Atardece en San Miguel de Allende. Me encuentro en la habitación de un hotel fantástico y de un salto escapo de la cama tras una siesta para asomarme al pasillo del sitio donde me alojo: descubro muros amarillos y sillas apodadas como calaveras, macetas de mosaicos reflejantes y vegetación delineando las esquinas. Con la caída del sol, nace allí una postal atemporal.
Casa Hoyos tiene dos huéspedes constantes: confort y estilo. Fue tienda de semillas en los años 30; hoy, su fachada —donde una placa anuncia que justo ahí nació Pedro Vargas— detiene en seco el ambiente de la Plaza de la Soledad. Me preparo un espreso en la habitación y salgo a sentir las calles. Me esperan días donde memoria y futuro habrán de encontrarse.

Estoy en Guanajuato gracias a la invitación de GEMA, una plataforma que proyecta una nueva generación de experiencias en San Miguel de Allende. Gastronomía, Enología, Mixología y Arte convergen en una iniciativa permanente que busca consolidar a la ciudad como uno de los grandes destinos prémium de América Latina.

Cobijado por un excelso trato, camino tranquilo y sin rumbo por las calles aledañas al hotel. Me cruzo con formas y sonidos únicos. Todos con denominación de origen. Corazones sangrantes y ángeles en éxtasis. Quelites y tacos. Muñecas de trapo, baleros de madera. Sombreros y pulseras, Nieves, pedos de monja y agua de lima. Hoteles y boticas. Restoranes y librerías. Cantinas e iglesias. Churros y mezcales.



Regreso a Casa Hoyos para llegar a su terraza, donde se halla Tonana, y lo hago justo a la hora para pedir un negroni mientras una figura de Tonantzin me mira de reojo. Vaya horizonte el que se tiende ante mí, el cielo se sonroja sobre cúpulas de iglesias circundantes. Descanso mi trago en las fauces de un cocodrilo de madera mirando el abanico de bebidas que se sirven en el bar. Esto es pasarla bien.


Me inclino entonces por un Sierra Oculta (bacanora, tomate cherry, azafrán, fresa y naranja) y sorbo recordando mi comida en Raíces, en especial su deliciosa agua de aguacate (servida de la mano de Vanessa Romero), y la sesión de sound healing que viví más tarde en La Morada. Paladeo mi trago pensando que entre cuencos me relajé tanto, que apenas conseguí volver a mi habitación para tomar una siesta harto profunda.



Así, con un par de tragos encima, me dirijo hacia Agavia, donde, al lado de la chimenea —cerquita de las parrillas—, estiro el gozo degustando un pulque de primera, con todo y su jarrito de barro, gracias a la hospitalidad de Nelcy Martínez Luna y Jesús Arellano. Brindo conmigo mismo: San Miguel de Allende ha de ser una de mis ciudades favoritas. Me anclan a sus calles recuerdo y sentir con años de añejamiento.



Trabajé por tres años consecutivos para el festival de cine entonces llamado Expresión en Corto y así recorrí la oferta gastronómica de San Mike a nivel calle, así como todas las cantinas cutres que encontré entonces. Ciudad de contrastes, esta me abrió sus portones para embrujarme de por vida. Sus suelos resbaladizos y empinados y sus farolas amarillas atestiguaron mis correrías de madrugada a la salida de templos del calibre de La Cuca, El Tenampa o El Gato Negro. A la fecha, las iglesias de San Miguel de Allende guardan rezos y brindis de mi vida que cito de memoria.
A la salida de Agavia, con unos ostiones al horno de leña rondando todavía mi paladar, retumban las campanadas que crujen el tiempo en la cotidianidad sanmiguelense, todo mientras camino disfrutando la quietud de la noche. Cruzo la parroquia, admiro un paisaje solitario, recuerdo días idos, días cinematográficos ciertamente. El silencio guarece y duermo como rey en Casa Hoyos, aunque antes paso a Galería Punto Actual a curiosear un poco. Hay que descansar, se avecinan jornadas cargadas de actividades.

GEMA contempla una agenda incansable de experiencias, encuentros gastronómicos, happenings culturales y proyectos especiales que se desarrollarán a lo largo del año. Su plan es consolidar así una comunidad activa de creadores, empresarios, productores y artistas, todos compartiendo una misma visión de la ciudad. La hospitalidad, sí, opera como eje; sólo de tal forma la altura de la experiencia se emparejaría con la excelencia.
A la mañana siguiente tengo cita con un par de artistas, Daniel Valero y Cecilia García Amaro. El primero se encuentra en La Aurora, donde se localiza su espacio propio, Mestiz; la segunda, es reconocida como pintora, poeta y música. Cruzar ambas personalidades remarca diferencias, pero también afinidades. Valero apuesta por colores vivos para crear mobiliario, textiles y vajillas ayudado de materiales como el mimbre, la cerámica, la palma, la madera y el tule; García Amaro retrata sobriedad abstracta en el lienzo y mexicanidad folclórica en su canto.


Sus respectivos espacios son extensiones de su sensibilidad, yendo del contraste con voltaje a la introspección serena. Conocerles, conversar, opera como la antesala para visitar la Hacienda San José Lavista, donde sus bodegas y viñedos habrán de protegerme de la lluvia que se aferra a caer mientras unas cuantas copas de Assemblage toman su turno y el chef Ghunter Yong comanda la cocina.


El día acaba en la terraza de Amatte, en Aruma, con un menú a ocho manos: las de Carolina Verdugo, Miguel Bahena, Pablo Gil y Raymundo Gutiérrez. Allí, el milkbun de cangrejo con queso parmesano hace a cualquiera pararse de manos. ¿Se puede estar mejor?

Al siguiente día el desayuno es en Rosewood. Enchiladas verdes, café, una conchita. Se trata de un hotel vasto de jardines, pleno de arte en sus paredes. Antecede la inmensidad del Viñedo San Lucas, donde pruebo sus uvas directo del racimo para luego darme unas cuantas copas de La Santísima Trinidad, ya perdido en el verdor de la tarde en un horizonte tapizado de viñedos. De ahí, directo a Otomí Residencial, un espacio donde se prepondera el deporte ecuestre y los mezcales se sirven generosamente; sostengo charla con Daniel Estebaranz (BUI Cocina de Campo). Anfitrión de primera.


Después, la cena en Hacintto luce atractiva. Recalco el sabor del rabo de res (cocinado por 14 horas) acompañado de un jugoso listado de tragos preparados por Yuranzi Silva desde la barra. Con flamitas en la cabeza, ya a deshoras, deambulando por los alrededores del Jardín Allende me topo con un speakeasy donde uno mismo se prepara sus bebidas, con todos los aditamentos a la mano, incluido el delantal: Mixtura. Es de esta manera que acabo tal y como empecé este viaje, con un negroni. ¿Se puede ser más feliz que cuando se agita el shaker?


Converso con la gente de GEMA entre brindis. Me entero de que hay planes, en un futuro inmediato: del 26 al 30 de agosto, el mismo San Miguel de Allende será sede de la primera edición de GEMA (Gastronomía, Enología, Mixología y Arte, palabras mágicas todas), con la organización de la plataforma y el impulso de la iniciativa privada. Todo con tal de fortalecer el posicionamiento de la ciudad como uno de los destinos culturales, gastronómicos y de estilo de vida más relevantes de América Latina. Las palabras mencionadas son clave: esas cuatro expresiones conforman una misma historia.
Mientras calo un Rococó a sorbitos en aquel speakeasy, se me confirma que sí, del 26 al 30 de agosto, restaurantes, viñedos, galerías, hoteles y espacios públicos se convertirán en escenarios para cenas especiales, experiencias enológicas, rutas de mixología, intervenciones artísticas y encuentros diseñados para celebrar el talento creativo que distingue a San Miguel de Allende. Brindo, obvio. Eso suena a un gran plan. Lo agendo.

Al despertar, resta el bonus track del álbum de viaje: Casa Dragones. Marido allá tequila con chocolate y sopes, afilando aromas, texturas, consistencias. Una experiencia en una casa excepcional (ahí mismo Hidalgo y Allende llegaron a juntarse.) Al final, un túnel de piedras y árboles me indica la salida, el adiós de una estancia donde he divisado un San Miguel de Allende que apuesta por trenzar vanguardia y tradición.

Me alejo de Guanajuato por la carretera, ya nostálgico por una ciudad cuyas plazas se aferran a conservar la postal que durante siglos le ha dado una personalidad a uno de los destinos turísticos más emocionales del país sin que esto signifique ignorar el trote urgente del presente, donde se apuesta por un futuro boyante. Honestidad no falta, tampoco respeto. Ahí la raíz de un tronco cuyas ramas pretenden arañar las nubes que pueblan un cielo profundamente azul, el más fascinante que México jamás verá.

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