La pandemia apenas ha empezado, estamos en el principio de un periodo histórico marcado por la muerte, la enfermedad, las restricciones sociales y las dificultades económicas. Hay un par de generaciones que por ello están viendo truncado el final de sus vidas tal como lo tenían planeado. Los que fueron jóvenes en la generación “prodigiosa”, los años 60, ahora todos entre los 70 y 90 años, de la pandemia del Coronavirus solo pueden sacar la conclusión del fastidio. Se les desbarajustó el plan de vida final,  por la hecatombe que el virus produce en sus organismos, y la constancia de que el espacio que esperaban disfrutar les quedó vedado.

La generación que viene tras ellos, jóvenes de los 80 y 90, está básicamente temerosa, apenas ofrece resistencia verbal o mental a lo que el virus trae a nivel social, obligados, ante todo, a producir lo suficiente pensando en el mañana, en una posible jubilación más en penumbras que nunca. Los que andan entre los 40 y 60 están a verlas venir, como peleles. Las lección que pueden sacar es solo una, salir cuanto antes para retomar planes, trabajos y vida social. El temor por su salud se halla en equilibrio de importancia con el de su economía, un  día pesa más uno que otro, con un simple dolor de garganta como factor determinante de la alternancia.

Los que tienen de 40 a 20 son los que cuentan con crédito temporal suficiente para alinear conclusiones de esta experiencia pandémica. El reto que tienen es  organizar nuevos valores acordes con los cambios de los últimos 30 años, ya establecidos como realidades, y someterlos al estrés de shock de una constante inevitable en la historia del hombre, la expansión de un virus mortal por el planeta tierra-tiembla Marte que vamos para allá-. Visto desde el punto de vista del filósofo o del sociólogo, podríamos decir, incluso, que el Covid-19 es una oportunidad de oro para comprobar la valía de los sistemas sociales que nos rigen, de sus valores. Pero el destino tiende a reírse del hombre como especie. Las características asesinas del virus, con su regusto por los ancianos, puede que en vez de provocar una catarata de cuestionamientos críticos, traiga un afianzamiento generacional y del equipaje ético  que cargaba hasta encontrarse con el Coronavirus y sus consecuencias.

En su libro del año 2002, Multitudes Inteligentes- La próxima Revolución Social, Howard Rheingold,  describe y analiza el desarrollo tecnológico desde los años 70 y cómo éste trajo una nueva forma de relaciones sociales con nuevos “códigos éticos”.

“El término hacker, antes de aplicarse al pirata informático que entra ilícitamente en ordenadores ajenos, se acuñó en los años sesenta para designar a las personas que creaban sistemas informáticos. Los primeros que se denominaron hackers eran leales a un contrato social informal llamado la ética hacker”.  Rheingold, en su libro, forma una teoría social surgida de este código entre programadores. Este decálogo no escrito contenía los siguientes epígrafes según Steven Levy, periodista especializado en el tema: “El acceso a los ordenadores debe ser ilimitado y total. Siempre tiene prioridad el imperativo práctico sobre el enfoque teórico. Toda información debe ser libre. Desconfiar de la autoridad; fomentar la descentralización”. Los albores de la sociedad digital eran un canto a la cooperación absoluta, gracias a la relación sin intermediarios que facilita la tecnología.

Todavía  quedan algunas muestras de esta forma cooperativa idílica en el campo de la música, disciplina que cuenta con  un capítulo en el libro, con la comunicación digital de herramienta, el último trabajo de Golden Retriever and Chuck Johnson, realizado desde la distancia del confinamiento es una de ellas. Pero los años 70, incluso el 2002, quedan muy lejos del 2020. Sin ver las contradicciones y peligros reales, Rheingold, describió con acierto las máximas que regirían las interacciones sociales en la era digital. “Existe una relación directa entre el tipo de capital social que comenta Fukuyama y el uso de Internet como red de formación de grupos” escribió el autor estadounidense. Para Fukuyama el capital social es la capacidad que nace a través del predominio de confianza surgida entre la sociedad o grupos de esta. Ese término, “confianza”,  es la clave  para entender el andamiaje ético que impera hoy. Probablemente el que da fortaleza moral a los jóvenes, porque la ética de la “confianza” en eso se ha convertido, en el imperio de una nueva era moralista. En todo el desarrollo teórico de la obra Multitudes Inteligentes, la información personal determina la interacción social, esta solo se puede producir bajo el baremo de la “confianza”. El escrutinio de las opiniones y los actos de los pertenecientes a una red tecnológica es clave para la admisión de estos. En una relación social anterior a la era de las redes, dos personas podían establecer una relación profesional de años sin conocer el uno del otro más que sus capacidades laborales.

Hoy la “confianza” marca el alcance de las relaciones . “Todo encuentro social de usuarios de electrónica para llevar puesta donde se produce un intercambio automático de datos personales, o de ancho de banda, o de mensajes procedentes de terceros, conlleva computaciones individuales sobre dónde se sitúan los intereses individuales de cada participante en relación con una computación sobre el grado de fiabilidad de la otra parte” argumenta Rheingold. Así las relaciones sociales están determinadas por un juicio previo de sus integrantes, no por una conclusión cocida a fuego lento del encuentro humano conformado por actos y opiniones. Estas reglas del juego solo necesitaban competiciones que las alimentaran. ¿Quién es más ecologista?,¿ quién no?,¿feminista?,¿machista?,¿patriota?, ¿pet friendly?, ¿animal hater?,¿anti patriota?,¿corrupto?

El juicio moral es la herramienta de la nueva dinámica de los valores sociales. En el 2002, Mark Zuckerberg, aún buscaba financiamiento para Facebook, pero los reglamentos del comportamiento de sus futuros usuarios ya estaban establecidos, el poder intimidatorio, uno a uno, de los integrantes de esta nueva forma social.

La entrega de la intimidad, pre-juzgar al otro, la estratificación de opiniones como si de un almacén de ropa se tratase, ‘sección de honestos, cuarta planta’, la inquisición democrática, la auto censura, estereotipar al que diverge,  eran el caldo de cultivo con el que las huestes humanas llegaron a Covid-19. Y claro en esta caza de brujas global, nadie estuvo atento a los verdaderos peligros de la sociedad, al fin y al cabo ¿no nos salva la honestidad de todo mal?, eso y una buena alimentación.

Podríamos pensar que una pandemia nos devolvería el verdadero valor de la vida, la relatividad de nuestras opiniones, lo efímero de la existencia que nos debería unir para compartirla plácidamente, la poca importancia de las ideologías, el humanismo, en definitiva,  alejándonos del moralismo absolutista. Pero no, resulta que los más afectados por esta era del intrusismo tecnológico, de la comercialización de la existencia previa pasó por la “confianza” de la red, los jóvenes, son, salvo excepciones, los menos vulnerables a los estragos del virus. En contraste casuístico, y casual,  la gripe española de 1918 era especialmente virulenta con los  adultos jóvenes. ¿Será que después de tanto sufrir ni siquiera vamos a tener nuestros “felices” y  libertinos años 20?

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