TXT: Juan Carlos Hidalgo.

Esa cumbre del pensamiento pesimista contemporáneo que fue Emile Cioran sentenció: “Algunos tienen desgracias; otros, obsesiones. ¿Quiénes son más dignos de lástima?” Y hay algunos que llevan sus obsesiones hasta niveles superlativos, ya que en gran medida las desgracias no se escogen –llegan solas-. Los artistas no están exentos de llevar esas fijaciones al extremo y uno de ellos es Lias Saoudi, el punto de ancla de Fat White Family.

Su obsesión es el nazismo; y los medios encontraron razones de tildarlo de un militante. Después de todo, ¿quién más compone canciones que se titulen “Goodbye Goebbels” y “Duce”? También firmó otra llamada “Bomb Disneyland” y contó que no puede ver una película sin pasársela buscando nazis al interior. Consiguió una reacción en sentido contrario, porque lo que buscaba en realidad era enfatizar que hay un dramático giro hacia la extrema derecha en el mundo entero. Además, ha criticado acremente al sistema político británico que conoce a fondo (él y su hermano crecieron entre Escocia e Irlanda y tienen madre inglesa y padre argelino).

Por si no bastara con que lo tildaran de nazi, racista y otras lindezas, él y el resto de la banda acabaron en programas de asistencia social para desintoxicarse de la heroína. Concentraban todos los elementos para que el sistema cargara contra ellos -¡aun más en la flemática Albion!-; si resistieron como banda es por lo peleoneras, satíricas y despatarradas que son sus canciones y por lo volcánico de sus directos, en los que, por si no fuera poco, han terminado a golpes con algunos de los asistentes.

En un momento se vieron perseguidos por los tabloides, enganchados a la heroína y sin rumbo, pero con fervorosos seguidores. Preservaban esa beligerancia y un toque artístico muy explosivo; probablemente eso fue lo que movió a Laurence Bell de Domino Records para ofrecerles un contrato y darles las condiciones para que se concentraran en la grabación de su tercer álbum (sucesor de Champagne Holocaust (2014) y Songs For Our Mothers (2016)).

Conscientes de que los rodeaba el caos y un ambiente propicio para el desastre y los excesos, decidieron moverse de Londres a Sheffield –donde no conocían a nadie- para concentrarse en componer y grabar, y al mismo tiempo “limpiarse” de la heroína. Al periodista José Fajardo le revelaron su estrategia de detox –una que haría palidecer al propio Mark Renton de Tranispotting-: “Fumar mariguana, beber vino y tomar algo de ácido; unas setas alucinógenas, quizá un poco de cocaína y experimentar con la ketamina”. Según ellos con mantenerse lejos del “caballo” bastaría, pero el menú elegido puso a algo loco a Nathan –hermano de Lias y tecladista-, quien un día antes de grabar entró en una paranoia tremenda y pensaba que Saúl Adamczewski (guitarra y voz) quería matarlos y quedarse con el grupo.

Otra vez al borde del abismo y la autodestrucción, pero el arte es caprichoso e impredecible; los siete músicos involucrados tienen talento y ahora tiraron más de referencias estilísticas a lo Flaming Lips y Super Furry Animals; una carga de pop psicodélico más una dosis de soul y punk funk. Nada hubiera servido de esta historia si la música resultante hubiera sido una porquería, pero, de entrada, “Feet” es una de las mejores canciones del año –indiscutiblemente- y presume de una hermosa sección de cuerdas y un poderío bailable muy en la onda de LCD Soundsystem y, sobre todo, !!!

“Feet” es el tema insignia de Serfs Up!, título que es un guiño al Surfs Up, el disco de 1971 de sus amados Beach Boys –tan presentes en este viajesote-. Entre tanto delirio ya no era raro esperar que los otros 9 temas fueran a su propio aire y no siguieran la misma línea -¡Y así ocurre!-.

Lo que conservan son esas cajas de ritmo vintage, quiebres rítmicos inesperados y ese humor tan hijo de puta que los caracteriza; llamaron a una canción “Vagina Dentata” y ahora increparon a las mujeres activistas. A lo que sumaron que mientras el disco debutaba, Lias arremetió contra figuras tan en boga como Mac DeMarco y Arctic Monkeys, y a la vez resultó un nuevo admirador de: ¡Kanye West! A este hombre le encanta hacer malabares con una antorcha dentro de un polvorín.

Los medios fueron y van tras su cabeza, pero Serfs Up! se defiende también a través de la efectividad de “Tastes Good With The Money”, que abre con un coro gregoriano y luego marcha en un medio tiempo trotón a lo de The Fall o The Kinks. Fat White Family hacen punk sin tocar punk –que es lo más interesante-; este es el disco más soul y excéntrico de su carrera en términos musicales y muchos se identifican con esa manera irónica y gamberra pero inteligente de fustigar al sistema socio-político capitalista (“Vivimos en la era de la hipocresía social, y fenómenos como el Brexit y Trump son consecuencia de ello”).

Aquí hay lugar para cantar sobre el tema de los refugiados, darle unos madrazos a la moral e incluso pitorrearse del delirante régimen norcoreano en “Kim’s Sunset”. Lias no deja títere con cabeza y dispara con puntería hacía distintos blancos políticamente incorrectos.

A la postre, confeccionaron un todoterreno mutante en el que hay resabios de glam rock, algún saxo ochentero y ciertas maneras a lo Joe Jackson; conserva un ánimo fiestero, pero también las ganas de prenderle fuego al mundo entero y eso se debe agradecer. Alguien tenía que dar batalla y tener agallas y sentido del humor para arrasar con todo. Fat White Family están más que dispuestos para armar la gresca mientras tocan una música increpante y huidiza.