¿Por qué habla la gente en los conciertos? Por imbéciles, no hay otra razón.

Se puso de moda un meme en el que un tipo le habla al oído a una chava, en medio de lo que yo creí que era un concierto. Más tarde, descubrí que se trataba de una fiesta en un club de Edimburgo. Un fotógrafo que había asistido capturó la imagen que se volvió viral cuando la gente comenzó a inventarle copies hilarantes a la susodicha conversación.

TXT: Arturo J. Flores

#EnMisTiempos: ¿Por qué habla la gente en los conciertos?Odio el meme. Pero más que otra cosa, desprecio al tipo. Quisiera verlo arder en las fauces del Averno. Porque estoy seguro, como mi colega editora web de Donde Ir tuiteó durante el fin de semana del Corona Capital, “existe un lugar en el infierno para la gente que habla en los conciertos”.

La sobrepoblación festivalera, porque a veces somos tantos que no cabemos, sumada a una audiencia sin educación, ha convertido poco a poco los conciertos en experiencias tormentosas. Lo que debería ser placer puro, atestiguar el acto sublime de disfrutar la música en vivo, se ha transformado en un desquiciante intento por poner atención a las canciones en medio de una telaraña de conversaciones inocuas, banales y por regla general, estúpidas.

 –Goeeey, subí una foto y Javi no le dio laic.

–Ana Sofi se puso pedísima y casi se vomita en el Uber.

–Mames, se enojó porque subí una foto en la que estaba mi ex, pero equis, estábamos varios amigos, porque fue el viaje de generación a Valle, ni modo que la elimine, peor me la hizo de pedo y ni al caso, porque mi ex y yo ya ni estamos en contacto. Bueno, m felicita en mi cumple y así, pero ya nada que ver…

Pedacería de historias inconexas. Últimamente, la vida real sirve para discutir nuestro comportamiento digital. Lo más triste es que con The Voidz, Cat Power o Kurt Vile en vivo, pero de fondo.

Si, como la antropología afirma, la invención del habla nos separó de las bestias, la gente que habla en los conciertos exhibe su retroceso biológico. Son bestias con poder adquisitivo, porque abundan en el VIP y las preventas exclusivas, que se sienten con el derecho a echarnos a perder el concierto. No existe sistema de sonido que consiga aplastar sus voces, sus sonsonetes de gente bien (imbécil), sus anécdotas fútiles, su verborrea incontenible, que inexplicablemente brota sin cesar de sus cabezas huecas.

¿Por qué habría de preferir enterarme de la peda más reciente en el País de los Mirreyes, en vez de deleitarme con la ejecución de Rest my chemistry, en este irrepetible presente?

Si Dios existiera, haría que la gente que habla en los conciertos amaneciera muda. Amordazada con una cinta invisible que le impidiera abrir el estercolero que por boca lleva, durante todo el concierto. Sería lo justo, porque hay ocasiones en que preferiría ser sordo antes de que tener que tragarme sus rebuznos disfrazados de charla.

Los conciertos son costosos. En dinero y energía. Tengo amigos que se deshidratan porque ni agua beben con tal de amontonarse lo más cerca que se puede de la valla y no moverse durante varias horas. Estoy a punto de ir con ellos.

Hay una ley no escrita que cuanto más lejos estés del escenario, estarás más cerca de lo que Bukowski definió como La Peste.

“La peste está en todas partes, siempre, dispuesta a lanzar su apestoso y envenenado rayo mortífero sobre ti”, escribió.

La gente que habla en los conciertos viene por mí. Temo encontrarla en el Knotfest meets Forcefest este fin de semana.