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Javier Corcobado: “Hay quien me llama Dios, y eso ya es como para analizarlo”

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Javier Corcobado: “Hay quien me llama Dios, y eso ya es como para analizarlo”

Charlar con Javier Corcobado es entrar en conversación con una de las figuras más singulares e indomables de la música iberoamericana. Poeta eléctrico, crooner maldito, sobreviviente de escenas que nacieron, ardieron y desaparecieron, el músico español ha construido una carrera al margen de las rutas cómodas; siempre más cerca del riesgo que de la complacencia, más interesado en la intensidad que en la moda. Desde los años ochenta, su obra ha transitado entre el rock oscuro, la canción romántica deformada, la literatura y la provocación ejosé alfredo jiménezstética, convirtiéndolo en un artista de culto con una conexión especialmente profunda con México.

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Platicamos con Corcobado sobre su regreso al Teatro Metropólitan, el vínculo emocional que mantiene con el público mexicano, el peso de las etiquetas como leyenda underground, su necesidad casi biológica de seguir componiendo y CADUD (Canción de amor de un día), la descomunal pieza de 24 horas con la que desafió al tiempo, a la industria y a cualquier idea convencional de lo que debe ser una canción.

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El concierto en el Teatro Metropólitan no es solo un show: es una celebración de 40 años. ¿Qué versión de ti va a subir al escenario esa noche?

Creo que este tipo de espectáculo que llevo ya no se hace muy a menudo. Entonces está, por supuesto, dirigido a todas las edades. Además, es el Día del Niño, con lo cual vendrá gente de todas las edades. En el último concierto que hice en México vino gente bastante joven, que ya son hijos de mis fans también. Yo lo que quiero hacer es el mejor concierto de mi vida en el Metropólitan. Mi intención es festejar esta trayectoria discográfica con un concierto de dos horas, en el que pueda abarcar canciones antiguas que llevan mucho tiempo pidiendo los fans y que les emocionan profundamente. Lógicamente no puedo tocar las 270 canciones que están registradas en la sociedad de autores.

Creo que será un repertorio de concierto sumamente variado, que va desde lo extremo, ruidoso, bailable y rock and roll, hasta esas canciones que tienen cierta ternura, capaces de erizarte la piel, de erizarte el vello y decir algo profundo. Eso es lo que a mí me gusta en otros artistas: esos artistas que de repente te hacen gritar y luego te hacen llorar de belleza. En México siempre he tenido un público muy variado. Al principio venían puros punks y darks. Luego empezó a venir otro tipo de gente, digamos más normal, más melómana, gente a la que le gustaba todo tipo de música. Una vez vino incluso el hijo de José Alfredo Jiménez a felicitarme al camerino del Lunario del Auditorio Nacional por una versión que hice de su padre. Imagínate qué variedad de público he podido tener.

Y todo eso encaja en una misma persona. Yo siempre he intentado ser yo mismo, hacer lo más personal: cómo veo la poesía, cómo veo la música. Siempre me dicen que he ido como un paso adelante, y eso también trae consecuencias: a veces ser un poco incomprendido. Tienen que pasar los años para que algunas cosas se comprendan. Y creo que ahora es mi momento. Un momento en el que tanto la gente de mi edad como la gente más joven tiene los oídos muy abiertos para escuchar ciertas cosas. Luego están los que no, pero esos han existido siempre: esa gente que solo oye un tipo de música y no la saques de ahí. Con lo bonito que es escuchar muchas variedades distintas. Yo quiero hacer eso: quiero hacer el mejor concierto. Luego, superar ese concierto ya será difícil para mí.

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México ha sido una constante en tu carrera. ¿Qué encuentras aquí que no te da España?

Hay una cosa básica: la referencia de la muerte en mis canciones, en México se aprecia de una manera más artística, más poética. El concepto de la muerte en Europa es muy distinto. No es tan festivo, está más relacionado con la religión, con lo siniestro, con algo malo. Y allá el Día de Muertos es una pura fiesta. Yo siempre he hablado del amor, de la sangre, de la muerte, de la vida, de la belleza. Son palabras que el poeta utiliza mucho. Y creo que he sido mejor comprendido allá en México que acá. Tuve la suerte de ir por primera vez en 1992 para hacer mi primer concierto, y me quedé sorprendido de cómo le llegaba mi música a la gente. 

Has transitado del underground más salvaje a un estatus de culto. ¿Te incomoda la palabra “leyenda”?

Hay quien me llama Dios, y eso ya es como para analizarlo. Yo sé quién soy, sé cuál es mi personaje. Mi personaje se sube al escenario y canta canciones muy tristes, muy hermosas, muy fuertes o muy dulces. Pero ese personaje ya convive conmigo en mi vida cotidiana. Antes estaba más lejos de él y era más difícil. Por eso ahora también es más fácil acercarme a la gente. Que me llamen leyenda, personaje de culto o underground, sé que lo hacen como un halago. Porque realmente yo no soy un artista mainstream, como puede ser Alejandro Sanz u otros artistas que llegan a cientos de miles de personas. Yo no llego a tantos. A mí me llaman de muchas maneras. Mientras no sea para insultarme o yo no me sienta insultado, no me importa. 

Después de cuatro décadas componiendo, ¿Tu disco doble, Solitud / Soledad, mira más hacia adelante como obra de arte o funciona como conversación con todas tus vidas anteriores?

Es un disco que creo que cierra una etapa mía en formato de canciones rock and roll, digamos, en un formato radiable. Al ser mi álbum número 20 y al celebrarse mi aniversario 40, aunque a mí eso también se me olvida. Para mí es como un disco más. Y como bien dices, para mí un disco es una obra de arte. Entonces quise componer canciones específicamente nuevas para este álbum. Además, creo que son las canciones más radiables, las que pueden llegar a más público: las nuevas. Y luego las antiguas quise regrabarlas con la fuerza de mi banda, con más crudeza, quitándoles arreglos orquestales. Hay colaboraciones de artistas que son amigos míos, con quienes me he cruzado en la vida y en la música.

Está Alaska, que por cierto es la artista mexicana del disco, aunque viva en España. Ella representa esa conexión con México. También están Nacho Vegas, Andrés Calamaro, Jorge Martí, Marc de Dorian y Aintzane con G de Gloria, que es mi mujer. Yo no era muy partidario de hacer duetos, pero me lo aconsejaron. Mi gente cercana, la disquera, Aintzane también me decía: “Es bueno invitar otras voces que aporten otro color a tus canciones”. Y la verdad es que salió bien. Quedé contento con las colaboraciones que hay en el segundo disco.

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Regrabar canciones con artistas como Alaska o Andrés Calamaro implica reinterpretar tu propio mito. ¿Te reconoces en esas versiones?

Yo al principio dije: puede ser un poco raro. Lo pensé. Pero también dije: voy a probar, ¿no? Y ellos son fans míos. Es decir, Nacho Vegas me conoce desde la época de Manta Ray, desde que era guitarrista de Manta Ray. Andrés Calamaro fue mi vecino y me admiraba muchísimo. Siempre me llamaba valiente. Me decía: “Tío, eres una persona que hace evolucionar el rock and roll”. Entonces son personas que, al tener admiración por cómo utilizo yo las letras dentro de las canciones, sabía que no me iban a decepcionar. Y de hecho se han adaptado ellos a mí. Por ejemplo, si escuchas la canción “Susurro”, que la canta Andrés Calamaro, él normalmente canta más agudo, pero ahí se coloca en mi tesitura, en un registro más grave. Andrés, como artista, es genial. Es un gran multiinstrumentista. Su ideología y ciertas cosas que dice, yo no entro ni comparto tampoco; como músico es muy bueno. Alaska es buenísima. Hemos vivido en la misma casa, hemos sido compañeros de piso y nos hemos admirado mutuamente. No tenemos la misma edad, no somos del mismo año, pero siempre ha existido ese respeto. Y esa canción, “Dame un beso de cianuro”, a ella especialmente le encantaba.

¿Qué duele más: escribir canciones nuevas o volver a abrir las antiguas?

Yo prefiero escribir canciones nuevas. Sí, porque he nacido para eso. Es decir, a veces digo que me pasaría el día únicamente componiendo canciones o escribiendo, y no haría nada más en mi vida. Ha habido épocas en las que he hecho justamente eso. No sé, tengo una conexión… las canciones me surgen. De hecho, ahora mismo estoy componiendo material nuevo para un dúo que tengo con mi mujer, con Aintzane, que nos llamamos Los Morenitos. Es una música más experimental, con más ruido, pero también más dance, más bailable. 

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Canción de amor de un día. En tiempos donde la música se comprime en clips de segundos, lanzar una obra de 24 horas parece un acto de insurrección. ¿Buscabas desafiar al mercado… o desafiar la paciencia del oyente?

La idea surgió en el año 2004. Se me ocurrió hacer una canción con duración de 24 horas, y eso venía desde mi niñez. Yo creo que los niños, antes de saber lo que es un disco o dónde se mete la música, imaginan otras cosas. Yo no sabía dónde se guardaba la música, entonces consideraba que podía durar un día, un mes o una semana, no solo una sinfonía o el tiempo convencional que marcaban los formatos. Decidí romper todos los soportes y formatos establecidos por la industria discográfica y por los medios de difusión. Se me ocurrió esa barbaridad, la puse en papel, la escribí, y pasaron unos años. Me mudé al norte de España, a Bilbao, se lo comenté a mi mujer y me dijo: “Esto tienes que hacerlo. Es una idea increíble. No lo ha hecho nadie”. Y yo le respondí: “Ya, pero es muy costoso. Una persona sola no puede hacerlo”. Entonces empecé a invitar a otros artistas.

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Todos me decían que sí, que querían participar, porque además era una época de crisis mundial. A partir de 2008, y también en 2009 y 2010, muchos músicos estaban sin trabajo. Algunos eran mainstream, otros más radicales, otros vanguardistas. Para crear la obra tuve que escribir un libro que organizara todo aquello. Escribí un libro de 24 capítulos, uno por cada hora del día. Y ahí fui asignando párrafos para que los artistas compusieran su parte de la canción. Están Calamaro, Nacho Vegas, Vetusta Morla, Edgar Torres, Sixto Venganza, Alex Eisenring, Amaral, Caballero Reynaldo, Oyonarte, Bruno Galindo, Susana, Magmadam, Bunbury, etc. Todos respetaron la pauta literaria que les mandé e hicieron su composición. Yo solo les exigía dos cosas: que durara un tiempo determinado, 10 minutos, 15, 32, cada una tiene una duración distinta, y que respetaran la línea literaria. Son 100 piezas en total, encadenadas entre sí. Y no tuve ningún problema. Se inspiraron tanto que hicieron de lo mejor de su vida.

Publiqué en la página oficial, en Facebook , que se llama CADUD, una pregunta: “¿Qué os parece? ¿La habéis escuchado?”. Y nadie se ha atrevido todavía a decir mucho. Sé que algunos ya están comprando el objeto, pero respondió una persona diciendo: “Es una obra maestra”. Otra dijo: “De 24 horas de música, salvo dos horas…”. Y le dije: “Bueno, pues es bastante que te hayan gustado 22”. Y un tipo de Chile dijo: “Yo no lo puedo escuchar porque no lo puedo conseguir”. Entonces creo que es algo que, con los años, se irá asumiendo. Yo puedo decir que esto es casi como un medicamento. Escuchar 24 horas seguidas algo tan profundamente pensado cura la ansiedad. Pero hay que someterse a ello. Hay que hacerlo. Y poca gente está dispuesta a vivir aventuras tan largas. Es, probablemente, el trabajo magno de mi vida. Un proyecto monumental que, al final, ninguna disquera quiso sacar, ni tampoco ninguna plataforma, por su amplitud. Fue una locura de la que a veces me he arrepentido, porque me alejó del circuito de la música. Me encerré en un proyecto muy duro. Pero, afortunadamente, ya se publicó. Está editado en una tirada de 500 ejemplares numerados. Es un objeto artístico hecho casi de manera artesanal. 

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