H.R. Giger es un artista quien a menudo es encasillado de forma decidida en los cánones más representativos del arte de tintes macabro; misma situación que se debe a una serie de exploraciones estéticas las cuales tienen por principal misión prestarle visibilidad al mundo de las pesadillas; sin embargo, al momento de repasar de forma amplia la obra de este artista suizo se vuelve más que evidente el hecho de que su legado va mucho más allá de simples nigromancias plásticas.

La conceptualización de lo “siniestro” es, sin lugar a dudas, el combustible ideal del arte de Giger; misma categoría que no sólo debe de comprenderse como una sensación de extrañamiento -preámbulo del horror-, sino también como una suerte de “nuevo lenguaje” en el que múltiples elementos -generalmente contradictorios entre sí- se unen para dar pie a revolucionarios sistemas cognitivos que trastocan sin miramientos los límites de la propia existencia.

La etapa “biomecánica” de Hans es muy probablemente una de las más conocidas, sin embargo, este estilo no es sino una muestra de las capacidades del artista para unir mundos a través de una afilada visión periférica en la que la fantasía se antoja como un reflejo inconsciente de nuestra propia realidad.

A lo largo de la producción artística de Giger nos encontramos con un amplísimo caudal de fusiones imposibles, quimeras que tornan borrosas las fronteras entre lo orgánico y lo sintético; lo humano y lo bestial; lo placentero y lo aterrador; mismo manifiesto que parece tornarse el simulacro utópico por excelencia de una era postmoderna la cual simple y sencillamente se encuentra al borde de un colapso tanto existencial como socioeconómico.

H.R. Giger Alien exposición solo con la noche terror

Ante las divisiones y lejanías de un mundo sumido en la destrucción, Giger parece sugerir una solución final: la cohesión definitiva entre formas de vida y experiencias sensoriales, misma decisión que nos permitirá desechar las fronteras que anteriormente nos dividían como entes ideológicamente encapsulados para sumirnos en un caldo perceptivo en el que todo tipo de sensación reverbera de manera infinita para producir conexiones insólitas.

La humanidad -y todo lo que está vinculado a ella- se transforma en un mismo cuerpo el cual no sólo responde a antípodas ultrasensibles sino que es capaz de trascender más allá de todo tipo de ostracismo metafísico para transformar a la carne en la economía por excelencia del alma.

Es de esta manera que las divisiones entre el cuerpo material y el mundo de las ideas quedan anuladas del todo para dar lugar al cuerpo que siente, que vibra y que esconde en los tejidos más mundanos de su carne una llave para acceder a los secretos del Reino Espiritual.

Giger reclama como suyo el pensamiento oceánico -antaño tan manoseado por los abstraccionistas- para revestirlo de un tremendismo sublime que nos recuerda que la belleza es un acto ritual, una bofetada en la cara que nos saca de los privilegios de nuestra certeza física para introducirnos en mundos que nos hacen temblar tanto de gozo como de desconcierto.

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