La autora Iveth Luna Flores (Apodaca, 1988) escribe con la precisión de quien conoce el peso de una jornada de fábrica. Formada en Letras Hispánicas por la UANL, su trayectoria no solo se ha forjado en la academia, sino en los oficios de mesera, asistente de cocina y recepcionista; labores que han permeado su visión sobre la materialidad del trabajo.
TXT: Carlos Priego
Tras consolidarse como una voz fundamental del norte con el poemario Comunidad de los dientes (Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal, 2019), regresa con Neblina afuera (Sexto Piso, 2024), un artefacto que transita entre el ensayo, la crónica y la poesía.
En esta obra, Luna Flores revela una herida que se parece a la de muchos y, al hacerlo, expone un sistema de silencios: la violencia lenta de la precariedad y el alcoholismo que roe los cimientos de la familia trabajadora. Su testimonio no solo se pregunta por la carencia y cómo se hereda, sino que muestra la complejidad de habitar un cuerpo marcado por el esfuerzo. En este universo, no se “es” de clase obrera como un dato estadístico, sino que se está siendo atravesada por ella todos los días, lidiando con lo que el abandono y el estigma dejaron en el linaje.
Neblina afuera equilibra la crudeza con una ternura de supervivencia muy especial. Es una obra que permite mirar de frente lo que el capital suele ocultar —el trauma de clase y el trabajo doméstico—, confiando en que el lenguaje tiene la capacidad de devolvernos la dignidad, incluso cuando el aire está cargado de humo y el pasado todavía arde.
Lo que sigue es un extracto editado de la conversación que la autora mantuvo con Marvin en el marco de la última edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Hay una pulsión de urgencia en tu texto, como si el registro fuera la única salida. ¿De dónde viene ese impulso de arrojar la experiencia a la página?
Hay una parte en el libro donde abordo cómo la ciudad te afecta y te deprime; cómo la frustración emana de la precariedad. En algún punto, mi escritura fue un intento de quitarme todo eso de encima y aventarlo a la hoja, como cuando se te sube una cucaracha y reaccionas con urgencia para sacudírtela. A veces me preguntaba: “¿Por qué mis amigos pueden escribir de amor todo el tiempo?”. Yo no podía; a mí me estaban atravesando otras cosas.
He aprendido a confiar en lo que mi cuerpo me dicta. Me interesa la construcción de la mirada: cómo, a través del arte, podemos ver aquello que el capital no nos permite observar. Para mí, escribir siempre ha implicado sostenerle la mirada a la realidad, por más incómoda o sucia que resulte. Eso no significa que mi escritura sea solemne; también transita por lo divertido o lo caricaturesco. No busco una “literatura del dolor”, sino explorar sus aristas y preguntarme qué hay detrás. Y detrás de eso —dice entre risas—, siempre está el Estado.

El cuerpo en tu obra es un archivo vivo donde se inscriben los dientes, la adicción y la carencia. ¿Cómo se traduce esa memoria somática en tu práctica cotidiana de escritura?
Para lograr ese nivel de exposición, tuve que confiar mucho en mi propio proceso de terapia y en autores que se atrevieron a poner el cuerpo. Cada suceso en mi vida o en mi familia se convirtió en un proceso que debía ser mirado con atención. Creo que, a veces, lo que nos ocurre en el cuerpo se vuelve insostenible; es una incomodidad tan profunda que lo único que quieres es evadirte para silenciar el dolor. Para mí, escribir es lo contrario: es tramitar y atravesar ese proceso. Con el ensayo sobre los dientes, por ejemplo, me interesaba cómo la dentadura da cuenta de un engranaje mucho mayor: de la economía, del territorio y de un país. La escritura es también eso: un cuerpo vivo.
Tu obra utiliza elementos de una intimidad casi visceral —los dientes, la adicción, la precariedad— para cartografiar estructuras sociales complejas. Ante la actual efervescencia de la literatura del “yo”, ¿cómo defines la función política de tu propia voz y qué hace que tu testimonio sea, más que una moda, una necesidad narrativa?
Leí varias declaraciones de autoras que perciben la literatura del “yo” como una tendencia actual. A mí esa noción me causa cierta extrañeza; si bien puede ser una moda editorial, lo cierto es que esta literatura existió siempre. En mi caso, desde la universidad entendí que tenía que trabajar con lo que tenía a mano. Fue algo intuitivo, casi una urgencia: escribir sobre la familia, la ciudad y aquello que no encontraba en otros libros. Me interesaba explorar lo transgresor de las adicciones en el entorno familiar, el peso del trabajo y cómo la precariedad va marcando el cuerpo.
Al inicio no tenía tan claro que ese era mi camino. Fue mientras profundizaba en esos temas que descubrí la carga política que arrastraban. Cuando escribimos sobre lo que la sociedad oculta o genera vergüenza, primero lo vivimos desde el miedo. Pero cuando la escritura te otorga la distancia necesaria para observar, te das cuenta de todas las estructuras sociales que atraviesan ese dolor. Entonces, deja de ser simplemente “lo autobiográfico” para convertirse en aquello que sostiene la vivencia. Ahí reside la verdadera complejidad: todos podemos abordar los mismos temas, pero el valor está en las herramientas con las que decidimos contarlos.
Es inevitable pensar en Marx y Engels. Hay una anécdota que cuenta cómo Marx le escribía constantemente a Engels —quien trabajaba en la fábrica familiar para financiar el movimiento— pidiéndole lo más básico: papel y tinta. Al final, la materialidad siempre se impone.
Mi libro tiene incluso algo de posmarxismo. No fue algo que busqué a propósito, sino que el camino me llevó ahí. Al principio solo sentía la necesidad de hablar sobre mis raíces en la clase trabajadora y sobre las “chingas” que se mete la gente; cómo eso atravesó a mi familia y a mi comunidad en Nuevo León, como sucede en tantas ciudades industrializadas del país.
La fábrica no solo se mete en tu familia: en mi caso, se metió en mis textos. Tenía que estar ahí porque estaba en mi cuerpo. Al final, por más que crees personajes, la escritura parte de tus experiencias y tú vas moldeando esos matices. En mi obra quise usar los recursos literarios para poner el foco específicamente en la adicción y sus efectos. Pude haber retratado a mi padre en otros momentos, pero eso habría desviado la atención; yo quería que la mirada se sostuviera, firmemente, en esas problemáticas.
Todo es culpa del capital, entonces…
¡Totalmente!

En el plano de la articulación colectiva, ¿cuáles son esos traumas sociales que la literatura aún no termina de nombrar y que a ti te interesa poner al centro de tu obra?
Me parece que la precariedad y las adicciones son temas que ya han sido tratados en la literatura mexicana, pero con un enfoque distinto. Tenemos el alcoholismo muy presente, pero casi siempre como algo bohemio o idealizado, como una parte celebrada de la experiencia literaria. A mí me interesa dar cuenta de cómo esa adicción está tan normalizada, analizando sus implicaciones dentro de una familia. Solemos asociar el alcohol con el goce, pero no vemos la otra cara: la experiencia de crecer cerca de una persona alcoholizada desde la infancia y el impacto que eso deja en las emociones.
Por otro lado, está la precariedad. Para mí era vital mostrar la materialidad de mi propia escritura. Durante mi formación, nunca me sentí parte de ciertos círculos; de hecho, hasta la fecha me siento ajena a algunos espacios. Esto nace de la idea de que el arte ha sido históricamente para quienes tienen los recursos y el tiempo para dedicarse a ello. En ese contexto, la escritura se vuelve un espacio de resistencia y movimiento. Es un ejercicio sumamente accesible —dice entre risas—, porque solo necesitas papel y pluma para empezar a mover el lenguaje.

Al retratar figuras como tu madre o tu abuela, evitas la idealización para mostrar una “aspereza” familiar muy cruda. ¿Qué buscabas desentrañar en esos vínculos?
Me interesaba mostrar esas relaciones ásperas que mantenemos con las mujeres de la familia, esa red de tensiones y silencios tan común en México. Pero, ¿qué hay detrás de esa agresividad? Lo que encuentro es una profunda impotencia por no poder salir de esa “jaula” que imponen la crianza forzada, el trabajo y la precariedad. Existen muchísimos condicionamientos que continúan coaccionando nuestro libre desarrollo y, sobre todo, nuestro deseo.
Tu literatura parece un campo de batalla entre el peso del linaje y la voluntad de la palabra. ¿Es posible reescribir ese destino heredado a través del relato?
Creo que mis obsesiones nacen de la desigualdad de clase porque es lo que más arde. Pero, en lo formal, busco cómo la escritura te permite encontrar un espacio para conocer tu propio deseo. Esto es vital porque, en una sociedad tan desigual, de lo que más nos privan es de saber qué es lo que queremos; simplemente vivimos lo que nos toca. Escribir fue una forma de articular por qué estamos atados a esas condiciones.
La escritura es tan generosa que te posibilita un descanso y te permite entender que lo que te pasó no te ocurrió solo a ti. Es regresar al sentido de comunidad: escribir para no estar sola. Cuando haces público lo que escribes, dejas de habitar únicamente la frustración. Estoy descubriendo que la escritura me está devolviendo la dignidad, rescatándome de aquello que la sociedad nos enseña que debemos ocultar bajo el peso del estigma.
En Neblina afuera transitas entre el cuento, el ensayo y la poesía. ¿Cómo definirías este mestizaje de géneros y qué es lo que solo podías decir a través de este libro híbrido?
Incluso nombrarlo me resultó difícil. Hay textos que son puramente narrativos, otros se acercan al ensayo personal y otros funcionan como un ensayo poético. Sostiene una metáfora extendida que recurre a diversas herramientas, aunque eso tampoco fue deliberado. Diría que es un libro híbrido: narrativa, ensayo, poesía y crónica. Y para mí eso está bien; estoy a favor de soltar los géneros y aceptar el mestizaje literario. Para mí, convertirme en escritora significaba ser capaz de moverme en distintos registros. Al final, la capacidad chingona de escribir reside en esa destreza de moverte con libertad.
El lenguaje en tu libro se siente como una herramienta para limpiar la vista. Al final de este recorrido, ¿qué es lo que esperas que se disipe en el lector?
Sería genial que pudiéramos transmitir con exactitud lo que queremos decir, pero el lenguaje siempre está borroso, sucio, empañado. Yo quería, al menos, disipar un poco mi propia neblina: la contaminación de las fábricas, las estructuras emocionales que nos dañan y el poder económico mellando nuestras vidas. Me gustaría que las personas que lean el libro también se cuestionaran qué hay detrás de sus relaciones familiares; que sientan la pulsión de disipar, también ellas, su propia neblina personal.

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