“En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado.” (Borges,1944). Para los que no han leído el cuento de Funes, prometo no dar spoilers. Funes un tipo con una particularidad que no cualquiera quisiera tener (o al menos eso pienso). ¡Imagínate! Te acuerdas de todo, todito, todo, no solamente de lo que vives sino de lo que puedes percibir en tus sueños, en tus escenarios imaginarios, en serio en todo. ¡Uf! Memorioso se queda corto para describir al tal Funes.

TXT:: Teresa Núñez Fortoul

La memoria, desde mi punto de vista, es el pendular entre el olvido y el recuerdo. Desde el ¡Ay, dónde deje mis llaves! a ¿Te acuerdas cuándo en la prepa se armaba la reta? Todo el tiempo tenemos olvido y recuerdo. Nuestra mente se mueve de uno al otro. Sin embargo, a lo largo de los últimos años estos movimientos, entre recuerdo y olvido, no han sido tan pendulares. Me refiero a las memorias digitales que hemos construido a lo largo de nuestras vidas. Estas pueden ser desde tener una cuenta de redes sociales o tener un teléfono inteligente, ambos van acumulando recuerdos digitales, byte por byte, y muchas veces no sabes ni cómo lo hacen. Una anécdota muy particular fue cuando mi Facebook me forzó a recordar. Hace unos días, apareció una fotografía de hace tres años y mi pregunta a Facebook fue ¿quién te dijo que yo quería recordar eso? ¡Hasta me enojé! A pesar de estar enojada, la culpable era yo. La fotografía la seleccioné yo, la edité yo y la subí yo. El recuerdo dentro de esa memoria yo lo había posibilitado, pero a su vez, en esos tres años que transitaron, mi olvido había estado ahí desapercibido. Durante los últimos meses me ha ocurrido lo mismo. Alguien le ha brindado la capacidad a Facebook y a otras redes sociales de hacernos ver recuerdos que ya estaban sumergidos en olvido. Las memorias digitales que hemos construido pareciera que tienen vida propia y que andan por ahí solas en Internet. La situación es que la tecnología no nace de la nada, nosotros la construimos, la valoramos, la posibilitamos y la habilitamos.

En este momento, volteaba, a ver mi celular y a mi computadora como un Funes, siempre recordando, nunca olvidando. “El memorioso” ahora era Internet y pareciera, que lograr el olvido era una de las cosas más complicadas en este mundo. Pasé toda una tarde tratando de deshabilitar “los recuerdos” de Facebook y nunca di con el botón o comando para lograrlo. Ahora, yo quería lo que tanto anhelaba Funes: poder olvidar. “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras.” (Borges). No quiero juzgar o colocar un adjetivo negativo a esta tecnología, pero en los últimos años se han planteado situaciones en las que el olvido tiene un lugar y que debe de ser respetado y delimitado, dentro de la memoria digital. Actualmente, la Unión Europea cuenta con una legislación llamada Derecho al Olvido. La cual posibilita que puedas enviar una solicitud a Facebook, Google u otros medios digitales para que tu información sea retirada y no pueda ser consultada de ninguna manera. En México, hoy existe la Ley Olympia, la cual se centra en proteger a las victimas de violencia digital de género o acoso en línea. La Ley explícitamente no indica o menciona un olvido, pero lo que se plantea es colocar esos contenidos dentro del olvido de la red para que la violencia no se siga perpetuando. Además de condenar a quienes distribuyen y filtran estos contenidos. Quizás replantear o repensar el olvido en la web o en las memorias digitales es algo importante. Lograr el olvido para una víctima es quizás la manera en la que se pueda resignificar su proceso de violencia. Por lo que, integrar el olvido a lo digital no es tan descabellado. A lo mejor en algún momento lograremos ese movimiento pendular en la web.

La transformación del recuerdo y el olvido es algo que continuamente esta pasando en las redes sociales. Actualmente, tecnologías como Snapchat o Instastories tienen la posibilidad de olvidar. Los contenidos se suben a la plataforma y el usuario puede decidir si se olvida en 24h o es almacenado en algún lugar. Desde mi perspectiva, la necesidad de olvido llegó, pero no hemos sabido cómo implementarla. Podemos pensar en el derecho a recordar y a olvidar, pero para implementar esto debemos de hacer preguntas. Debemos cuestionar qué posibilita un recuerdo o un olvido. Será necesario cuestionar: ¿Queremos recordar todo? ¿Para qué sirve esta gran memoria? ¿Qué implicaciones éticas tiene guardar y preservar un recuerdo? ¿Quién debe recordar? Y, por el otro lado se puede preguntar: ¿Quién olvida a quién? ¿Cómo le hacemos para no olvidar que hay que olvidar? ¿Qué es olvidar? y ¿Cuál es el papel que juega el olvido en nuestras vidas?

Las tecnologías como Internet han logrado que nos olvidemos de olvidar. Desde mi visión hacer memoria no solamente es recordar, también incluye nuestros olvidos. Pensando al olvido como una posible herramienta que nos ayude a abrir otros caminos o que pueda resignificar el recuerdo. Ni los recuerdos, ni los olvidos son estáticos, ni permanentes. Ellos van, vienen, se transforman, pero por qué no le hemos dado esa habilidad a nuestros artefactos. Quizás, recordar todo es una maldición y olvidar es una bendición o viceversa. ¿Dónde colocas tus olvidos? y ¿Para qué te ha servido olvidar?