Por Arturo J. Flores

El sábado fui al Tianguis Cultural del Chopo. Como ya es sabido, cada vez es menos la música que se vende y más la ropa que se oferta en el lugar. Sin embargo, pasé por delante de uno de los contados tenderetes que aún apilan CD’s para los curiosos y escuché, por las bocinas, una melodía que me gustó. Me aprendí el corito de a canción y cuando llegué a casa, la googleé hasta dar con la banda.

“Cada vez que estés dormida, yo vigilaré”.

Resultó ser una de la banda española de heavy Saratoga.

Porque #Metalero.

Muy a menudo mis contemporáneos, sumados a quienes pertenecen a generaciones anteriores a la mía, suelen quejarse de que a los millennials ya nada les cuesta trabajo. La música, por ejemplo. “La tienen facilita”, argumentan los ancestros en su infinita amargura. Y se ufanan de que su adolescencia, para grabar una canción de la radio había que tener la paciencia de un francotirador con el dedo acariciando el botón de “Rec” de la grabadora, esperando el momento en que el locutor dejara de hablar para entonces disparar. Así se construían cassettes que habrían representado el orgullo de William Burroghs, promotor del sistema “cut up” de escritura, en el que podía recortarse un texto y volverlo a pegar, para que el azahar reconstruyera a capricho las frases, así se hizo su célebre “El almuerzo desnudo”. Incluso, músicos como David Bowie, Thom Yorke y hasta Paul McCartney construyeron canciones a parir de este método.

Así nos quedaban nuestros “remixes” de canciones sustraídas de la radio y videos de los canales de videos, cuando aún transmitían videos. Cachitos de felicidad incompletos, registrados con un audio deficiente o una imagen recortada.

Si bien el ingrediente nostálgico también me obliga a suspirar cuando escribo, al final estoy convencido que escuchar música en el presente es un privilegio.

Cerca estoy de cumplir 40 y soy un usuario activo de Spotify, Discogs, AllMusic, Shazam y cuanta herramienta digital hace de la música una experiencia más “facilita”. Porque no veo qué mérito pueda tener el sufrimiento. Como si por cocinar en una fogata, con todo lo que ello implica, fuera yo a disfrutar más de un filete en vez de hacerlo en la estufa.

Y aquí van unos ejemplos:

1) En uno de sus libros, José Agustín (santo patrono laico de los periodistas musicales) cuenta en uno sus libros que tuvo acceso a mucha música extranjera porque su papá era piloto de avión y le traía discos. En un mundo sin Internet, pocas oportunidades tenía la juventud sesentera de enterarse de lo que pasaba más allá de las fronteras. En Wikipedia, yo busqué bandas de rock en Israel (para una tarea, como dicen) y después las vi en vivo en YouTube y escuché sus canciones en Spotify). Incluso solicité una entrevista con un par a través de sus página oficial.

Una maravilla. Si tomamos en cuenta que otros periodistas decanos como Walter Schmidt platican que en los setenta, enviaban cuestionarios a los grupos europeos por correo y los recibían respondidos casi 6 meses después para publicarlos en las revistas.


La neta la prefiero facilita.

2) Es común que las bandas te recomienden a otras bandas. Kurt Cobain solía mencionar a los Melvins en cada entrevista que daba. Pero sin Internet, encontrar un disco de los Melvins podía representar toda una odisea. Hace poco, en cambio, platiqué vía email con los Human Tetris y les pedí que me recomendaran a otras agrupaciones rusas que valiera la pena escuchar. Lo hicieron incluso son su respectivo link de bandcamp para que les prestara atención.

Aquí sus recomendaciones:

Antokha MC

Ne Tvoe Delo

AL-90

Odopt

Imya Tvoey Byvshey

Así. Facilito.

3) No hace mucho leí que Joselo Rangel escribió en su columna de Excélsior acerca de las bondades de Shazam. Porque en el Cretácico si escuchabas una canción en la radio y el locutor no la presentaba, podías morirte con la duda de cuál era. Y si la escuchabas en un bar, peor. O como yo este sábado, que oí una en el Chopo y –aunque no pude shazamearla por el ruido que había en el Tianguis– bastó con googlearla para enterarme de quién la cantaba, la historia de la banda, grupos afines y bueno, lo que comenzó como una búsqueda casual terminé en una sesión de más de dos horas de escucha.

Ese facilito incluye conocer el set list de un concierto al que no pudiste asistir, atender a una transmisión en vivo desde el estudio en el que graba tu banda favorita o leer el blog que, personalmente, configure algún artista al que admiras.

No sé qué mérito puede haber en subirse por las escaleras habiendo un elevador. Entiendo que habrá quien diga “el ejercicio”. Pero al final creo que la mayoría entiende la analogía. No creo que hubiera un grupo de cavernícolas old school que renegara de la invención de la rueda.

Lejos de desdeñar a la tribu millennial, yo los envidio. Cómo me hubiera gustado escuchar música como lo hacen ellos. Seguramente habría escuchado mucho más. Porque hubiera sido más fácil. [m]

 

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