En Pachuca, la Fundación Arturo Herrera Cabañas lleva más de 30 años haciendo algo que no se puede medir fácil: sostener comunidad a través del arte. Nació en 1995 como una extensión del trabajo de Arturo Herrera, un gestor obsesionado con que la cultura sucediera en la calle y no en vitrinas cerradas. Desde entonces, el proyecto ha sobrevivido a cambios de administración, crisis y pandemia, siempre bajo la misma idea: abrir espacio, aunque no haya presupuesto.

La casa, en Allende 113, no siempre fue lo que es hoy. Fue escuela, banco, sede política… y estuvo a punto de convertirse en estacionamiento hasta que fue recuperada para uso cultural. Desde hace más de dos décadas, ese lugar funciona como un organismo vivo: exposiciones gratuitas, talleres de dibujo, grabado o filosofía, danza aérea, muro de escalada, recorridos por Hidalgo, biblioteca, conciertos, bazares. Todo con entrada libre o facilidades de pago, porque la lógica nunca fue excluir.
Y en medio de eso, lo importante: las primeras veces de artistas
Expos como El tiempo que habitamos o Campo santo, donde artistas locales convierten lo íntimo en sala pública. Proyectos como Semillero de Artes Vivas, que hacen de Pachuca un mapa sonoro, emocional, raro. Colectivas como Razones de vida, donde 10 artistas emergentes comparten 30 piezas sin pedir validación externa. Aquí no se estrena para “ver qué pasa”: aquí se empieza.
También hay algo menos visible pero igual de importante: la gente que se queda. Talleristas que enseñan sin cobrar lo que deberían, morras que exponen por primera vez, estudiantes que encuentran un lugar donde estar sin que el dinero sea filtro. Incluso el café ‘Tribu’ no es un capricho, es la forma de sostener lo que no tiene subsidio.
Y entonces, lo que ya se empezó a decir en voz baja: el espacio está en riesgo. La propia fundación denunció recientemente un intento de desalojo del inmueble que ha ocupado por más de 20 años. Nada estridente, pero suficiente para que algo se mueva. Porque cuando un lugar así, que ya hizo comunidad, archivo, memoria, entra en tensión, no es solo una dirección la que cambia.
La respuesta ha sido lo que suele pasar en estos casos: artistas, colectivos, gente de la ciudad orbitando más cerca. Activando, asistiendo, nombrando el espacio. Como si habitarlo fuera también una forma de sostenerlo. No desde la consigna directa, sino desde la insistencia. Y quizá de eso va todo esto. De cómo los espacios independientes crecen sin hacer ruido, hasta que un día alguien nota que ya son necesarios. Y entonces… se vuelven incómodos.
No es la primera vez. No será la última. Pero cada vez que pasa, la pregunta queda flotando en el aire: ¿qué tanto lugar hay para lo que no está pensado para generar, sino para existir?

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