La última vez que vi a Celso Piña sobre el escenario fue en marzo del año pasado, cuando se presentó en el festival Vive Latino. “¡Cáiganle!”, me dijo días antes Franco Genel, “voy a cantar con él la parte de Blanquito Man de Cumbia Sobre el Río”. El rapero lucía una sonrisa emocionada cuando nos adelantó lo que debía de ser un acto sorpresa. Una sonrisa similar debí haber puesto yo cuando me ofrecieron entrevistar, meses más tarde, al Rebelde del Acordeón.

TXT: Aldo Mejía

“Hemos estado varias veces en Vive Latino y, siempre hay algo que aprenderles a las bandas que nos acompañan”, me dijo Celso por teléfono cuando le pregunté sobre su relación con los nuevos talentos y le recordé ese momento en el que, junto a The Guadaloops, puso a bailar a varias parejas en un discreto escenario del Foro Sol. “Me gusta aprenderles sonidos y formas de tocar, y yo creo que es ahí donde mi música parece que sigue fresca o se siente nueva, porque de ahí agarramos cómo debe de oírse determinado sonido para que le siga gustando a la gente”.

Es una sensación extraña escuchar en mi grabadora su voz animada, jovial y llena de experiencia al mismo tiempo. Habla en presente de la gira que acaba de terminar por Europa y en futuro, de un disco para celebrar cuarenta años de trayectoria. El miércoles 21 de agosto llegó a mediodía al hospital San Vicente de su natal Monterrey a hacerse un chequeo médico, se tomó algunas fotos y saludó a quien se le acercó. Cuarenta minutos después, un infarto canceló todos los planes que tenía y a partir de ese momento todos los conciertos que tenía agendados el maestro se convirtieron en homenajes.

Mientras como tacos en el único lugar que encontré abierto a las once de la mañana en Monterrey, adonde viajé para cubrir el festival Hellow, me llega el aviso de que el cuerpo de Celso Piña está en camino a la Basílica de Guadalupe. Tengo algunas horas libres antes de empezar a trabajar y el taquero me explica cómo llegar hasta allá, pero no puedo arriesgarme a perder el tiempo y tomo un taxi. Me pongo los audífonos y revivo una vez más nuestra plática.

“Es una gran responsabilidad andar por todo el mundo con esta música que le gusta tanto a la gente y me siento muy bien de poder hacerlo”, me cuenta cuando le pregunto qué se siente ser el embajador más importante que tiene la cumbia. “Conocí ya todo México, gracias a Dios, y somos muy bien recibidos donde quiera que nos paremos. Hoy ya lo sé, pero la primera vez que nos propusieron ir a Europa no sabía que hubiera tanta gente que le gustara lo que hacemos”.

No hay una gran multitud afuera de la basílica donde ofician una misa en su honor, todos los que fueron se acomodaron dentro del recinto y pronto sé que por ahí no voy a poder entrar. Rodeo el lugar y en los costados veo recargadas enormes coronas de flores blancas que mandaron amigos y fanáticos. Y como no hay reportero sin suerte, al final de la fila que forman los arreglos florales encuentro una puerta que no custodia nadie. Con cuidado me abro paso hasta donde alcanzo con la vista el ataúd que ahora contiene al músico originario del Cerro de La Campana.

Lo acompañan sus hermanos, hijos, sobrinos, algunos policías y un cerco de periodistas que alzan sus cámaras. Con la cabeza gacha, quienes tomaron un lugar en los bancos escuchan al arzobispo. Algunos portan camisetas de los rayados, equipo al que se aficionó Celso, y otros la de los tigres, les hermana el duelo momentáneamente. También se imprimieron playeras negras en las que se le ve sosteniendo un acordeón con los brazos abiertos, una pose característica y que recuerdo haber visto en una foto que le tomaron en Francia, frente a la Torre Eiffel.

Entrevista con Celso Piña

Van a sacar el ataúd por la misma puerta por la que entré y un policía abre una brecha entre la gente. Pasa a menos de un metro de mí el cajón y se me eriza la piel. Ahí dentro va el gran músico con el que apenas unas semanas atrás pacté una segunda entrevista que ya no va a suceder. Lo sigo a la distancia y tan pronto como sale alguien hace exhalar un acordeón para despedir a Celso Piña como se debe: con una cumbia.

Es un luto extraño el que guardan los mexicanos cuando mueren sus ídolos musicales. Lo vi cuando falleció, también de forma inesperada, Juan Gabriel, y lo corroboro en ese momento. Lloran los menos. Alzan cartulinas en las que escribieron mensajes y pegaron las fotos si acaso tuvieron la suerte de tomarse una con él. Cuando escuchan la Cumbia Sampuesana, aúllan con pesar y luego se mueven. Le bailan al maestro.

“La energía me la da la propia gente. Si salgo y la veo toda apachurrada, tengo que provocar algo en ellos para levantarlos y que me puedan dar la energía, ¿entiendes?”, le contesté al maestro que sí, pero no lo hago sino hasta ese momento. El calor que se siente bajo el sol regio y el gentío es inclemente. Tengo anudada la garganta y no me es posible cantar, pero la gente a mi alrededor lo hace por mí. Sobre un edificio, un hombre agita una bandera de Colombia y baila. Una rosa vuela sobre mí y aterriza en el ataúd, a ésa le siguen muchas otras. La Ronda Bogotá comienza a tocar Macondo y no me sorprendería que en ese momento aparezcan mariposas amarillas.

De mi fantasía literaria me saca una señora que insiste en que nos movamos, que ella también quiere estar cerca de donde ahora yace el ídolo. Me encaja en la espalda los codos y empuja, pero desiste al ver que el cajón toma rumbo a la salida. Muchos lo siguen, como una comparsa, manteniendo el ritmo. Pero una mayoría se queda ahí para bailar sus canciones o las que hizo famosas. Un matrimonio baila con la destreza que se adquiere con los años juntos. En la escalera del escenario que se montó para la Ronda un hombre pide con insistencia que lo dejen tocar, trata de llamar la atención de alguien ahí para que lo dejen raspar su güiro, pero eso no sucede.

“Te voy a decir una cosa, yo podré ser muy chingón y muy chido, pero si me ponen un equipo que apenas pasa, me molesto. Cuando la producción pone un equipo rascuache, con las bocinas tronadas o micrófonos baratos, ni modo de bajarnos y no tocar. La gente está ahí y hay que hacerlo lo mejor posible”. Recuerdo sus palabras cuando veo a un par de músicos, uno con güiro y el otro con tarola y cencerro, mientras esperan por la siguiente canción que va a tocar la Ronda Bogotá y así seguirles el paso para hacer un dueto con ellos. Están al margen de un círculo que la gente formó para ver bailar a un par de señores con las rodillas flexionadas y con los dedos índice, pulgar y meñique de ambas manos apuntando al cielo. Su aspecto tiene un dejo cholo, si lo fueron en otro tiempo. Toman aire, se secan el sudor con unos paliacates y aplauden cuando suena la Cumbia Poder. Van a por el siguiente round.

Celso me cuenta que planea hacer una pausa en su constante gira para dedicarse de lleno a grabar su siguiente disco, con el que celebraría cuatro décadas de trayectoria. Me confiesa que no le gusta lo que grabó hasta ese momento y no le convencía el sonido que había adquirido el material. Me dijo que no le costaba en absoluto ser autocrítico pues sabía reconocer si estaba muy flojo o basto de energía. “No te creas, a veces también hay que bajarle la energía si es demasiada, hay que procurar un equilibrio”, le escucho decir. Y complementa: “Si se escucha con buena energía y con el sonido que imaginaba, ahí se queda. Es muy fácil reconocer cuando los temas suenan bien”.

Tengo que volver al Parque Fundidora, pero me voy de ahí con una sensación festiva más que de pesar. Más tarde me encuentro con Fermín Sánchez, músico y compositor de The Guadaloops, le platico de dónde vengo, qué acabo de ver y le recuerdo que él estaba a su lado la última vez que lo vi tocar. “Yo iba a producir su nuevo disco”, me dice luego de pensarlo un momento. “Se me murió cuando venía yo en el avión para acá”, no puedo ocultar mi sorpresa y es tan grande como cuando me enteré del fallecimiento. Lo abrazo y nos despedimos.

El 15 de septiembre del 2019, en la otrora residencia presidencial, lo que debió ser su presentación es un homenaje a su trayectoria. Retumba la cumbia con el mismo poder que recuerdo haber escuchado varias veces en vivo. Ahí, sobre el escenario, no se aprecia la ausencia de Celso Piña. El rapero Pato Machete pone tanto empeño en su interpretación de Cumbia Sobre el Río como lo hizo con su amigo al lado; lo mismo la Ronda Bogotá, que agradece que los acompañen y que los sigan apoyando.

Las pantallas proyectan fotos del rebelde del acordeón, siempre animado y sonriente. También se pueden observar los círculos que formaban los cholos frente a los que tocó al principio de su carrera. Quienes se dieron cita en la otrora residencia presidencial no bailan con el mismo sabor, dan pocas vueltas, no doblan las rodillas como los regios y apenas si despegan los pies del suelo. Pero ya lo dijo el maestro en su último mensaje en Twitter: “No hay quien se resista a la cumbia”. Eso sí, aquí se canta con ganas Aunque No Sea Conmigo, ese bolero que se dio el lujo de grabar Celso con Café Tacvba.

-¿Cómo le hace para mantener en forma sus canciones luego de tanto tiempo? -me escucho preguntarle al final de la entrevista.

-Trabajando, principalmente. Entendiendo el sentir de la gente y de la juventud. La clave es que la juventud misma refresca mi música y la acepta muy bien.

En ese momento detuve la grabación. Pero recuerdo haberle dicho que era un honor para mí haber platicado con él y que esperaba que pudiéramos encontrarnos para una segunda charla una vez que saliera el disco nuevo. Aceptó gustoso y nos despedimos con deseos mutuos de éxito. Cómo iba yo a saber que nuestra plática se iba a publicar de forma póstuma.

Así son, supongo, los caminos de la vida.

Entrevista con Celso Piña

Las fotos fueron tomadas de las redes sociales de Celso Piña.