#EnMisTiempos por Arturo J. Flores

En una entrevista que National Geographic le hizo al fotógrafo greco-británico Platon Antoniou, el llamado “Retratista del poder” por la cantidad de líderes políticos a quienes le ha hecho fotografías, cuenta que cuando tuvo enfrente a Vladimir Putin, le preguntó si era fan de The Beatles.

La respuesta resultaba tan comprometedora, como el hecho de que el presidente la pronunciara en inglés, que hizo salir del salón a todos sus asesores para quedarse a solas con Platón.

–Me fascinan –le dijo.

Esa confesión es mucho más incendiaria que cualquier perorata lanzada por Donald Trump. La música del cuarteto de Liverpool seduce al líder de la impenetrable maquinaria rusa. Si la letra con sangre entra, como dijo el filósofo argentino Domingo Faustino Sarmiento, la colonización bien puede hacerlo con un tarareo.

Nuestras pasiones nos traicionan. Como cuando Britney Spears, con todo el cinismo del mundo, invirtió los 8 millones de dólares que Pepsi le pagó por ser su imagen publicitaria en comprar acciones de Coca-Cola.

Desde ayer leo agrias quejas, comentarios enfurecidos y descalificaciones hacia el cartel de Coachella. Hay quienes piensan que la presencia inusitada de exponentes latinos como Bad Bunny, J Balvin, Mon Laferte, Tomasa del Real y Los Tucanes de Tijuana.

Muchos de nosotros aprendimos inglés intentando cantar nuestras canciones favoritas. En lo personal, aprendí con Metallica y The Smiths. Es probable que el mismo Putin haya masticado sus primeras palabras en la lengua de los Beatles queriendo seguir la letra de “She loves you, ye, ye, ye…”.

Lo cierto es que nunca antes los angloparlantes habían hecho la lucha por hablar español. ¿Fue el año pasado cuando se viralizó un video de Justin Bieber intentando bailar al ritmo de Los Ángeles Azules en el mismo Coachella? Quedaron en claro dos cosas: efectivamente los autores de 17 años son de Iztapalapa para el mundo y al intérprete de Sorry le hace falta barrio.

Pero ya existe un interés de otros públicos por la música de quienes antes les éramos invisibles. Un buen amigo me contó que durante un viaje a Alemania, descubrió en un pub perdido en medio de la nada que a los teutones les fascina el reggaetón y en su alemán entendimiento intentaban perrear al lado de una rocola. Que Coachella incluye actos como los arriba mencionados sólo es un reflejo de algo que pudiera ser más subversivo que los Sex Pistols cantando God save the Queen a bordo de un barco por el Río Támesis.

Tal vez el reggaetón sí se haya infiltrado al interior del sistema; no para destruirlo, pero sí para obligarlo a twerkear.

En lo personal, celebro que Coachella latinice su oferta. Quizá, en el fondo, refleje un cambio de mentalidad en la juventud acerca de su percepción de quienes hablamos español. Puede que ser un poco chairo y un mucho hippie, pero es lo que pasó en su momento con la comunidad afroamericana y la LGTB. Tal vez los gringos millennials sean mucho más tolerantes de lo que lo fue la Generación X. La cultura pop puede funcionar como instrumento de persuasión.

En 2010 fui a mi primer y único Coachella. Entonces se presentaron Calle 13, Babasónicos y Zoe como avanzada latina. Pero pocos estadounidenses acudían a verlos. Mayoritariamente se trataba de otros latinos, algunos viajeros y otros residentes de aquel país.

De aquel Coachella 2010.

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Zoé en plan tranqui.

Hoy las cosas han cambiado.

Me tocó atestiguarlo en El Paso, durante el Dessert Sound. Eran sólo gringos los que se apretujaban para ver a J Balvin, headliner junto a Foster the People. Llegó su turno de washar.

En un universo alterno, Platon Antoniou podría tomarle una fotografía a Donald Trump y preguntarle si le gusta el mariachi. ¿Qué respondería el muy imbécil?

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Cartel oficial de Coachella 2019

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