convertirme en alguien a través de lo que me interesa. A mí todo me llegó muy tarde, y esto me ha dado la oportunidad de tomar distancia. ¿Mis libros están jalando multitudes por mi chingona prosa? No, no soy Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Vargas Llosa. Tengo lectores, sí, y son muchos considerando mi situación. Algo he logrado: dialogar con ciertas personas gracias a mi oficio.
“Ni siquiera terminé la prepa, pero he entrado a concursos con doctores que viven en Europa, profesionales. Con beca o sin beca escribiré de lo que me interesa. Tengo una editorial a la que todavía le interesan mis libros, ¿qué más puedo pedir?”
Tras todos estos años apuntando, ¿qué es la escritura para ti hoy en día?
Es lo mío. Es algo que me gané con mucho esfuerzo y no lo dejaré jamás. Con eso me voy a morir, con cómo entiendo la vida a través de la literatura y la literatura a través de la vida, mi vida. No tengo mayores objetivos. Emocionalmente me siento bien, tengo una pareja maravillosa, una casa mía, amigos increíbles. Quiero escribir desde la excepción del bienestar. Porque esto en un infierno. Y apuesto por el fracaso, de las ideologías, de las emociones, de los ideales. De todo.

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