Las artistas exploran temáticas, como la multiculturalidad, a través de piezas que problematizan la noción de identidad y los complejos procesos de adaptación, como migrante y como mujer, en distintos contextos geográficos.
Un agradecimiento especialmente al Centro Cultural Coreano por su apoyo para la realización de esta entrevista a la artista y escritora Hwang Sukyung, curadora de la exposición.
- ¿Cómo comenzó su trayectoria en el mundo del arte independiente y qué le llevó a explorar el formato del fanzine como medio de expresión?
Dirijo un espacio de arte independiente en Corea, Space Illi, y no está a cargo de ninguna organización ni por el gobierno, sino por mí misma, por lo que es un espacio independiente. Elegí el fanzine como medio para comunicarme como lo hago en ese espacio. Por eso lo elegí desde el inicio porque pensé que era un medio pequeño pero potente que me permitiría contar mejor mi historia, ya que podría publicar libremente sin ningún tipo de editor o jerarquía. Sin ataduras.
- ¿Cuál fue el origen del proyecto que se concretó en esta exposición y por qué se incluyó el fanzine como medio y formato?
El proyecto surgió entre las tres artistas que conforman la exposición y yo, la curadora. Cada una de ellas vive un matrimonio entre diferentes culturas: una de ellas vive en Australia, otra en la India y otra más en México. Decidimos hablar sobre nuestras experiencias y, para poder compartir nuestro arte, elegimos usar la plataforma Zoom.
No nos vemos en persona con frecuencia. Sin embargo, desde que empezó la pandemia del coronavirus, la plataforma Zoom se volvió muy activa y nos permitió reunirnos en cualquier momento, siempre que fijáramos un horario. Como dirijo un espacio operativo independiente, puedo organizar estos encuentros por esa vía. En la época del coronavirus, Zoom tuvo un gran auge. Durante aquellos días todas estábamos nerviosas; pero ellas en particular, también se sentían confundidas, pues se casaron y tuvieron que migrar a otros países, por lo que se enfrentaban a nuevas costumbres y culturas.

Para no perder nuestras raíces, decidimos vernos cada mes. Más allá de compartir solo cosas cotidianas, optamos por plasmar nuestras vivencias en una forma de arte: el fanzine. Queríamos mantenernos informadas unas de otras, pero también registrar lo que compartíamos para que el encuentro no quedara solo en una charla trivial. A mí me interesaba documentarlo de alguna manera, y el medio que me resulta más natural para contar historias personales es el fanzine. Así que dijimos: ¿Por qué no nos reunimos una vez al mes para un taller de fanzines? Y así nació este proyecto.
Juno, la artista que vive en Australia, tuvo un bebé recientemente. Era su primera experiencia como madre: dar de amamantar, cuidar del bebé… todo en un país completamente ajeno. No tenía cerca a nadie que pudiera cuidarla o ayudarla para que descansara. Ella nos contaba que esperaba con mucho entusiasmo nuestras reuniones mensuales porque, gracias a eso, podía desestresarse un poco y liberarse mentalmente de esa responsabilidad. Sentía mucho apoyo.
- ¿Existe algún formato de fanzine por el que se incline especialmente?
A menudo doy talleres de fanzine. Cuando los imparto, no impongo ningún formato a los participantes. Como para la mayoría es la primera vez, simplemente doy algunos ejemplos: cómo doblar el papel de cierta manera, cómo plancharlo o manipularlo, y explico el método paso a paso. De ese modo, cada uno puede encontrar la forma que le resulte más adecuada. Siempre intentamos que todo sea accesible y sencillo.
No obligo a nadie a seguir una estructura específica. Cuando las personas hacen sus zines y los comparten, pueden hablar de una experiencia personal o de cualquier otro tema que les permita expresar su arte libremente.
No tengo una forma favorita de hacer zines, pero lo que más me gusta es trabajar con una sola hoja. Me interesa explorar cómo doblarla, recortarla o intervenirla para que todo el contenido quede dentro de ese único pliego. Cada trabajo es distinto, pero ese método simple, con solo una hoja de papel, es el que más disfruto.
- Uno de los temas que aborda la exposición es la identidad femenina en el contexto de la migración, ¿podría compartirnos cuáles fueron los hallazgos encontrados en el proceso de curaduría o en qué medida se cuestionó o reescribió la identidad femenina?
Soy artista y mi trabajo comenzó como una historia sobre las mujeres. No hubo una razón especial para ello, simplemente era porque yo misma soy mujer, me casé joven y tuve hijos, también muy joven. Crie a un niño y trabajé al mismo tiempo. Cuando mi hijo mayor se alistó en el ejército, ya que el servicio militar es obligatorio en Corea; cuando él se fue, retomé el arte con la idea de que era momento de reencontrarme conmigo misma. Desde entonces, mi trabajo ha estado ligado a eso: al rol de la madre y el papel de la mujer en la sociedad.
Todo lo que hice en ese momento estaba centrado en el feminismo. Me interesaban especialmente temas como la menstruación, las mujeres y el ciclo lunar. Al principio, pensaba desarrollarlo como un estudio personal, pero se convirtió en un espacio de exposición, de modo que ese ámbito privado se volvió público. Entonces lo decidí: hablemos de las mujeres, un tema que realmente me interesa.
De hecho, creo que esta identidad de mujer comenzó conmigo misma. Por eso me enfoqué en transmitir las historias de otras mujeres. Ha sido así en gran parte de mi trabajo, y también en los encuentros con nuevas artistas a lo largo de las exposiciones que he organizado.
Como me casé joven, dediqué más tiempo a prepararme para mi familia que a construir un futuro personal a través del matrimonio. Viéndolo en retrospectiva, creo que antes me preocupaba mucho por los demás. Me preguntaba: ¿Alguien que ha trabajado tan duro en Corea podría tener éxito en México?
Por otro lado, está el caso de una de las artistas que conforman esta exposición, Cheon Yu-ra, quien vive en Australia y su madre, en Corea. Aunque tiene un hermano menor en Estados Unidos, ella extraña mucho a su madre, pero no tuvo otra opción que mudarse a otro país con su marido. Así que habla por teléfono con ella casi todos los días.
Esa relación madre-hija me toca profundamente. No es que yo tenga esa relación con las artistas, pero como una mujer que ha vivido ciertas experiencias previamente, me siento más preocupada por estos temas. Me pregunto cómo superar esa ansiedad a través del arte. Esa preocupación que tenemos muchas mujeres cuando dejamos a un familiar lejos, cuando no podemos ir a verlo en persona, la entiendo. Lo que quiero es que todas podamos superar esas inquietudes a través del arte.
Ese fue el momento en el que comencé a hablar sobre la identidad femenina. Creo que lo hice porque esa mirada coincide con la que tengo sobre las mujeres. Pienso que seguiré haciendo muchos proyectos que sigan ese mismo camino.
Actualmente, lo estoy trabajando desde la escritura femenina. Pienso, por ejemplo, en Hélène Cixous y su propuesta de l’écriture féminine, o en Una habitación propia de Virginia Woolf. Este tipo de feminismo, el feminismo teórico, llegó a Corea desde Occidente. A medida que fui leyendo esas teorías, mi interés por el feminismo coreano creció aún más.
Empecé a preguntarme: ¿por qué la escritura femenina sigue siendo minoritaria frente a cierto tipo de escritura masculina hegemónica? Esa pregunta me llevó a investigar un poco más.
En Corea, por ejemplo, existió una comunidad tradicional llamada Gyubang Gasa, que era un espacio donde las mujeres se reunían, escribían y compartían. Aunque vivían bajo un sistema patriarcal, existía esta otra cultura paralela, más íntima, donde las mujeres encontraban formas de expresarse. En el pasado, en Corea, había mucho machismo. Los hombres eran los que lo hacían todo, mientras que las mujeres, supuestamente, no hacían nada.
Aun así, incluso en esos tiempos, había mujeres que escribían sobre sus experiencias y eso les servía para liberarse un poco de la presión social. Empecé a enfocarme en esa cultura, a buscar más sobre ella en Corea.
Cuando lo pienso así, me doy cuenta de que esa escritura estaba en un formato íntimo, como si se tratase de un diario, como si se grabaran a sí mismas. Ahí confirmé que el poder de la escritura femenina está en eso: en registrar la propia voz, en desarrollarse y sanar emociones. Es una escritura más personal, que permite expresar lo que una realmente quiere decir, sin estar sujeta a formas rígidas o demasiado formales.
Por eso elijo el zine, porque no es una forma rígida. Para mí, la escritura femenina es muy poderosa. He visto cómo ayuda a muchas mujeres a superar sus miedos, sus dudas, sus preocupaciones. La escritura de las mujeres no es menos concreta. Al contrario, tiene más sentimientos, más profundidad emocional.

- La exposición aborda temas como la identidad, la migración y la multiculturalidad, ¿estos temas se eligieron por su relación con la historia personal de las artistas? ¿cuál fue el proceso para la elección de las líneas temáticas?
La identidad cambia con la edad y según los ciclos que atravesamos. Esta exposición se centra en cómo esa identidad se transforma a medida que conocemos a otras personas. El matrimonio, por ejemplo, implica una unión. Cuando dos personas completamente distintas se encuentran, sus familias también se expanden, y muchas veces ese matrimonio conlleva una migración. No hablo sólo de migrar al extranjero. En el pasado, incluso dentro de nuestro propio país, casarse implicaba mudarse. En Corea, aún persiste una manera tradicional de entender el matrimonio que refleja estructuras patriarcales. Cuando un hombre se casa, se dice que “lleva a la esposa a su casa”; mientras que, cuando una mujer se casa, se dice que “se va a la casa del esposo”. Estas expresiones revelan una idea aún vigente en algunos sectores: la mujer deja su familia para integrarse a la del marido, y pasa a ser considerada parte de ese linaje.
Pero ¿qué significa casarse? Significa trasladarse de una zona a otra, alejarse de la base familiar. Y en ese proceso, hay que aprender otra cultura. Lo que observé es que, al aceptar una nueva cultura y nuevas personas, la identidad cambia inevitablemente.
Esa es la parte relacionada con la inmigración. De hecho, el tema de la migración ya me interesaba antes de empezar este proyecto. Incluso antes de reflexionar sobre la vida en el extranjero, ya pensaba en la experiencia migratoria dentro de Corea: moverse entre Seúl y otras regiones, o entre distintas zonas del país.
Desde la pandemia del Coronavirus, mi interés por el multiculturalismo se intensificó. Como no podíamos vernos en persona, fue un momento de mucha actividad en cuanto a interacciones no presenciales. Entonces comencé a pensar en las conexiones que podían surgir a través de las voces de artistas que están en otros países, y cómo esas historias personales podían resonar con los demás.
Como mencioné anteriormente, muchas de esas historias están marcadas por el matrimonio o la migración. Esas experiencias se repiten tanto en Corea como en México. Hoy en día, si alguien entra a la universidad, normalmente tiene que mudarse. También pensé en quienes nacen en Busan y se trasladan a Seúl para estudiar, como fue mi caso. Eso también es una forma de migración.
Otro tipo de migración que me interesa es la de los jóvenes con antecedentes migratorios en Corea, especialmente aquellos que llegaron hace unos diez años. Yo fui maestra en una escuela donde había niños provenientes de Corea del Norte, de China, del sudeste asiático. Muchos de ellos llegaron siendo muy pequeños; esa migración no fue forzada del todo, pero tampoco fue completamente voluntaria: sus padres llegaron a Corea a trabajar. La mayoría de estos niños no provenían de familias con ingresos altos. Algunos asistían a una institución llamada Rainbow School, donde aprendían el idioma y la literatura coreana. Recuerdo que en esa época hubo un incidente concreto, que fue el detonante para que me interesara aún más por la migración y el multiculturalismo.
Además, en la televisión coreana se muestran dos versiones completamente opuestas de la migración. Por un lado, hay programas que retratan experiencias exitosas de vida en el extranjero cuyos protagonistas suelen ser millonarios y felices. Por otro, existe otro tipo de programa que muestra casos en los que padres migrantes, provenientes de países asiáticos u otras regiones, han ido a trabajar a Corea. En ese programa, los hijos o familiares de esos trabajadores viajan desde sus países de origen para reencontrarse con ellos, después de años de estar separados. Cada vez que veo ese tipo de historias, se me parte el corazón. Al ver esa contradicción tan fuerte, empecé a reflexionar más sobre el tema.
Comencé a interesarme más por la vida de estas mujeres, especialmente aquellas que migran y, en muchos casos, se quedan solas o llegan a trabajar sin poder traer a sus hijos con ellas. A partir de ahí, mi atención se centró en los procesos migratorios y en cómo estos influyen en el cambio de identidad de las personas.
También comenzó a interesarme las vidas de mujeres del sudeste asiático que emigraron a Corea a través del matrimonio. Pues la migración no sólo implica un desplazamiento físico, sino también una transformación profunda en la manera en que las personas se perciben a sí mismas y a su entorno. Todos estos elementos fueron conectándose y se volvieron centrales para mí.

- ¿Cuál considera que es el poder político o social del fanzine como herramienta de resistencia y construcción de comunidad?
Creo que, por supuesto, debe considerarse político. No estamos hablando de una gran historia dominada únicamente por los hombres. Para mí, todos los registros personales y privados también son historia. Todo está conectado: las historias individuales, cuando se comparten, son una forma de resistencia. Cuando muchas de esas historias se entrelazan, pueden construir una verdadera democracia. Lo mismo ocurre con las mujeres. ¿Qué pasa si no puedes contar tu historia ni compartirla con nadie? Entonces no puedes conectarte con la política. Este medio es profundamente personal, pero cuando una escribe su propia historia, ese acto íntimo puede convertirse en una herramienta de resistencia. Muchas veces, aquí se han registrado cosas que no podían decirse en voz alta, ni siquiera mencionarse. Por eso lo veo como algo político, y creo que es inevitable que lo sea. Puede que algunos piensen que lo político es algo negativo, pero no lo es: no puede ser negativo ni ajeno. Al final, la historia no la hacen unas cuantas grandes figuras, sino todos estos individuos. Si sus historias se convierten en historia, entonces necesariamente serán políticas.
- Como curadora, ¿cómo equilibra su propia voz artística con la responsabilidad de visibilizar otras perspectivas y narrativas en tus proyectos?
La verdad es que tengo muchas inquietudes. Como curadora y artista, tengo una historia que quiero contar, y últimamente siento que ese mensaje tiene un fuerte contenido social. Tengo un mensaje social que quiero compartir. Es una idea que me importa profundamente, que nace de mi experiencia y de lo que creo necesario decir. Sin embargo, sé que las otras artistas con las que trabajo no siempre la comparten al cien por ciento. Cada una piensa distinto, tiene su propio camino, y eso a veces me hace dudar.
Es algo que me conflictúa: cuando mi trabajo se percibe como demasiado político, puede que algunos artistas prefieran no participar. Eso me hace cuestionarme: ¿debería entonces presentar la exposición como cualquier otra, sin enfatizar tanto el mensaje, solo para cuidar esa relación con los artistas?
Me pregunto si debería centrarme más en transmitir lo que quiero decir, o si debo dejar que cada una se exprese libremente, sin intervenir. Cuando organizo una exposición, suelo encargarme del montaje, de cómo se ven las piezas. No obstante, si colaboro con otra artista que tiene una visión diferente sobre cómo deben disponerse las obras, entonces me adapto. No impongo mi forma de hacer las cosas.
Cuando organizo una exposición, me enfrento a ese dilema. Al momento de ordenar las piezas, pienso: ¿presento más claramente mi mensaje o respeto por completo la voz de cada artista? Siempre tengo ese conflicto interno: ¿hasta qué punto debo priorizar mi propia idea o respetar completamente la visión de las otras artistas? Es una pregunta que me hago una y otra vez. Yo tengo mi mensaje, mis convicciones, pero jamás obligo a nadie a incluirlas en su trabajo. No es fácil. Tengo mis propias ideas, mi filosofía, pero nunca quiero imponerlas. Nunca he obligado a nadie a seguir lo que pienso. Para mí, el arte es diálogo, no imposición.
Aun así, siempre estoy lidiando con esa tensión interna. Quiero que se escuche lo que tengo que decir, pero también quiero que las demás se sientan libres. Es un equilibrio que intento cuidar.
Me siento responsable de las personas con las que colaboro y de lo que quiero mostrar, pero también me preocupa cómo equilibrar todo eso. Además, aunque hago arte, realmente no vivo de ello. Lo que hago es sin fines de lucro y funciono con subsidios gubernamentales. Eso me obliga a moverme en una línea muy delgada entre sostener una propuesta con contenido y mantenerla viable económicamente.
Por otro lado, tengo una filosofía y una voz artística que quiero expresar con honestidad. En esta ocasión, por ejemplo, pensé si debía enfatizar más la historia feminista, o si debía reflexionar más sobre la identidad de la ajumma —por el significado que tiene— y entonces me pregunté: ¿les incomodará a las artistas ese término? ¿Estoy desviándome de la narrativa por tratar de incluirlo todo?
Ese es el reto constante: cómo encontrar una voz artística propia sin perder de vista a los artistas, al público, y también a quienes financian estos proyectos. ¿Hasta qué punto puedo mantenerme fiel a lo que quiero decir, sin dejar de crear un espacio donde otros también se sientan cómodos?
- En un contexto global cada vez más acelerado y digitalizado, ¿qué significa para usted crear arte desde lo íntimo, lo sensorial y lo artesanal?
Desde el coronavirus, lo digital se ha vuelto mucho más común. Como mencioné anteriormente, ahora puedo acceder con más facilidad a plataformas como Zoom, y poco a poco me he ido adaptando a ese medio. Lo he usado para organizar actividades como esta, y la verdad es que el número de proyectos aumentó significativamente. En aquel entonces, todo se hablaba en términos de “tecnología y fusión”. Incluso en el ámbito de las artes visuales, las becas comenzaron a exigir habilidades tecnológicas, y se otorgaban en grandes cantidades.
Ahí empecé a pensar más seriamente en qué tipo de tecnología deberían adoptar las artistas mujeres para poder desarrollar su trabajo. A raíz de eso, terminé haciendo recomendaciones a artistas visuales —sobre todo mujeres— que trabajan con diferentes medios, y empecé a reflexionar sobre el tema de la accesibilidad digital desde una perspectiva de género.
También dirigí un proyecto llamado Generation X-Lab. Pensé en todas esas personas que —como yo— antes trabajaban principalmente con las manos, de forma artesanal, y que de pronto nos vimos obligadas a adaptarnos al trabajo digitalizado. Me sentía un poco arrinconada. En Corea, hoy en día, hay más personas con formación tecnológica en campos como la ciencia o la ingeniería que en las artes, y esa brecha es muy notoria, sobre todo en lo digital.
Por eso me pregunté: ¿por qué no podemos invertir la narrativa? ¿Por qué no pensar la tecnología desde la sensibilidad artística? Hay muchas artistas que abordan lo tecnológico desde la creación, desde la intuición. Claro que está bien que todo sea interdisciplinario, pero al mismo tiempo genera mucha presión sobre quienes venimos de las artes visuales y sentimos que debemos aprenderlo todo para no quedarnos atrás.
Entonces empecé a enfocarme menos en perseguir la “tecnología avanzada” y más en descubrir qué tipo de tecnología realmente necesito para seguir expresándome. Creo que eso es más importante: encontrar una tecnología apropiada, que tenga sentido para mí y para lo que quiero transmitir.
Desde mi perspectiva —como mujer, como parte de la Generación X— siento que estamos en un momento en el que no se trata sólo de alcanzar el ritmo vertiginoso de lo digital, sino de reflexionar sobre la intimidad, la sensualidad, y sobre cómo podemos colaborar con las máquinas.
- ¿De qué manera la curaduría puede ser también una forma de arte que desafía estructuras tradicionales dentro del mundo cultural?
Creo que la curaduría también puede ser una forma de arte. Actualmente estoy celebrando una reunión de investigación, y uno de los proyectos en los que estoy involucrada en este momento es un grupo de estudio en torno a If Magazine, la primera revista feminista en la República de Corea. Aunque fue publicada hace mucho tiempo, hoy la estamos releyendo juntas, en comunidad, porque sentimos que todavía tiene mucho que decirnos.
A veces escucho comentarios como: ¿Por qué elegiste el feminismo como tema en el arte? ¿No será sólo para destacar? Pero para mí no es una cuestión de estrategia ni de moda. El feminismo es una manera de seguir hablando de lo que importa, de desafiar las estructuras de una cultura tradicional. Algunas personas nos preguntan por qué volvemos a escarbar en revistas antiguas, por qué las desenterramos como si fueran reliquias. Mi respuesta es siempre la misma: ¿acaso no estamos constantemente aprendiendo historia? Entonces, ¿por qué no aprender también la historia escrita por mujeres?
La historia de las mujeres es muy valiosa, pero se olvida con fácilmente. Por eso insistimos, por eso volvemos a leer, por eso reunimos a nuevas generaciones alrededor de textos que muchas veces ya nadie recuerda. Aunque esa revista esté publicada y cerrada, sigue viva cada vez que alguien la lee y la discute. Para mí, ese acto de volver a hablar es también una forma de resistencia.
Elegí el feminismo como una forma de arte que cuestiona y sacude la estructura de lo establecido. Creo firmemente que debemos ser insistentes y consistentes. No podemos permitir que nuestras voces se desvanezcan. Si dejamos de hablar, si dejamos de recordar, también dejamos de existir en la historia.
- ¿Cómo ha influido su experiencia como mujer artista en un entorno independiente y, muchas veces, precarizado?
Las condiciones son inestables y difíciles. Fue complicado venir a México. Mi intención era traer a todas las artistas, pero el presupuesto no era suficiente y eso no fue posible. Solo una artista local estará presente, y yo seré la única que viajará.
Llevo diez años dirigiendo un espacio de arte independiente. Apenas el año pasado comencé a escuchar sobre los fondos de apoyo para creadoras en artes visuales, pero acceder a ellos no es sencillo. Hay que dividir y distribuir bien los recursos. Aunque algunas organizaciones reciben el mismo monto, muchas lo gastan todo en una sola exposición, lo cual considero perjudicial para las artistas. Es posible que esa muestra deje una buena impresión porque el artista entrega mucha obra, ya que se concentra todo en un solo evento. Pero yo no sigo ese modelo.
En cuanto a los honorarios, por ejemplo, si el espacio de exposición cuesta 3 millones de wones para exhibir a una sola persona, prefiero repartirlo en partes de 500,000 wones para que más artistas tengan oportunidad de exponer. De manera que en lugar de que exponga un único artista, puedan hacerlo seis. Hago esto, y muchas veces me critican por ello. Pero siempre digo que no trabajo para una sola persona, sino que quiero organizar exposiciones que incluyan a más gente.
También ha sido un desafío. Me he endeudado mucho haciendo esto, porque soy muy apasionada con lo que hago. Incluso cuando no hay dinero, he pedido préstamos para poder sacar adelante los proyectos y dar a conocer todo esto.
No es fácil. He llegado a endeudarme por los gastos personales, porque debo cubrir el transporte, el alquiler, y, en el caso de Space Illi, al ser un espacio antiguo, también requiere mantenimiento. Todo se sostiene de manera independiente. Sigo trabajando así: de forma independiente y usando mi propio dinero para cubrir los gastos operativos. Esas han sido algunas de mis mayores dificultades.
- ¿Qué desafíos enfrenta al abordar temas sensibles como la migración o la identidad en un contexto artístico, y cómo los transforma en oportunidades para el diálogo?
El tema es muy delicado porque estoy tratando con cuestiones que aún son difíciles de aceptar, como el feminismo. Lo que quiero compartir es un mensaje sensible, y soy consciente de que a veces lo que digo o escribo es utilizado de manera equivocada, sobre todo para fines políticos o para criticarme, lo que me genera mucha preocupación.
Me hacen esta pregunta todo el tiempo: ¿Una mujer casada puede ser feminista? Y la verdad es que me hace pensar mucho. A menudo, me critican por ser casada y, a pesar de ello, seguir siendo feminista, lo cual me genera dudas y cuestionamientos.
Es algo con lo que lucho, porque, por ejemplo, los escritores transmiten sus mensajes a través de las palabras, los músicos lo hacen a través de la música. Yo continúo transmitiendo las historias que quiero contar a través de las artes visuales. Siento que es necesario decir lo que tengo que decir. A través del arte, creo que puedo dar a conocer mis ideas de una manera más profunda, y me gustaría que el acto de compartir arte se volviera algo más interactivo, buscando una comunicación auténtica y no mecanizada. El arte puede ser una forma poderosa de comunicación, y aunque es un desafío, estoy dispuesta a asumirlo.
- En el espacio Space Illi que coordina, realiza actividades y talleres con otros artistas. En varios de ellos se destaca la exploración de los sentidos — especialmente los olores y las texturas—. En este sentido, ¿qué papel juegan los sentidos en su proceso creativo y en la experiencia que propone al público?
En el espacio artístico independiente que dirijo, no solo organizamos exposiciones, sino también una variedad de talleres y actividades artísticas. Aunque el número de visitantes es menor en comparación con los grandes museos, esta misma característica permite una interacción más cercana y profunda con el público, lo que otorga un valor especial a nuestra práctica. En particular, dado que el arte contemporáneo puede resultar complejo o difícil de interpretar, y considerando que el mensaje de la obra suele ser esencial, la comunicación con el público se vuelve aún más importante.
Recientemente, llevamos a cabo un taller en colaboración con la artista ecofeminista británica Becky Lyon. En este taller, concebimos el espacio de Space Illi —una casa tradicional coreana— como un sujeto no humano, e invitamos a los participantes a utilizar sus cinco sentidos para entablar una forma de comunicación con el espacio. Durante la experiencia, los participantes interactuaban directamente con la artista, dialogaban sensorialmente con el entorno y comprendían, a través de esa vivencia, la intención curatorial tanto del espacio como de la obra. Esta forma de intercambio sensorial ofreció una experiencia artística profunda y significativa para quienes participaron.
Entre todos los sentidos, presto especial atención al olfato y al tacto. El olfato tiene el poder de evocar de inmediato el tiempo y los recuerdos acumulados en un lugar, mientras que el tacto permite que el cuerpo, a través de la yema de los dedos o la planta de los pies, se relacione directamente con el espacio. A menudo, cuando organizo una exposición o un taller, incorporo de manera intencionada estos dos sentidos.
Por ejemplo, en Space Illi, el piso de madera envejecida, el papel mural desgastado y la luz solar que atraviesa las puertas tradicionales emanan texturas y aromas específicos. Estos no son simplemente parte del entorno físico, sino que funcionan como medios que conectan emocionalmente a los participantes con el espacio. El sentido es, en este contexto, un lenguaje artístico poderoso que permite al público sentir y recordar incluso antes de entender una obra. Por eso, no utilizo los sentidos solo como herramientas, sino que busco crear nuevas narrativas entre el público, el espacio y la obra misma a través de la experiencia sensorial.

- En un contexto globalizado, ¿cuál es la importancia de crear comunidad y cuál es el rol de arte en este proceso?
A medida que avanza la globalización, las personas y la información se conectan con mayor rapidez, pero al mismo tiempo, los individuos pueden sentirse cada vez más aislados. Por eso, creo que hoy en día es aún más importante formar comunidades pequeñas pero significativas. No se trata solo de pertenecer a un grupo, sino de construir relaciones donde diferentes identidades puedan convivir y apoyarse mutuamente.
En ese proceso, el arte cumple un papel fundamental: permite iniciar vínculos a través de emociones, memorias e identidades que no siempre pueden expresarse con palabras. Personalmente, no veo el arte como un medio para dar respuestas, sino como una herramienta para compartir preguntas e imaginar en conjunto. Así como el arte, creo que la comunidad no es algo estático, sino un proceso vivo que se construye, se ajusta y se transforma constantemente.
Jum Power, Zoom Corresponent, Jum Zoom de las artistas coreanas Kang Bora, Knag Youjeoung y Yuna Chun, se realizó en el marco del Touring K-Arts, la exposición contó con el apoyo de la Fundación para el Intercambio Internacional Cultural de Corea (KOFICE) y puede visitarse en el Centro Cultural Coreano, en la Ciudad de México, del 6 de mayo al 30 de junio de 2025.






