TXT: Toño Quintanar

La siguiente es una narración basada en el testimonio de un conocido mío quien, durante el pasado Corona Capital, tuvo un encontronazo con la Justicia. Por motivos personales mi informante desea permanecer en el anonimato.

La destrucción de esa tarde de domingo comenzó con el consumo de un cuadro que tenía garabateado sobre su superficie a un Bob Esponja de aspecto bastante siniestro. Había acordado verme con Richie para irnos en metro al festival y, cuando me presumió los ajos que había armado para la ocasión, no dudé en mendigarle uno.

En total nos tomó cerca de hora y cuarto llegar al Autódromo y, conforme íbamos avanzando por ese camino asfaltado que cada año se me antoja más insufrible, ya estaba presintiendo los efectos del ácido masajeándome la cabeza.

La cuestión fue la siguiente: en el camino nos hicimos de un par de pachitas de alcohol para disfrutarlas durante la actuación de Digitalism. Obviamente esas dos botellitas no nos iban a durar ni para el arranque pero supuse que bien podíamos usarlas como tentempié antes de tener que hacer todo el show de cambiar nuestros billetes por dinero virtual de la Tierra de Tommy y Dally.

Conforme nos acercábamos a la entrada, comenzamos a entusar todo lo que podría acarrearnos problemas durante la clásica revisión. Este año la seguridad se antojaba intensa. Durante el trayecto de la curva vimos a varios enjambres de puercos caer sin miramientos sobre incautos quienes se habían aventurado a disfrutar de una chela inaugural en sus carros. Todavía bastante confiado, procedí a guardar mi pachita en la siempre confiable zona de los huevos –un arte que, según yo, había aprendido a perfeccionar con los años-.

La verdad es que esta técnica de entuse es infalible en casi todas las circunstancias, pero el puerco que me tocó era un auténtico veterano de guerras quien podía oler las malas intenciones a un kilómetro de distancia. Desde antes de tantearme ya sabía que ocultaba algo. Enseguida la sintió y no tuve de otra más que sacarla ante sus indignados ojos. Le dije que se la quedara, que no había problema, pero al poco rato comprendí que la cosa no iba a terminar tan fácilmente.

Lo que sigue es una sucesión de circunstancias que parecen sacadas de una mala peli de comedia negra. Rápidamente me llevaron a esa carpa blanca que está al lado de las entradas. Perdí de vista por completo a Richie mientras tres gendarmes me escoltaban con recelo. En ese momento noté, para mi terror, que el buen Bob Esponja ya estaba haciendo de las suyas en serio. El entorno parecía descomponerse por instantes, como un oleo tostado por llamas azules.

Es curioso decirlo pero había una auténtica “fila” para entrar al ministerio jurídico improvisado. En el Corona tienes que hacer fila hasta para que te procesen (ja). Delante de mí había tres morros -evidentemente pedos- rindiéndole cuentas a un puerco quien descansaba cual cacique tras una mesa plegable en la que descansaban todos los vicios decomisados que te puedas imaginar.

Pomos, latas de chela, bolsas de mota, bolsitas de perico, pastillas. ¡Daban ganas de irse de cabeza sobre esa mesita! Otros cuatro policías hacían la labor de centinelas inescrutables. Cuando creces en una zona conflictiva como en la que yo me crié, aprendes de forma muy temprana –y casi inconsciente- a calibrar una rutina estandarizada estilo Tío Tom para con los policías. “Sí, jefe”, “No, jefe”, “Gracias, jefe”. Es bien sabido que, mientras más los incordies, más te van a hacer ver tu suerte; sin embargo, aparentemente, mis compañeros de detención desconocían dicha particularidad.

Entablaron una larga y acalorada discusión con el cacique. Escuché peroratas acerca de derechos humanos y demás ideales hermosos que se ven muy bien escritos en el papel pero que de nada sirven en el mundo real. Para ese momento yo apenas y lograba ocultar el hervidero alucinógeno que tenía tras el cráneo. Simplemente me limité a externar una sonrisa que debía de parecer la de un muñeco derretido por el sol.

Finalmente me llegó mi turno. Me preguntaron si traía algo más aparte de la pachita. Negué con la cabeza y, entonces, el cacique soltó una de las máximas más representativas del repertorio policiaco chilango: “¿y si te encuentro algo más, qué te hago?” En ese momento su cara se convirtió en la de una especie de sapo-perro-pájaro. “Pues… haces lo que creas conveniente, carnal”, respondí.

Me ordenaron quitarme los zapatos y me hicieron una de esas revisiones concienzudas que parecen un auténtico examen de próstata. Para ese momento yo ya me encontraba en pleno trance lisérgico, tanto así que, cuando me dijeron que tenían que tomarme una foto, la idea me pareció algo de lo más risible.

Sacaron una camarita digital de esas que fueron la sensación hace 10 años y me dijeron que sostuviera la pachita mientras me enfocaban con la lente. Casi enseguida, un absceso de hilaridad se apoderó de mí. La situación me parecía de lo más alucinada. Me sentía como un maloso de película de vaqueros siendo retratado para el clásico cartel de “Se Busca”. Hice la que, según yo, era mi mueca más teatral.

Alcé la pachita junto a mi rostro mientras fruncía el ceño, tratando de parodiar los gestos de algún rufián de caricatura. Creo que, para ese momento, a nadie le quedaba duda de que me encontraba hasta mi madre; sin embargo, después de que me tomaron la foto se limitaron a pedirme mi nombre. Inventé uno falso y, como por arte de magia, me dejaron ir.

Richie –quien había librado la revisión como jefe- me esperaba fielmente junto a las puertas. El cuadro debió de haber dilatado mi percepción del tiempo porque, cuando consulté el reloj, me di cuenta de que sólo habían pasado quince minutos. Nos reímos sin más del incidente mientras caminábamos rumbo al escenario Corona Light, justo a tiempo para disfrutar de la primer rola de Digitalism.