La sabiduría es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad (Aristóteles dixit). Frente a la adversidad contemporánea –que ya comenzamos a añorar–, no representa otra cosa más que la medida del espíritu; la que lo nivela para que no se extralimite ni se estreche. Esto lo sabe perfectamente el escritor Isaí Moreno (Ciudad de México, 1967), autor de las novelas ‘Pisot: los dígitos violentos’ (2000), ‘Adicción’ (2004) y ‘Orange Road’ (2018), quien nos expone en entrevista que –tal y como lo expresaban los antiguos gnósticos–: para llegar a lo desconocido hay que avanzar por la oscuridad. Y que en estos momentos como el que atravesamos, sólo crear nos salva.

TXT:: Mixar López

FOT:: Julio Bravo

Aquí, una charla retrospectiva sobre su obra.

¿Cómo fue tu llegada a la redacción de ‘Odisea’ y ‘Signos’?

¡Cuánto hace de eso! ‘Signos’ fue el proyecto de un profesor de literatura muy querido, Celestino Soto, y los poetas José Segura y Hugo David Ávila, donde fui jefe de redacción. La revista ‘Odisea’ fue mi primer y último proyecto como editor, la fundé mientras estudiaba mi carrera universitaria en un intento de sintetizar divulgación científica y literatura, al que invité a varios científicos y estudiantes de ciencias exactas. El nombre se inspiró en la novela ‘2001, una odisea del espacio’ (1968), de Arthur C. Clarke.

“Estamos todos llenos de dudas, estamos todos creando en la oscuridad”, le gustaba decir al escultor y pintor español Antonio López García; háblame de esa oscuridad en ‘Pisot: los dígitos violentos’ (Lectorum, 2000).

Es muy sabia y contundente la frase de López García, sobre todo porque las dudas son las que detonan la creación, y ésta se gesta la mayoría de las veces en lo desconocido. Los gnósticos de antigüedad tenían la premisa de que para llegar a lo desconocido hay que avanzar por lo desconocido u oscuro. Ése es en parte el modo en que recorren su trayecto al conocimiento los personajes de mi primera novela: su oscuridad es paradójicamente el resultado de buscar fanáticamente la luz: al no soportar ni la oscuridad ni la luz, incurren en la destrucción.   

¿Los corazones de los hombres no son tan malos como sus actos, y casi nunca como la maldad de sus palabras?

Siempre he creído que hasta en los seres más malvados hay espacio para un poco de piedad, pero esto es sólo una mera cuestión de fe. La maldad de las palabras existe y suele dar pie a hechos atroces, por eso considero que debería ser sólo para la literatura, o quedarse en las páginas de algún texto como el ‘Antiguo Testamento’.

¿Qué estabas escuchando mientras escribías ‘Pisot’?

Al dueto ‘Dead Can Dance’ y, por alguna razón, a ‘Enya’. Estaban terminando los años 90′. 

¿Se ha convertido en un libro de culto, como lo predijo Yuri Herrera?

Yuri Herrera es un escritor especial y generoso, cruzo desde ya los dedos porque sus palabras sean algún día verdad. He tenido la fortuna (quizá por la invocación de Yuri) de que ésta sea mi novela más reeditada. En lo que va del año, en su versión definitiva, y con el nombre también definitivo de ‘No son tantas las estrellas’, ha sido publicada por la editorial española ‘Camelot’ y al inglés (y edición bilingüe) por ‘Katakana Editores’ para el mercado de los Estados Unidos. 

¿Cuáles son los recuerdos de tu niñez que más permean en tu narrativa?

La ‘Biblia’ abierta. La espera continua del Armagedón. El sueño del Paraíso.  

¿En quién está basado el personaje de la coqueta enfermera cocainómana en ‘Adicción’ (Joaquín Mortiz, 2004)?

Mi enfermera es completo producto de la ficción: al inicio surgió como un personaje incidental, necesario para cuidar a la niña enferma de la historia. Disfruté descubriendo al personaje a medida que escribía una y otra versión de la novela, hasta que alcanzó su propia autonomía y se volvió entrañable para mí.    

‘Wild Wild Country’ (2018), es una serie documental de Netflix que narra la guerra que los rajneeshees (personas pertenecientes a la secta de Osho) con su falso amor y meditación, iniciaron contra los habitantes de un pequeño pueblo en Oregon. Esto me recuerda al argumento de ‘Orange Road’ (Nitro/Press, 2019).

Estás en lo cierto. Cuando creemos tener la verdad absoluta, vemos el error absoluto en todo los demás, hasta ahí no hay problema cuando se trata de un mero punto de vista. ‘Combatir el error’ sin que nadie nos lo pida, vuelve inevitable que incurramos en actos como los de los seguidores de Osho. En resumen, la ilusión de la certidumbre siempre conduce al desastre. 

Se dice que esta novela es un documento clave para entender el ’11–S’.

La historia de ‘Orange Road’ termina justamente el día en que caen las Torres Gemelas. Es en parte mi enfoque a la psique de quienes creen desmedidamente en algo, y a su modo sienten con más intensidad: por ejemplo, se conmueven por la belleza en una bizna de hierba, experimentan la piedad en cada acto, darían su vida por sus creencias, y entonan un bello cántico o mantra a la vez que preparan un acto terrorista. Al terminar el borrador definitivo de la novela, quise pensarla como una “novela 11-S”, así se lo planteé a mis editores de Nitro/Press, quienes supieron plasmar muy bien lo que afirmo en el diseño del libro, su portada naranja me sigue perturbando.   

El escritor quiere escribir su mentira y escribe su verdad, decía Ramón Gómez de la Serna, ¿cuál es la verdad de Isaí Moreno?

Lo más cercano a mi verdad es la premisa de que podemos ver al menos una vez en nuestra vida la Belleza. 

¿Escribir es un acto de supervivencia?

A los escritores nos gusta pronunciar frases de ese tipo, debe ser porque solemos ser solemnes. Quienes practican otros oficios (la escritura es un oficio) jamás se expresarían así de los suyos y, antes que marearnos con un discurso de carácter metafísico, nos contarían probablemente una anécdota en torno a lo que hacen. Pero sí, crear nos salva, ante todo en momentos como el que atravesamos.   

¿Todos los lectores somos niños de diez años?

No, por desgracia, pero sería lo ideal. Los diez es una edad promedio en la que, según los psicólogos, uno aumenta su capacidad de atención y empieza a entender el punto de vista de los otros: le llaman la niñez intermedia. Prestar atención y penetrar en el sentir de los otros son dos buenas cualidades que debería tener un lector.   

¿Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor?

Uno acaba deseando ese ‘escribir algo peor’ mediante el hallazgo de una transgresión en el lenguaje (por tanto una incorrección), al modo de los grandes maestros que se daban el lujo de jactarse de escribir cada vez peor.