La fast fashion, moda desechable ajena a  las estaciones y al clima, disponible en los almacenes de ropa barata y chic, está en riesgo por los cambios en el consumo, resultado de la crisis pandémica y económica. Inditex, H & M o Primark se resienten, en un mayor o menor grado, despidos y cierres son la tónica generalizada. Varios estudios indican que las ventas globales de ropa y calzado caerán al menos un 12 % en 2020. En este contexto Giorgio Armani publicó una carta en Women’s Wear Daily, en la que pide un cambio de paradigmas en el mundo de la moda. “El declive del sistema de moda, tal como lo conocemos, comenzó cuando el sector de lujo adoptó los métodos operativos de la moda rápida con el ciclo continuo de entrega, con la esperanza de vender más … Ya no quiero trabajar así, es inmoral”, escribió el empresario.

Las denuncias de Armani  parecen ser atendidas con la renuncia de algunas marcas a las temporadas intermedias, con la vuelta a lo exiguo: otoño, invierno, primavera y verano. Los desfiles de moda, también criticados en la carta, ahora se hacen virtuales, la primera fue la diseñadora africana Anifa Mvuemba.  Hoy el diseño no es suficiente por sí mismo,  requiere una razón de ser y debe cumplir con una serie de prácticas establecidas, ya no va por delante de los usos y costumbres, como sucedió con la liberación sexual y la visibilidad de la comunidad gay, va a rebufo de lo correcto.

 ¿Estamos ante el fin del hecho individualista y emancipador de la moda, al que Gilles Lipovetsky dedicó su obra, el Imperio de lo Efímero? “La moda se halla al mando de nuestras sociedades; en menos de medio siglo la seducción y lo efímero han llegado a convertirse en los principios organizativos de la vida colectiva moderna”, prologaba el francés en su libro. Sin quizás pretenderlo Armani, y otras mentes del mundo de la moda, esté planeando un mercado de la existencia, un consumo simétrico en oposición a la oferta incesante de múltiples estereotipos estéticos, tan diversos como los estados de ánimo de una persona, la asimetría que para Lipovetsky convierte, o convertía, a la moda en un fenómeno liberador del individuo.

¿Todo debido a la pandemia?, sin duda no. En el momento que fenómenos como Instagram o Facebook absorbieron y canalizaron la dinámica de la moda, a través de la exposición de individuos que se convierten en difusores de prendas,  mezclando  contenido, vivencias y  marcas; se abrió una vía sin retorno en la que distintas ideologías se filtraban en el ecosistema publicitario. La pandemia y el parón parcial del sector de la moda solo ha sido la guinda del pastel. Ahora la moda es ideología, y la ideología está de moda.

Armani utiliza en su carta la palabra ética, cuando justamente la ideologización de la sociedad es una cuestión estética. El “deber ser” basado en un modelo uniforme por encima de la realidad y su asimetría. En una reciente columna del diario El Universal, titulada La Estética Invencible, el politólogo mexicano Mauricio Merino, analiza la línea comunicativa del gobierno de México. Merino escribe: “No importa que el discurso sea inexacto, que sea improbable o que, de plano, sea mentira. Lo que importa es que coincide con las emociones de la mayoría y construye un mundo imaginario, donde las cosas dejan de ser como eran, donde los malos y los abusivos son finalmente derrotados”.

La moda no es ajena a este discurso de lo aparentemente correcto. Entre los múltiples comerciales  que se emiten en el retorno de la NBA, esos juegos del hambre deportivos con un abanico de reality posibilidades al encerrar mega estrellas en un mismo recinto durante tres meses en la bien llamada “burbuja”; se venden playeras de los jugadores.  En el dorsal de éstas hay escritas consignas como “igualdad”, “paz”, o “justicia” (palabras que llevan años  en el hall de las oficinas de Walmart) que los jugadores  lucen en los partidos, convirtiéndose así en un millonario muro de las obviedades. El spot vende  las prendas con el eslogan “por una causa” sin especificar cuál. No es necesario, la ropa debe proyectar ideología, aunque esté vacía de significado.

Atornillar la sociedad a las causas justas parece un propósito generalizado. Se corre el riesgo de que la incorporación de ciertos valores objetivamente validos a la vida social tienda a “producir el autoritarismo”, según advirtió el filósofo Erich Fromm. La moda parece dispuesta a cumplir con su función de vestir a una sociedad en estado de irritación constante.

Puede que las demandas de Armani se cumplan, pero también puede que como ocurrió tras la Gripe Española y la Primera Guerra Mundial, florezcan en carnales pasarelas con música de Chad Crouch, unos nuevos  felices años 20. Hace un siglo la moda vivió sus años dorados, los tiempos de Coco Chanel y la liberación estética de la mujer. La sociedad tras tanta penuria se lanzó al frenesí del ocio, vestida con sus mejores y más atrevidas galas, y es que hay un profundo deseo de goce y de lucimiento en el ser humano. Ya lo escribió la poetisa china del siglo XII, Li Qingzhao, “seguro que la envidian los ciruelos que los crisantemos se avergüenzan y es que el año próximo en la balaustrada será la Reina del Otoño”