En 1918, en plena gripe española y Primera Guerra Mundial, en la ciudad de Filadelfia se celebró una concentración para la recaudación de fondos, vía compra bonos de guerra, llamados popularmente entonces Liberty Bond, con el fin de financiar la participación de Estados Unidos en el conflicto bélico. Las autoridades sanitarias de la ciudad advirtieron de lo inconveniente del evento, pues ya había casos registrados de gripe española. Asistieron 200,000 personas entregadas  a la causa de la “libertad” contra el enemigo, formado éste por los restos del Imperio Otomano, los del Austro Húngaro y sobre todo por la pujante Alemania. Sobre los efectos de la concentración humana, La Biblioteca de Filadelfia recoge que “tres días después se notificaron 635 nuevos casos” y “cada cama de los 31 hospitales fue ocupada”. La gripe española dejó 13 mil muertos en la ciudad americana.

Desde hace dos semanas varios individuos y organizaciones de distintas ciudades del mundo se están sumando, en plena pandemia, a la causa George Floyd. Protestan contra los abusos policiales hacia la raza negra, contra las injusticias socio económicas del racismo y la estigmatización que las autoridades realizan sobre algunos colectivos. Los más de cien mil muertos del Covid-19 y la errática respuesta del gobierno no es suficiente chispa para encender la llama y sí lo es un abuso mortal televisado, lo primero pone más en peligro la reelección del actual jefe de estado americano que lo segundo.

El movimiento que surgió en Mineápolis se ha ido extrapolando a otros lugares, de manera más o menos forzada, pero con similar simbología, eslóganes y coreografías. Estas concentraciones, como tantas otras, en algunos casos están teniendo altercados violentos, logrando con ello robar espacio mediático al Coronavirus, a sus efectos y a cómo están siendo las gestiones de las entidades públicas para controlarlo. En México el surrealismo tiñe un asunto tan serio como la violencia, de la cual las fuerzas de seguridad son solo un sujeto activo más del problema. Unos jóvenes anarquistas que asaltan enfebrecidos tiendas de Adidas, son los adalides de una protesta, frente a una autoridad que no quiere serlo. El fin de la violencia  merece un paro de toda la sociedad, en el que es inevitable sean señaladas las fuerzas policiales, las militares, los gobiernos, partidos, sindicatos, empresas, y hasta un señalamiento individual a cada uno de los ciudadanos capaces de vivir con esta sangrienta realidad de 83.5 homicidios diarios, dato de los últimos Informes de Seguridad que cada día publica la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. El hartazgo ante la complejidad de la violencia, no queda representado por banderas rojinegras, ni por las moradas ni por las blanquiazules, ni siquiera por la tricolor, es un problema de seres humanos que pagan impuestos, salen a trabajar cada mañana, estudian o  eligen un lugar para gastar su dinero y tiempo conociendo otro territorio.  Pero caricaturizar un problema social a través de la violencia, o tapar otro con ella,  no es un invento nuevo.  En 1968 Richard Nixon planteó su elección con un combate frontal contra el movimiento pacifista. La radicalización de una parte de éste, ayudó a  lograr contra todo pronóstico, la victoria de Nixon, gracias a su promesa de establecer el orden público.

Entonces y ahora la juventud es el principal sector poblacional que nutre, mayoritariamente de manera pacífica, estas revueltas callejeras. Rebeldía grupal, iniciaciones varias, conciencia de lo social, ruptura de la rutina, confrontación con lo establecido, agitan poderosamente dopaminas, endorfinas, serotonina y otras sustancias químicas del organismo que disminuyen los temores y curiosamente la conceptualización del resto de la sociedad como un hecho humano, y no como un ente abstracto que obstaculiza aspiraciones de  ajustes sociales. Schopenhauer escribió que durante nuestra juventud “estamos casi siempre descontentos de nuestro estado y de nuestra vecindad” porque nos recuerda la miseria de la vida humana que conocemos por primera vez. Hay un poderoso deseo instintivo y vital que explica por qué urge más la pandemia del racismo, para la que al menos en lo legislativo y judicial ya están establecidos los mecanismos para combatirlo, que el implementar medidas para evitar el número de muertos y contagios que en EEUU es especialmente cruel con la población negra. “Every day niggas get stretched” cantaba en su primer y último largo duración, publicado hace apenas dos meses, el rapero neoyorquino King Shooter. Muerto por una cirrosis, que empujó el Covid-19, hasta acabar con el más interesante artista novel de gangsta rap.

Pero hay otros actos que nos enfrentan a la alegre  violencia inherente en eventos cotidianos. A  pesar de los muertos que nos acechan, hemos de reunirnos por el día de la madre –dos semanas después México batió récords de defunciones y contagios-, el del padre, el cumpleaños, el partido de fútbol, la boda, la comunión, los quince, el fin del ramadán o la despedida de un médico residente- causa de varios contagios de médicos la semana pasada en un hospital madrileño-.  Nuestras decisiones están conformadas por una búsqueda de placer, sea un flashmob protesta o el aniversario de los abuelos. El placer tiene una característica predominante, “se limita al presente”, máxima del filósofo griego Aristipo, ya que, como defendía su escuela de pensamiento, la cirenaica,  no se puede mirar el pasado sin lamentarse, ni al futuro sin recelo. El hombre no debe apenarse porque no hay enfermedad más grave que la pena, pensaban los cirenaicos, y parecen darles la razón millones de desafiantes ciudadanos que alegremente brindan con motitas de virus por todo el mundo, mientras unos cientos de miles gritan con fuerza contra la injusticia, formando un solo sistema inmune a costa de unos cuantos.

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