En la historia del arte –y la literatura no es la excepción- hace falta la insolencia para darle un buen empujón. Y es que hay que tener un par de cojones bien puestos para comenzar una novela parafraseando a Pedro Páramo. Mateo García Elizondo decidió que su primera obra publicada comenzara de la siguiente manera: “Vine al Zapotal para morirme de una buena vez”.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

¿Qué hubiera pasado durante un proceso normal de dictamen de un escritor emergente que desea publicar en un sello con el prestigio de Anagrama? En otros casos, un editor severo quizá reprendería a ese talento emergente por tamaña osadía, que incluso levantaría escozor durante las ardientes sesiones de un taller universitario. Pero a fin de cuentas los apellidos cuentan, y este chilango, nacido en 1987, no sólo tiene a un abuelo legendario en términos literarios, sino dos. Mateo es nieto de Gabriel García Márquez y Salvador Elizondo. Aunque ha reiterado que creció casi sin la influencia de la obra de sus respectivos antecesores.

Y también tendríamos que regresar a la insolencia y el arrojo al mencionar que Una cita con la Lady es la historia de un joven que tras años de atasque decide viajar hasta la ignota provincia para darse el chute final. Tenemos que tener en mente que ahí está Yonqui de William Burroughs como un referente de gran peso.

Luego entonces, el hallazgo no pasa tanto por lo que se cuenta sino por cómo se cuenta. La novela cobra sentido a partir del equilibrio del lenguaje, que abreva de la cultura popular sin que se sienta forzado y que justifica en la clase social del protagonista esa habilidad redactiva, plasmada en un cuaderno en el que ese espectro viviente deja testimonio de su paso por los parajes del arponazo y que acompaña con el sopor del opio.

Ese despojo humano atestiguó como su novia se inyectó hasta morir, acompañó a sus amigos en ese proceso de muerte lenta, pero seguía ahí: incólume y pinchazo tras pinchazo. Su mayor deseo es fundirse con la nada a través de un subidón postrero, pero descubre que el reino de la muerte convive con la otra realidad con la misma naturalidad que en Comala. 

Así, un fugitivo de la ciudad se topa con un misticismo ancestral y pasa a ser un elemento más de ese juego entre la memoria, los resabios de otras vidas y un limbo que parece extenderse sin límite en la vastedad latinoamerica.

Mateo García no extiende la novela innecesariamente; Una cita con la Lady es efectiva como un jeringazo de heroína bien pura. Nos convence de que conoce a fondo los secretos del inframundo más adicto y para ello agrega imágenes fuertes no exentas de secreciones, vómitos y otros efluvios. Podemos sentir lo rascuache de un sitio como el Zapotal y la miseria existencial de un tipo al que se le va haciendo tarde para fallecer.

En la FIL de Guadalajara la presentó el reputado escritor Jorge F. Hernández (otro peculiar logro) y le agradeció haber evitado que apareciera “cualquier pinche mariposa amarilla”. Acá hay muy poco de sus abuelos y una mega dosis de Rulfo. Acierta a la hora en que vida y muerte se sientan en un tugurio pútrido para beberse unas cervezas tibias.

Si tuviera que comparar esta novela con un disco, diría que se parece a una obra que sin problema alguna podría haber firmado Draco Rosa o Devendra Banhart. En ella podemos acompañar a los fantasmas hasta las haciendas abandonadas, dormir con ellos una siesta tirados en un petate o bailar temas lentos en la cantina siguiendo la melodía de un tiempo inextinguible.

García Elizondo se formó el Londres, quizá la distancia para con la complejidad latinoamericana le mostró esa senda opiácea para regresar hasta sus entrañas más pestilentes. Al final, la Lady impone su rigor y la dignidad humana se tira de un despeñadero. Lo único que queda es una jeringa oxidada y sanguinolenta… vacía.