Abandono la Ciudad de México para abordar un bus con destino a Guanajuato. Bufanda al cuello, chamarra apeluchada. Hace frío y llovizna en Av. Reforma bien temprano. Es jueves 9 de octubre; el viernes arranca la edición 53 del Festival Internacional Cervantino y acudo con expectativas de todo tipo. Jamás he estado ahí. Así que recorro la carretera con los recuerdos de las hazañas que exploradores universitarios hicieron en su momento, estudiantes que me hablaron de una borrachera sin bordes, que alababan que allá se tendiese el escenario ideal para tambalearse en diversos quicios; de las actividades propias del fest, jamás escuché una palabra.
Al arribar a la capital guanajuatense, tras un andar carretero desesperante, a trote de tortuga, descubro que el frío pega más recio que en la Ciudad de México. Me instalo en un hotel ubicado a unas cuantas calles del célebre Callejón del beso, al final de una subida pronunciada y resbalosa que los lugareños dominan con simpleza y que los visitantes andan con precaución; sencillo es también descuidarse y rodar por allí. Al abrir las ventanas de mi habitación, los campanarios calan su alcance con la ayuda de un viento fresco que inunda callejuelas. Aprecio los carteles del festival, su gama de colores, sus calacas, sin olvidar la afamada lechuguilla de Cervantes.


Hace ya más de medio siglo que el Festival Internacional Cervantino (FIC) ofrece un festín donde el Arte opera como un corazón titánico que bombea vientos de entendimiento. Esta vez lo hace con dos invitados de honor: Reino Unido y el estado de Veracruz. Apenas tengo la afamada sábana donde se despliegan las actividades que tendrán lugar del 10 al 26 de octubre, voy tachando los escenarios donde quisiera plantarme. Agarro aire con una tanda de delicioso mezcal con cannabis tras una guacamaya y un atole de guayaba. Me perfilo luego a Los Lobos y descargo la app del fest mientras suenan a buen volumen algunos clásicos de Led Zepp. Tomo una cerveza; afuera del antro se despachan elotes y burritos.


Caminar por las calles de Guanajuato de madrugada —a solas y con éstas solas— es un privilegio que cualquiera debería disfrutar. Inhalo aire oscuro, húmedo y cada vez más frío, mientras ando con Google Maps ausente. Cada esquina invita a tocar puertas, a abrir ventanas. La luna termina asomándose entre nubes al pasar frente a la basílica y al fondo un par de leones con el lomo gastado resguarda la llegada de los visitantes con el hocico seco de vaho. Me asomo a pasadizos subterráneos, despeino el espacio con mis dedos en una fuente desierta. Escucho el silencio; no muy lejos de aquí tuvo lugar el Grito de Independencia. Este año más de cien funciones de diversa índole ocurrirán en calles, teatros, galerías, museos, iglesias y plazas. Armónico el estruendo que se avecina.


Por la mañana el cielo luce despejado, prologando la llegada del calor. Las nubes posan dramáticas entre el azul. Se complica hallar una bóveda celeste más sobrecogedora que la que acá nos arropa. En la Casa de prensa, algunos de los muchos componentes del denominado Fandango Monumental defienden su raíces y narran el periplo que han atravesado sus ancestros con tal de estar presentes en el ahora, con su música viva. El combo avisa lo que por la noche ocurrirá en la Alhóndiga de Granaditas: el acto inaugural del FIC. Un aquelarre sin parangón donde son jarocho, danza Xochitlalli, quetzales, guaguas, Voladores de Papantla, la danza de los negritos de Coyutla, bandas de viento de la huasteca y la viejada de Tempoal trenzarán manos con música gracias a Caña Dulce Caña Brava, Mono Blanco y Son de Madera. Hartas coplas, montones de sones. Pura poesía veracruzana de alta escuela y raíz profunda. Imposible hallar un mejor acto de apertura que éste ante un público jubiloso gracias a tanta riqueza verbal.




Al día siguiente, observo a Lina Lapelyté y Rugilé Barzdziukaité conversar sobre la obra que presentan, Sun & sea, una ópera-performance donde un grupo de artistas instalado en una playa artificial canta su drama personal al tiempo que traza reflexiones de corte ecológico. Hay 25 toneladas de arena en la Casa de Cultura de Guanajuato, y también actores locales (incluidos niños y perros, completando el paisaje playero). La puesta en escena adentra al espectador (observando éste desde las alturas, con la libertad de moverse y sí, sufriendo un calor insondable) en las mentes de los turistas. Me sorprende reencontrar a uno de los intérpretes, quien llamó mi atención cuando lo descubrí desayunando con su pequeño hijo en la Plazuela de San Fernando; lucían tan felices ambos mientras tomaban helado y vino respectivamente. Bajo reflectores —el progenitor cantando, el niño haciendo castillos de arena—, les miro diluir los muros que separan trabajo de placer y Arte de cotidianidad. Luego, voy por un café a La Casa de las Rojas.


A unos cuantos kilómetros, Adrian Oetiker se concentra al piano, justo en el presbiterio del Templo del Señor Santiago Apostol, en Marfil. Platiqué con el músico por la mañana, me hablaba de las dificultades acústicas de tocar en una iglesia, de las imágenes que atravesaban su mente mientras recorría las teclas y, claro, de su admiración por Maurice Ravel, a quien homenajea una vez que las bancas del templo se llenan de oídos ansiosos por acercarse a la ensoñación. Resuenan Sonatine, Le Tombeau de Couperin, Valses Nobles et sentimentales y Miroirs pasado el mediodía. Melancólicos trances. Reverberación litúrgica. Cruzo la feligresía cuando el suizo comienza a invocar al francés, quien de pronto está ahí, entre santos. Las manos de Oetiker formulan sentimientos, pulsan sensaciones. Al final, tras una recital exquisito, nos regala algo de Robert Schumann (Fantasiestücke, Op. 12 I des abends). Me escurro de los confesionarios agotado de sentir: necesito un mondongo y sentarme en la barra de El Incendio, en ese orden.




La ciudad es para entonces un carnaval. Familias enteras se extravían en plazas y callejones. El Festival Internacional Cervantino no es eso que me contaron en la escuela y lo celebro. Conforme la tarde avanza, la multitud crece. Me encamino a la Alhóndiga de Granaditas para escuchar a Sam Eastmond, quien hace su lectura de Bagatelles, de John Zorn, al frente de un ensamble de cámara contemporáneo. El concierto se sostiene salvaje, tal como Zorn sugiere en partituras, gracias al toque del londinense. Las estructuras se esfuman en un chasquido y un flujo libre de sonoridades inunda ese sitio donde las cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez fueron colocadas en jaulas para intimidar a la población. Salvaje, dije que se siente la música, porque se cuenta que estas cabezas se pudrieron por 10 años, mientras fueron exhibidas entre 1811 y 1821. No alcanzo a escuchar el compás final de Eastmond; tengo cita en el Teatro Juárez.


Corro al célebre recinto frente al Jardín de la Unión y tomo asiento. Jamás había entrado y es fascinante descubrir cada una de sus esquinas y apreciar sus peculiares dotes acústicas. Ante tal escenario, el programa luce irreprochable: composiciones de Silvestre Revueltas, Julián Carrillo, Gabriela Ortiz, Conlon Nancarrow, Tansy Davies y Sir Harrison Birtwistle relucen en el listado. La dirección a cargo de Jonathan Berman coloca los acentos pertinentes en la labor extraterrena de la soprano Mimi Doulton y muy especialmente en el trabajo de Arturo Fuentes, intérprete del arpa-cítara Carrillo, un artefacto rotatorio fascinante que el mismo Arturo me detalló previamente. En este terreno, sobresale el estreno de Thirteen pulses acoustic microcosm (de Fuentes) y Alien studies, de la citada Ortiz. Música para volar seseras, música excitante, como para permitir que la oscuridad trasluzca a través de las grietas craneales mientras afuera las rondallas azotan panderos, bailando con capas y mandolinas.




Porque allá, entre callejuelas, el carnaval avanza a su ritmo. Diablos y vedettes, soneros y gendarmes, voladores y campesinos, gigantes y entes alados; todos bailan. La danza se expande con chiflidos y aplausos. Algo se celebra. La llegada de una vida donde el Arte continúe salvando, donde éste le extienda la mano al entendimiento del otro. Harto Arte para la comprensión humana. Todo lo que debería ocurrir al día siguiente, el domingo, cuando Angélica Liddell tome el escenario del Auditorio del Estado para ofrecer Tenebrante, una ceremonia que “escandaliza” a la primera y que mortifica conforme avanza. Un trip para amarrarse el cinturón y acabar bañado en licores, flotando entre humos, con las palabras de Schopenhauer y Belmonte aconsejando y el flamenco, vía martinetes y siriguiya, azotando.


Porque habrá tormenta de guitarras, ventarrones maléficos, palmas y baile para el sufrimiento más intenso que el ser humano conozca. Ante todos, se mostrará ese dolor que no mata, sino enloquece. Liddell no interpretará entonces un personaje, sacará de sí misma su condición bestial para pasearse entre el público y acabar agotada. Algunos espectadores abandonarán la sala temprano, indignados ante el desafío.

Y la celebración seguirá, pero tendré que irme el lunes temprano. Me quedaré con ganas de Africa Express y Sun Ra Arkestra, por citar dos actos. Regresaré así a mi punto de partida, en Av. Reforma, en la CDMX, y pensaré allí, ¿en cuántas partes habría que descuartizarse uno para atestiguar todas y cada una de las actividades que el Festival Internacional Cervantino acerca? ¿Cómo se digeriría tal cantidad de propuestas?
Hasta la próxima, espectacular Cervantino.

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