Desde la publicación del primer videojuego con un soundtrack, Space invaders, en 1978, los videojuegos sostienen una relación cercana, casi esencial, con la música que los acompaña. A medida que la popularidad del medio creció, lo hicieron también sus compositores y, canciones que simplemente servían como acompañamiento se convirtieron en piezas clave de la cultura pop. Un tema como el de Super Mario Bros de 1985, compuesto por Koji Kondo, es reconocido al mismo nivel que un hit de Michael Jackson. Por esto no es de sorprender que la industria musical viera una oportunidad de publicidad por medio de los videojuegos. 

TXT:: Adrián Ávila Pérez / @thewebsterror

Una de las primeras bandas en sumarse a este medio fue Journey, quien en 1982 lanzó un videojuego para la Atari 2600 titulado Journey escape, desarrollado por Data Age. En él, había que guiar a los miembros de la banda hasta su autobús, sorteando  fanáticos y paparazzis. Aunque el concepto era novedoso, el juego carecía de concordancia entre la música y las mecánicas. Al final, parecía que cada uno iba por su lado dejando un mal juego con la música de Journey. No obstante, esté no fue el único experimento; la banda sacó otro juego en 1983, tampoco tuvo muy buena recepción.

Durante muchos años, otros tantos juegos se desarrollaron básicamente con la misma filosofía de diseño. Es decir, mostraban la música de los artistas, pero ésta servía más como algo meramente decorativo que como parte integral de las mecánicas. Tenemos el Michael Jackson’s Moonwalker (1990) de SEGA, el Queen: The eYe (1998), el Ed Hunter (1999) de Iron Maiden, entre otros tantos. Sin embargo, mientras muchas de las bandas sólo pensaban en promocionar su música, otros juegos se focalizaron en hacer de la música parte integral del juego. Uno de los primeros intentos fue el Dance aerobics (1987) de NES, que utilizaba el tapete Nintendo Power’s Pad para seguir la música y hacer ejercicio.

Años más tarde, en 1996, NanaOn-Sha y Sony PlayStation revolucionaron la escena musical en los videojuegos con una de las primeras obras que estaban basadas enteramente en la música: PaRappa the Rapper (1996). Éste es considerado el primer videojuego de ritmo. El objetivo: presionar botones en el momento preciso siguiendo la cadencia de la música. En él jugamos como PaRappa, un rapero canino, que busca conquistar el corazón de su crush, Sunny Funny, por medio del rap. Durante varios niveles, deberemos enfrentar a otros raperos siguiendo la música de Masaya Matsuura y aunque el soundtrack no es tan famoso como el de bandas populares, realmente es posible jugar con la música.

La importancia de PaRappa the Rapper es remarcable en la cultura musical de los videojuegos porque popularizó un género que daría paso a juegos como Pump it up (1999), mejor conocido como “la maquinita de baile”; Guitar Hero (2005) y Osu! (2007), entre otros. Pero la integración de la música en los videojuegos como parte de las mecánicas no se quedó allí. Años más tarde, durante la segunda década del siglo XXI, los videojuegos indie comenzaron a explorar el terreno musical. 

Crypt of the NecroDancer (2014) de Brace Yourself, retomó el género del ritmo y le dio un giro de tuerca interesante. En él jugamos como Cadence, la hija de un cazador de tesoros, y debemos recorrer una serie de mazmorras para encontrar a su padre; algo así como jugar un Zelda clásico con música. Entre mejor se lleve el ritmo en el juego, más ventaja se tendrá contra los enemigos y la música resulta esencial para las mecánicas. Esta obra permitió ampliar la filosofía de diseño en cuanto a los juegos musicales y dio paso a obras que comenzaran a experimentar con posibilidades lúdico-sonoras.

Otro de los pasos  en la evolución musical en los videojuegos fue sin duda Sayonara wild hearts del estudio sueco Simogo. Aunque el juego sigue los lineamientos del género de ritmos, fue una obra que servía como álbum interactivo; a diferencia del Biophilia (2011) de Björk, o PolyFauna de Radiohead (2014), aquí encontramos una historia clara y una intención más lúdica que artística. En Sayonara wild hearts, el jugador debe controlar a la heroína en su viaje por tratar de reparar su corazón roto durante 23 niveles que sirven como las pistas de un álbum. Este juego ganó el British Academy Game Awards por Artistic Achievement.

Al ser un medio relativamente joven, los videojuegos aún no han alcanzado a explotar sus posibilidades en todos los terrenos. Estamos en un momento clave para los juegos musicales. El año pasado, la obra indie Everhood (2021) reinterpretó el mismo concepto de Guitar Hero al crear un juego de ritmo donde la intención es evitar que te toquen las notas musicales. Para este 2022 se espera After love EP, una novela gráfica con elementos de juegos de ritmo que se enfocará en la historia de un joven que debe cumplir una promesa a su novia. Nos queda esperar, jugar y escuchar.